No abras la puerta CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Daniel volvió a mirar la fotografía.

Elena Robles.

Le dio la vuelta una vez más, buscando alguna explicación en el reverso que no estaba allí.

La fecha correspondía a diecisiete años atrás.

La letra no parecía reciente y tampoco había ninguna anotación que indicara que Elena fuera una tercera persona relacionada con la imagen.

Solo estaban Marta y Laura, abrazadas frente al mar, y, detrás de la fotografía, aquellos dos nombres.

Cogió otra fotografía de la caja. En ella aparecían cuatro chicas sentadas alrededor de una mesa. Marta estaba en un extremo y Laura en el otro, con una copa levantada hacia la cámara. En el reverso alguien había escrito varios nombres.

Marta. Sara. Cris. Elena.

Daniel pasó a la siguiente.

Una playa distinta. Laura con un bikini rojo. Marta tumbada sobre una toalla. Dos chicos detrás haciendo el idiota.

Verano 2008. Nicolás, Rodrigo, Elena y Marta.

Elena.

Siempre Elena.

Se sentó en el suelo del trastero con las fotografías extendidas delante.

Durante dieciséis años había llamado Laura a la mujer que dormía a su lado.

La había presentado como Laura en bodas, cumpleaños y cenas de trabajo.

Había firmado como Laura la hipoteca, los papeles del colegio de Nora y las postales que enviaban cada Navidad.

Aquello no tenía sentido.

Sacó el teléfono y abrió el navegador.

Escribió:

Elena Robles Marta Vidal.

Los primeros resultados eran demasiado genéricos. Añadió el nombre de la ciudad.

Esta vez aparecieron noticias antiguas.

Daniel abrió una de las primeras entradas. La página tardó en cargar porque pertenecía a la hemeroteca digital de un periódico local. El titular ocupaba la parte superior, acompañado de una fotografía de mala calidad.

Continúa la búsqueda de Marta Vidal, desaparecida desde el sábado.

Daniel bajó por el artículo sin leerlo entero. Buscaba un nombre. Lo encontró casi al final.

Familiares y amigos de la joven han participado durante toda la jornada en las batidas organizadas en los alrededores. Entre ellos se encontraba Elena Robles, amiga íntima de Marta desde la adolescencia.

Daniel amplió la fotografía que acompañaba la noticia.

Había más de veinte personas reunidas detrás de una cinta policial. Reconoció a Laura entre ellas. Tenía el pelo recogido, una sudadera demasiado grande y la cara hinchada. No sonreía.

Daniel cerró la página y regresó a las cajas.

En una carpeta encontró fotocopias de documentos antiguos. Un carnet universitario a nombre de Elena Robles, una inscripción a un curso, recibos, una tarjeta sanitaria caducada. En todos aparecía la misma fecha de nacimiento que Daniel conocía.

La misma mujer.

Otro nombre.

Buscó entonces algo más reciente. Abrió carpetas, apartó papeles y encontró documentación posterior a la época de Marta. Durante varios años seguía apareciendo Elena Robles. Después los documentos se interrumpían.

Y, más adelante, Laura Rovira.

No había una explicación entre ambas.

Daniel sacó su cartera y buscó una fotografía que llevaba detrás del DNI desde hacía años.

Era una de esas imágenes que nadie se molestaba en retirar porque dejaban de verse.

Laura y él en Roma, poco después de empezar a salir.

Ella llevaba unas gafas enormes y estaba apoyada contra su hombro frente al Coliseo.

Laura. O Elena.

Daniel miró la fecha escrita detrás.

Ya era Laura Rovira cuando lo conoció.

Guardó la fotografía.

El teléfono empezó a sonar.

TERESA

Contestó.

—¿Dónde estás? —preguntó su madre.

—Haciendo unas cosas.

—Eso ya me lo has dicho antes. Nora está preguntando cuándo vuelves.

Daniel miró alrededor.

—No tardaré.

—¿Has sabido algo más?

—No.

—¿Y la policía?

—Tampoco.

Teresa permaneció en silencio al otro lado durante unos segundos.

—¿Estás bien?

Daniel estuvo a punto de responder que sí.

