CAPÍTULO 11
Nora esperó a que Teresa entrara en la ducha.
Llevaba toda la tarde con la sensación de que en aquella casa nadie terminaba de contarle las cosas completas.
Su padre había vuelto a marcharse después de enseñarle la fotografía de Marta y Elena, había regresado más tarde todavía más serio y apenas había explicado que Laura llevaba años guardando documentación sobre una desaparición ocurrida antes de que él la conociera.
Después había hablado con la policía encerrado en el despacho. Nora no intentó escuchar. Lo pensó, pero no lo hizo. En lugar de eso subió a su habitación, cerró la puerta y abrió en el móvil la fotografía que había tomado semanas atrás frente a la consulta de Laura.
El hombre del abrigo oscuro seguía siendo un desconocido. Amplió su cara.
La imagen era mala, pero suficiente para distinguir el pelo gris, la frente ancha y una pequeña sombra de barba alrededor de la mandíbula. Nora había intentado encontrarlo en redes sociales cuando hizo la fotografía, aunque buscar «hombre mayor abrigo negro» no había resultado especialmente útil.
Ahora tenía un nombre que antes no tenía.
Marta Vidal.
Abrió Google.
Escribió:
Marta Vidal desaparecida.
Los resultados aparecieron de inmediato.
Nora empezó por una noticia reciente, publicada con motivo del aniversario de la desaparición. Leyó apenas los primeros párrafos. Diecinueve años. Una fiesta. Una madrugada. Un coche encontrado al día siguiente. Ninguna pista definitiva.
Bajó hasta las fotografías.
Una imagen de Marta ocupaba casi toda la pantalla. Era morena, tenía el pelo largo y una sonrisa amplia que no se parecía demasiado a la expresión seria de la fotografía que Daniel había traído a casa.
Nora siguió deslizando.
Fotografías de búsquedas.
Carteles.
Velas.
Voluntarios caminando por un camino de tierra.
Y después un hombre sosteniendo una fotografía de Marta frente a varios periodistas.
Nora dejó de mover el dedo. Volvió hacia arriba. Amplió la imagen. El pelo estaba más oscuro que en la fotografía que ella había hecho. También parecía más joven, aunque el rostro era el mismo. La forma de la nariz. Las cejas. La boca.
Nora abrió la galería y colocó ambas imágenes una junto a la otra, alternando entre ellas. No necesitó demasiado. Era él.
Regresó al artículo y leyó el pie de foto.
Javier Vidal, padre de Marta, durante una concentración celebrada cinco años después de la desaparición.
Nora se quedó mirando la imagen.
Había pasado semanas convencida de que aquel hombre podía ser el amante de su madre y ahora descubría que era el padre de la chica cuya desaparición Laura llevaba años investigando en secreto. La posibilidad de una infidelidad se deshacía. El secreto, no.
Abrió otra noticia. Javier aparecía sentado frente a un periodista, varios años mayor que en la primera fotografía.
«No quiero culpables imaginarios. Quiero saber qué ocurrió con mi hija» , decía el titular.
Nora continuó leyendo.
Javier explicaba que durante los primeros meses había dejado prácticamente de trabajar.
Había recorrido carreteras, hospitales y pueblos siguiendo llamadas de personas que aseguraban haber visto a Marta.
Algunas pedían dinero. Otras solo querían hablar con alguien.
Con los años había aprendido a distinguir las pistas razonables de las ocurrencias, aunque seguía atendiendo cualquier información que pudiera comprobarse.
En otra entrevista reconocía que había conservado la habitación de su hija casi intacta durante más de una década. Nora cerró la noticia. Miró de nuevo la fotografía de la cafetería.
Ahora le resultaba difícil encontrar en aquel hombre lo que había imaginado tres semanas antes.
Ya no veía a un desconocido reuniéndose a escondidas con una mujer casada.
Veía a un padre sentado frente a una antigua amiga de su hija.
