CAPÍTULO 9
Daniel permaneció varios minutos sentado en el suelo del trastero con el artículo abierto en el teléfono.
Marta Vidal tenía diecinueve años cuando desapareció.
La fotografía que acompañaba la noticia mostraba a una chica de pelo oscuro y expresión seria, demasiado joven para que la imagen encajara con todo lo que Daniel acababa de leer.
Había otra fotografía más pequeña, tomada probablemente de algún carnet, en la que sonreía.
Esa segunda imagen era peor. Hacía más difícil pensar en ella como un nombre dentro de un caso antiguo.
Siguió bajando por el artículo.
La desaparición había ocurrido de madrugada, después de una fiesta celebrada la noche del sábado en una casa situada a las afueras.
Marta había llegado acompañada de varios amigos.
Durante las primeras horas nadie supo establecer con exactitud cuándo se marchó ni con quién.
Su teléfono dejó de estar operativo poco después de la una y su coche apareció al día siguiente a varios kilómetros del lugar. No encontraron el cuerpo.
Daniel volvió al inicio de la noticia y buscó la fecha exacta.
Diecisiete años.
Leyó otra.
Después otra.
Las primeras hablaban de batidas, perros, voluntarios y controles en carreteras.
En algunas aparecía Javier Vidal, el padre de Marta, pidiendo colaboración delante de varias cámaras.
Daniel se detuvo en una fotografía en la que el hombre sostenía una imagen de su hija mientras alguien le acercaba un micrófono.
El paso del tiempo estaba concentrado en aquella cara. En las noticias del primer mes, Javier parecía un hombre de cuarenta y pocos años que llevaba días sin dormir. En los artículos de años posteriores tenía el pelo más corto, después más gris, y una expresión que había dejado de cambiar.
Daniel abrió una entrevista publicada cinco años después de la desaparición.
No necesito saber quién fue. Necesito saber dónde está mi hija.
Más abajo aparecía otra frase.
Mientras no haya un cuerpo, yo no puedo enterrarla.
Cerró la página.
Dentro del trastero hacía calor. El aire apenas circulaba y las tres cajas abiertas ocupaban ya buena parte del suelo. Daniel se levantó para dejar la puerta entreabierta y regresó a la carpeta gris.
Había docenas de recortes relacionados con Marta.
Algunos estaban impresos de internet; otros eran periódicos originales amarillentos en los bordes.
Laura —Elena— había subrayado fechas, nombres y lugares.
En varias páginas había anotaciones en los márgenes, aunque la mayoría no eran interpretaciones sino preguntas.
¿Quién vio salir a Marta?
¿Por qué nadie coincide con la hora?
¿Dónde estuvo el coche entre la 1:00 y las 6:15?
Daniel pasó varias hojas. No había nada que explicara por qué todo aquello seguía escondido diecisiete años después. Encontró entonces una fotografía diferente.
Era una imagen de Marta y Elena tomada dentro de una habitación. Estaban sentadas en el suelo entre bolsas de comida y ropa desordenada. Marta tenía una guitarra sobre las piernas; Elena sostenía una cuchara de madera a modo de micrófono. Las dos reían.
Daniel reconoció la habitación después de observarla un poco más. Era la de una residencia universitaria. En el reverso había una fecha y una frase breve.
Marta y Elena. Primer año. Si sobrevivimos a esto, sobrevivimos a todo.
Daniel guardó la fotografía dentro de la funda.
En su casa no había imágenes de aquella época.
Laura siempre había dicho que apenas conservaba fotografías de juventud. Daniel había dado por hecho que era una de esas personas que no sentían apego por los recuerdos materiales. Ahora tenía delante tres cajas llenas de ellos.
El teléfono volvió a sonar. Esta vez era Nora.
—¿Dónde estás? —preguntó ella.
—Te he dicho que estaba revisando unas cosas.
—Llevas fuera más de una hora.
—Estoy bien.
—¿Has encontrado algo?
Daniel miró las cajas.
—Estoy intentando entenderlo.
—Eso es que sí.
—Eso es que luego hablamos.
—Papá.
—¿Qué?
—¿Tiene que ver con mamá?
Daniel apoyó una mano sobre la rodilla.
—Sí.
—Entonces quiero saberlo.
—Y lo sabrás.
—¿Cuándo?
—Cuando vuelva a casa y pueda explicártelo bien.
—Pues entonces no tardes.
—No tardaré.
—Y cógeme el teléfono si te llamo.
Daniel sonrió ligeramente.
—Sí, mamá.
—Imbécil.
La llamada terminó. Guardó el móvil y volvió a la carpeta.
Entre las noticias encontró una copia de la declaración que ya había leído minutos antes, pero ahora se detuvo en los datos del encabezamiento.
Elena Robles, 19 años. Estudiante. Amiga de la desaparecida.
La declaración era larga. Elena explicaba que había llegado a la fiesta con Marta y otros dos amigos.
Durante parte de la noche habían estado juntas, pero después se separaron.
Marta parecía alterada por algo que no quiso explicar.
