No abras la puerta CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Nora volvió a mirar la fotografía antes de devolvérsela.

—¿Mamá se llamaba Elena?

—Me acabo de enterar —respondió Daniel.

—¿Y desde cuándo se llama Laura?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

Daniel dejó la carpeta sobre la mesa del comedor y se sentó frente a ella. Teresa estaba en la cocina hablando por teléfono con una de las compañeras de Laura, así que mantuvo la voz baja.

—Acabo de descubrirlo, Nora. Hay documentación antigua a nombre de Elena Robles y documentación posterior a nombre de Laura Rovira. No sé qué ocurrió entre una cosa y la otra.

—¿Pero Laura Rovira existe de verdad?

La pregunta lo obligó a ordenar algo que ni él mismo había terminado de comprender.

—Todos sus documentos actuales son legales. El DNI, la Seguridad Social, la hipoteca, nuestro libro de familia... No estamos hablando de que mamá se haya inventado un nombre con un bolígrafo. Lo que no sé es por qué antes se llamaba Elena Robles ni cómo hizo el cambio. Ni por qué.

Nora bajó la mirada hacia la fotografía.

—¿Y Marta quién es?

—Era amiga suya. Por lo que he encontrado, muy amiga.

—¿Y dónde está?

—Desapareció hace diecisiete años.

Nora levantó los ojos.

—¿Desapareció? ¿No la encontraron nunca?

—Nunca.

Teresa se asomó desde la cocina justo en ese momento, todavía con el teléfono en la mano.

—Clara dice que la policía ha vuelto a la consulta —explicó mientras se acercaba—. Están preguntando por pacientes y revisando las citas de los últimos días.

Daniel cerró la carpeta.

—Bien.

—¿Qué es eso? —preguntó Teresa.

—Unas cosas de Laura.

—¿Has encontrado algo?

Daniel miró a Nora antes de responder.

—Documentación antigua. Nada que explique dónde está ahora.

Teresa dejó el móvil sobre la mesa.

—¿Quieres que llame otra vez a Salas?

—No. Si tienen algo, ya llamarán.

Su madre aceptó la respuesta y volvió a la cocina. Nora siguió con la vista el movimiento de Teresa hasta que desapareció por la puerta.

—¿No se lo vas a contar? —susurró ella.

—Sí, pero primero quiero entender qué estoy contando.

—A mí sí me lo has dicho.

—Porque acababas de leer el nombre.

—Buena razón.

Daniel recogió la fotografía.

El teléfono de Nora vibró. Ella miró la pantalla y escribió una respuesta rápida. Daniel reconoció el nombre de Irene antes de que guardara el móvil.

—¿Qué le has contado?

—Que mamá sigue desaparecida.

—¿Le has dicho algo de lo de Elena?

—Nada.

—No se lo cuentes a nadie de momento.

Nora lo observó con una expresión poco satisfecha, pero terminó asintiendo.

Daniel subió al dormitorio con la carpeta.

Necesitaba revisar de nuevo las fotografías que había tomado en el trastero y decidir qué debía entregar a la policía.

Había ocultado demasiado desde la noche anterior: la carta, la llave, el dinero y ahora un espacio alquilado lleno de documentación sobre una desaparición de diecisiete años atrás.

Cuanto más avanzaba, más difícil resultaba justificar que siguiera investigando por su cuenta.

Se sentó en la cama y abrió la galería del teléfono. Había fotografiado páginas casi sin mirar. Informes, mapas, listas de nombres y cronologías. Algunas imágenes estaban torcidas; otras cortaban parte del texto. Fue ampliándolas una a una hasta llegar a una fotografía que no recordaba haber hecho.

Mostraba un sobre blanco colocado encima de una carpeta. No tenía remitente. En una esquina aparecía una fecha escrita a mano por Laura. Cuatro meses atrás.

Daniel pasó a la siguiente imagen. Allí había fotografiado el contenido del sobre: una declaración policial de dos páginas y, debajo, varias anotaciones manuscritas.

Reconoció el documento. No era una de las declaraciones que había estado leyendo sobre Elena. En la parte superior aparecía el nombre de un hombre al que no conocía.

Tomás Llorente.

Daniel amplió el texto.

La declaración estaba fechada el día posterior a la desaparición de Marta.

Llorente explicaba que aquella madrugada regresaba en coche después de cenar con unos amigos y se detuvo unos minutos cerca de la zona donde se celebraba la fiesta.

Había visto a una joven junto a la carretera. No podía asegurar que fuera Marta.

Daniel siguió leyendo.

El testigo describía también un segundo vehículo detenido a pocos metros, un turismo de color gris oscuro. Había una mujer junto a él. No pudo identificarla. La matrícula aparecía incompleta.

Daniel volvió atrás y amplió las anotaciones de Laura.

Esta declaración no consta en la copia del sumario.

Debajo:

¿Por qué?

Y una tercera línea:

Matrícula parcial: 84—DLP.

Daniel abrió el navegador y buscó la matrícula, aunque sabía que internet no iba a proporcionarle los datos privados de un vehículo de hacía diecisiete años. Encontró páginas de comprobación, foros y registros sin utilidad.

Regresó a la fotografía.

En el margen inferior del documento Laura había añadido algo más recientemente.

Renault Laguna gris. 2008.

Debajo aparecía un nombre.

Andrés Vega.

Daniel se quedó inmóvil.