Lo que seguía sin entender era por qué ninguno de los dos había contado nada.
El teléfono vibró. Era un mensaje de Daniel.
Estoy con Salas. Volveré luego.
Nora respondió:
Llámame cuando puedas.
La contestación de Daniel no tardó en aparecer.
¿Pasa algo?
Miró la fotografía de Javier antes de escribir.
Cuando vuelvas.
Su padre envió un interrogante. Nora no respondió.
Poco después escuchó abrirse la puerta del baño y dejó el teléfono sobre la cama. Teresa pasó frente a su habitación envuelta en un albornoz y con una toalla alrededor del cabello.
—¿Quieres cenar algo? —preguntó desde el pasillo.
—Luego.
—Llevas diciendo «luego» desde la hora de comer.
—Porque llevo sin tener hambre desde la hora de comer.
—Eso no mejora tu argumento.
Nora sonrió.
—No quiero nada, abuela.
—Medio bocadillo.
—No.
—Tortilla francesa.
—Tampoco.
—Te doy cinco minutos para elegir antes de que elija yo.
—Eso es chantaje.
—Eso es ser abuela.
Teresa continuó hacia la habitación de invitados y Nora volvió a mirar el teléfono. Había algo que podía comprobar sin esperar a Daniel.
Bajó a la cocina unos minutos después. Teresa ya estaba allí, vestida y con el pelo todavía húmedo, abriendo la nevera.
—Abuela, ¿tú conocías a Marta Vidal? —preguntó Nora mientras se sentaba en una de las banquetas.
—¿A la chica desaparecida?
—Sí.
—Personalmente, no.
—¿Y a su padre?
—Tampoco —respondió Teresa mientras sacaba una botella de agua y la dejaba sobre la encimera—. ¿Por qué?
—Mamá sí lo conocía.
—Bueno, si era amiga de Marta, imagino que conocería a sus padres.
—Seguía viéndolo.
Teresa se giró y miró a su nieta.
—¿A su padre?
—Lo vi con mamá hace unas semanas.
—¿Dónde?
—En una cafetería.
—¿Estás segura de que era él?
Nora le enseñó las dos fotografías.
Teresa observó primero la imagen antigua y después la que había hecho su nieta.
—Parece el mismo.
—Es él.
—¿Y qué hacían?
—Hablar.
—¿Los oíste?
—No.
Teresa le devolvió el teléfono.
—¿Entonces no sabes de qué hablaban?
—No.
—Puede que tuviera que ver con Marta.
—Eso pienso ahora.
Teresa abrió un armario y sacó pan.
—¿Se lo has contado a tu padre?
—Todavía no.
—Cuéntaselo.
—Pensaba hacerlo.
—Pues hazlo en cuanto vuelva.
Nora apoyó los brazos sobre la encimera.
—Creía que mamá tenía un amante.
Teresa dejó el paquete de pan y la miró.
—¿Por esa fotografía?
—No solo por eso.
—¿Había algo más?
—Había cosas raras —respondió Nora tras dudar unos segundos.
—¿Qué cosas?
—Horarios, llamadas... No sé. Pensé que estaba escondiendo algo.
Teresa se acercó y se apoyó frente a ella.
—Tu madre podía estar ocultando muchas cosas sin estar engañando a tu padre. Por lo que estamos descubriendo, parece que efectivamente escondía algo.
—Eso no me tranquiliza demasiado.
—No pretendía tranquilizarte. Pretendía que no conviertas una sospecha en una certeza.
Nora asintió.
—¿Crees que papá se enfadará porque no se lo dije?
—Probablemente.
—Gracias.
—Pero también creo que lo entenderá.
—Eso está mejor.
Teresa volvió hacia la nevera.
—Jamón o queso.
—¿En serio?
—Llevamos cinco minutos hablando y sigues sin haber cenado.
—Jamón.
—Buena elección.
El ruido de la puerta de entrada llegó hasta la cocina poco después.