Elena aseguraba que intentó hablar con ella varias veces sin conseguirlo.
Daniel leyó un fragmento.
Preguntada por si la desaparecida manifestó intención de abandonar la fiesta, responde que sí, aunque no indicó adónde pretendía dirigirse.
Siguió.
Preguntada por la última vez que vio a Marta Vidal, responde que aproximadamente a la una de la madrugada, en la parte posterior de la vivienda.
Daniel pasó a la siguiente página.
Preguntada por si se encontraba acompañada, responde que no puede asegurarlo.
Volvió sobre esa línea.
No podía asegurarlo.
No era lo mismo que decir que estaba sola.
Daniel siguió leyendo hasta el final.
La declaración terminaba a las nueve y veinte de la mañana del día siguiente. Elena había acudido a la policía apenas unas horas después de que se denunciara la desaparición.
Cerró la carpeta y abrió otra.
Había mapas de la zona donde desapareció Marta, fotografías aéreas y copias de búsquedas organizadas durante semanas. En uno de los documentos figuraban los nombres de varias personas que habían participado en las batidas.
Elena Robles aparecía casi todos los días. Laura había buscado a Marta durante semanas, meses tal vez.
Daniel se sentó otra vez.
Hasta ese momento había intentado encajar a Elena dentro de la vida de Laura, encontrar una razón administrativa o familiar que explicara el cambio de nombre. Ahora empezaba a comprender que el problema era mucho más grande.
Laura no había cambiado solo un apellido. Había eliminado a Marta de su biografía.
Nunca le había contado que tuvo una mejor amiga desaparecida. Nunca había mencionado aquellas búsquedas ni las declaraciones policiales ni los meses en los que, según los recortes, Elena aparecía en todas partes.
Daniel abrió el buscador y escribió el nombre completo de Marta. Los resultados se extendían durante años.
Primer aniversario.
Tercer aniversario.
Décimo aniversario.
Entrevistas al padre.
Reaperturas de líneas de investigación.
Rumores.
Falsas pistas.
Una mujer que creyó haberla visto en Francia.
Un cadáver encontrado en otra provincia que finalmente pertenecía a otra persona.
Nada definitivo.
A los pocos meses, el caso había dejado de ocupar portadas. Después regresaba cada cierto tiempo, cuando un aniversario o una nueva búsqueda ofrecían una razón para volver a escribir sobre ella.
Daniel abrió una noticia publicada diez años después. Javier Vidal aparecía junto a una pancarta con el rostro de su hija.
Diez años sin Marta.
Debajo, una periodista resumía el caso: desaparición sin cuerpo, investigación sin detenidos y una familia que seguía reclamando respuestas.
Daniel recorrió los nombres citados.
No aparecía Elena.
Probó con artículos posteriores.
Tampoco.
Buscó entonces:
Elena Robles Marta Vidal aniversario.
Los resultados se concentraban únicamente en los primeros años.
Después, Elena desaparecía también.
Daniel se quedó mirando la pantalla.
Había dos mujeres en aquella historia que habían dejado de existir de maneras distintas.
Una se llamaba Marta Vidal y nadie sabía dónde estaba.
La otra vivía en su casa desde hacía dieciséis años bajo el nombre de Laura Rovira.
Cogió la fotografía de la playa y la declaración policial. Guardó ambas dentro de una carpeta vacía que encontró en la estantería y cerró las cajas.
Antes de marcharse tomó varias fotografías con el móvil de los documentos principales. No sabía todavía qué iba a hacer con ellos, pero tampoco quería llevarse media investigación y dejar el trastero vacío.
Apagó la luz y cerró con llave.
En el coche permaneció un rato sin arrancar.
Pensó en la primera vez que conoció a Laura.
Un encuentro fortuito en una librería. Una cena de cumpleaños unos días después a la que casi no había ido.
Una amiga común. Laura riéndose porque Daniel había confundido dos copas y había terminado bebiendo del vaso de otra persona.
Después una conversación que duró hasta que el camarero empezó a levantar las sillas.
Ella le había contado que venía de una familia pequeña, que había pasado parte de su juventud fuera y que no mantenía relación con casi nadie de aquella época. Daniel se lo había creído todo. No porque fuese ingenuo. Porque no había ningún motivo para no hacerlo.
Cogió el teléfono y abrió la fotografía de Elena y Marta en la playa. Amplió la cara de Laura. Diecinueve años. Antes de él. Antes de Nora. Antes de Laura Rovira. Daniel arrancó el coche.
Cuando llegó a casa, Nora estaba esperándolo junto a la puerta.
—¿Qué has encontrado? —preguntó.
Daniel cerró detrás de él y sacó la fotografía de la carpeta.
—Esto.
Nora la cogió.
—Es mamá, ¿no?
—Sí.
La chica dio la vuelta a la imagen. Leyó los dos nombres. Primero Marta. Después Elena. Levantó la cabeza.
—¿Quién es Marta?
—No estoy seguro.
—¿Y Elena?
Daniel la miró.
—Tu madre.