Acercó dos dedos a la pantalla y amplió la imagen hasta que el nombre ocupó casi todo el teléfono.

Andrés Vega.

Era el nombre de su padre.

Volvió a la fotografía anterior, convencido de que había mezclado documentos, y después regresó a la anotación. El nombre seguía allí, escrito por Laura debajo de los datos de aquel coche.

Daniel se levantó de la cama y leyó otra vez la declaración desde el principio, ahora más despacio. Tomás Llorente. La madrugada de la desaparición. Una carretera cercana a la fiesta. Una joven a la que no pudo identificar. Un Renault Laguna gris. Una matrícula incompleta.

Y debajo, de puño y letra de Laura:

Andrés Vega.

Daniel dejó el teléfono sobre la cama y se pasó ambas manos por la cara. Su padre llevaba seis años muerto. Durante más de treinta había sido policía. Y Laura había estado investigándolo a escondidas.

Tomás Llorente había declarado haber visto un coche relacionado con Andrés cerca del lugar donde Marta desapareció. La declaración, según Laura, nunca había quedado incorporada a la documentación oficial del caso.

Daniel salió de la habitación con el móvil en la mano.

—Mamá —llamó desde la escalera.

Teresa apareció al pie de los peldaños.

—¿Qué pasa?

—¿Papá tuvo alguna vez un Renault Laguna?

—Sí. Hace una eternidad —respondió extrañada por la pregunta.

Daniel bajó.

—¿Gris?

—Sí. ¿Por qué?

—¿Lo utilizabas tú o él?

—Depende del día. Teníamos dos coches y cogíamos el que estuviera libre.

—¿Cuándo lo vendisteis?

Teresa intentó hacer memoria.

—No sé. Tú todavía vivías con nosotros, seguro. ¿Qué estás mirando?

Daniel bloqueó el teléfono.

—Un documento.

—¿Qué documento?

—De un caso antiguo en el que trabajó papá.

Teresa apoyó una mano sobre la barandilla.

—Tu padre llevó muchos casos.

—Este era el de Marta Vidal. ¿Te suena?

La expresión de su madre cambió únicamente lo suficiente para reconocer el nombre.

—La chica que desapareció.

—¿Lo recuerdas?

—Claro que me acuerdo. Salió durante semanas en televisión.

—Papá participó en la investigación.

—Era policía, Dani.

—No sabía que hubiera trabajado en ese caso.

—Tu padre tampoco llegaba a casa y nos hacía un resumen de todo lo que investigaba.

Daniel volvió a desbloquear el teléfono.

—¿Recuerdas si alguna vez te habló de Elena Robles?

—¿De quién?

—Era amiga de Marta.

—No recuerdo ese nombre.

Teresa recogió su móvil de la mesa.

—¿Todo esto tiene que ver con Laura?

—Mamá, Laura era Elena Robles.

Su madre dejó de moverse.

—¿Qué dices?

—Antes de conocerme se llamaba Elena Robles.

Teresa buscó una sonrisa que no terminó de formarse.

—Eso no puede ser.

—Tengo fotografías y documentos.

—Pero cambiarse el nombre no es algo que una persona haga porque sí.

—Lo sé —Daniel guardó el teléfono—. Voy a volver al trastero.

—¿Qué trastero?

Era la primera vez que lo mencionaba delante de ella.

Le explicó lo justo: Laura había alquilado un espacio y allí guardaba documentación sobre Marta. No mencionó la carta, ni la llave, ni los mil quinientos euros. Teresa quiso acompañarlo, pero Daniel se negó.

—Quédate con Nora —le pidió mientras cogía la chaqueta—. No quiero que esté sola.

—Dani, si encuentras algo serio, llama a la policía.

—Tranquila.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

Nora salió al pasillo al escucharlos.

—¿Vuelves a irte?

—Un rato.

—¿Al sitio donde has encontrado la foto?

Daniel asintió.

—Quiero revisar una cosa.

—Voy contigo.

—No.

—Papá...

—No voy a discutir, Nora.

Nora cruzó los brazos.

—Entonces al menos haz fotos de todo.

—Eso sí puedo hacerlo.

Regresó al trastero veinte minutos después.

Abrió la unidad 214 y fue directamente a la caja donde recordaba haber visto el sobre. Lo encontró entre dos carpetas de documentación reciente.

En el frontal no había nombre ni dirección del remitente. Solo el de Laura.

Laura Rovira.

Daniel sacó la declaración de Tomás Llorente y comprobó que coincidía con la fotografía del teléfono. Dentro había también una hoja pequeña impresa con una sola línea:

Pregúntate por qué esto nunca llegó al sumario.

Nada más. No había firma.

Daniel examinó el sobre buscando un sello o cualquier indicación de procedencia. Había sido entregado por correo ordinario cuatro meses antes. Laura había anotado la fecha de recepción.

Después de aquello, las carpetas cambiaban.

Daniel las fue sacando una tras otra. Casi toda la documentación de años anteriores consistía en recortes, copias del expediente y recuerdos de Marta. A partir de la fecha del sobre aparecían búsquedas recientes, solicitudes de información, matrículas, nombres y fotografías de lugares actuales.

Laura había vuelto a investigar.

Daniel colocó la declaración sobre la estantería y buscó entre las páginas que estaban alrededor. En una de ellas había escrito:

Si Andrés estaba allí, ¿qué hizo después?

Daniel se quedó mirando el nombre de su padre. Sacó el teléfono. Marcó a la subinspectora Salas.