—No demasiado.

—¿Quieres que vaya?

—No.

—Dani, si estás haciendo algo relacionado con Laura, no tienes por qué hacerlo solo.

Daniel cogió una de las fotografías.

—Mamá, ¿tú conocías a Laura antes de que yo empezara con ella?

—Hombre pues no.

—¿Seguro?

—¿Cómo voy a conocerla? La primera vez que la vi fue cuando la trajiste a casa a cenar.

Daniel observó la imagen de la playa.

—Vale.

—¿Por qué me preguntas eso?

—Por nada. Luego te cuento.

—No me gusta nada cuando dices «por nada».

—Volveré pronto.

Colgó antes de que Teresa pudiera seguir preguntando.

Abrió otra carpeta.

La documentación de Laura estaba organizada de una manera que no parecía improvisada.

Había copias de sus primeros contratos, certificados universitarios, facturas y papeles que Daniel ni siquiera sabía que conservaba.

La vida de Elena ocupaba varios archivadores.

La de Laura empezaba después, casi sin transición.

Daniel intentó recordar qué le había contado ella sobre aquellos años.

La conoció cuando ambos rondaban la veintena.

Laura era tres años más joven que él. Le había dicho que había estudiado fuera durante una temporada.

Que su adolescencia había sido aburrida, que había cambiado varias veces de instituto y que no conservaba apenas amigos de aquella época porque su familia se había mudado mucho.

Nunca había hablado de Marta.

Daniel habría recordado ese nombre.

Tampoco había visto aquellas fotografías.

Buscó en su teléfono conversaciones antiguas con Laura, aunque sabía que dieciséis años de mensajes no estaban allí. Probó con correos electrónicos. Introdujo Elena en el buscador.

Aparecieron decenas de resultados que no tenían relación con ella.

Probó con Robles .

Nada.

Volvió a las cajas.

En la tercera encontró una carpeta de color gris sin ninguna inscripción. Dentro había fotocopias de documentos oficiales y varias páginas impresas de una investigación que Daniel no entendía. Algunas fechas coincidían con la desaparición de Marta. Otras eran posteriores.

En una de las hojas aparecía varias veces el nombre de Elena Robles. Daniel leyó el encabezamiento. Era una declaración policial.

Comparece doña Elena Robles, de diecinueve años de edad...

Empezó a leer.

Elena explicaba cuándo había visto por última vez a Marta, con quién había estado aquella noche y a qué hora se habían separado. Daniel avanzó rápidamente por el texto hasta llegar al final.

La firma estaba allí.

Conocía aquella forma de escribir la E. La había visto cientos de veces en notas dejadas sobre la nevera, felicitaciones de cumpleaños y listas de la compra. Solo que debajo no ponía Laura Rovira. Ponía Elena Robles.

Daniel apoyó la hoja sobre las piernas.

Ya no se preguntaba qué significaba aquel nombre y empezó a preguntarse otra cosa.

¿Por qué Laura había necesitado dejar de utilizarlo?

Cogió el teléfono y buscó directamente:

Elena Robles.

Aparecieron perfiles de otras personas, directorios y referencias sin interés. Añadió la fecha de nacimiento de Laura y la ciudad en la que siempre le había dicho que había crecido.

Los resultados cambiaron.

Un antiguo listado universitario.

Una competición escolar.

Una noticia sobre voluntarios en una búsqueda.

Y varias referencias al mismo nombre.

Marta Vidal.

Daniel abrió una de ellas.

El titular estaba fechado diecisiete años atrás.

La policía busca a una joven de diecinueve años desaparecida tras una fiesta.

Debajo había una fotografía de Marta. Y, a su lado, otra de Elena Robles.

Daniel amplió la imagen hasta llenar la pantalla. Era Laura. No había ninguna duda.

Leyó las primeras líneas.

La última persona de su círculo cercano que asegura haber hablado con Marta Vidal Soler antes de su desaparición fue su amiga Elena Robles.

Daniel dejó de desplazarse por la pantalla. Laura no se había limitado a conocer a aquella chica. Había sido una de las últimas personas que la había visto antes de que desapareciera.