—Ya está aquí —dijo Nora mientras bajaba de la banqueta.
Daniel apareció en el pasillo con una carpeta bajo el brazo. Parecía agotado.
—¿Todo bien? —preguntó él mientras dejaba las llaves.
—Quiero enseñarte una cosa —respondió Nora.
—Déjame cinco minutos.
—Es sobre mamá.
Daniel se detuvo.
—¿Qué pasa ahora?
Nora abrió la fotografía y le entregó el teléfono.
—La vi hace tres semanas con este hombre.
Daniel acercó la pantalla.
—¿Dónde?
—En una cafetería cerca de su trabajo. Mamá salió antes de la hora que me había dicho y quedó con él.
Daniel levantó los ojos.
—¿Por qué no me lo contaste?
Nora metió las manos en los bolsillos de la sudadera.
—Porque pensé que podía estar engañándote.
Su padre volvió a mirar la imagen.
—¿Pensaste que este hombre era su amante?
—No sabía quién era.
—¿Y ahora lo sabes?
Nora abrió la noticia que había encontrado.
—Javier Vidal —dijo mientras ampliaba una de las fotografías—. El padre de Marta.
Daniel comparó ambas imágenes.
Javier aparecía mucho más joven en la noticia, rodeado de periodistas y sosteniendo una fotografía de su hija. En la imagen tomada por Nora tenía más canas y el rostro envejecido, pero no había duda de que se trataba del mismo hombre.
—¿Estás segura? —preguntó Daniel.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo estuvieron juntos?
—No lo sé exactamente. Los vi entrar en la cafetería y me fui poco después.
—¿Discutían?
—No. Estaban hablando.
—¿Parecía que mamá tuviera miedo de él?
—No.
Daniel amplió la fotografía.
Laura había ocultado durante dieciséis años que se llamaba Elena Robles.
Había guardado en un trastero una investigación completa sobre la desaparición de Marta.
Cuatro meses atrás había recibido una documentación anónima que la llevó a reabrir el caso y, pocas semanas antes de desaparecer, se había reunido con el padre de la chica.
—Hay otra cosa —añadió Nora.
Daniel levantó la vista.
—¿Qué?
—Mamá tenía otro teléfono.
—¿Otro móvil?
—Sí. Negro y bastante viejo. Lo encontré en su bolso hace un par de meses y me dijo que era del trabajo. Después la vi utilizándolo en el coche.
—¿Pero por qué no me habías dicho nada de esto, Nora?
—Por lo mismo. Pensaba que hablaba con él.
Daniel miró la fotografía de Javier.
—¿Sabes dónde está ese teléfono?
—No.
—¿Lo viste ayer?
—No. La última vez fue hace unas semanas.
Daniel abrió la boca para preguntarle algo más, pero su propio teléfono empezó a sonar. Los tres miraron la pantalla. Era Salas.
—Dígame —respondió Daniel.
—Necesito que venga otra vez a comisaría —dijo la subinspectora.
Daniel miró la hora.
—Acabo de salir de ahí.
—Lo sé.
—¿Qué ha pasado?
—Hemos recuperado una imagen de una cámara exterior del aparcamiento.
Daniel se apartó unos pasos de Nora y Teresa.
—¿Sale Laura?
—Sí.
—¿Está sola?
—No.
Daniel miró la fotografía de Javier que seguía abierta en el teléfono de su hija.
—¿Con quién está?
—No podemos identificarlo. La imagen está tomada desde bastante lejos.
—¿Es un hombre?
Salas guardó silencio brevemente antes de responder.
—Diría que sí.
Daniel cerró los ojos.
—Voy para allá.
Colgó.
Nora seguía observándolo.
—¿Qué pasa?
Daniel cogió las llaves que acababa de dejar sobre el mueble.
—Han encontrado otra grabación.
—¿De mamá?
—Sí.
—¿Y qué sale?
Daniel abrió la puerta.
—No estaba sola.