CAPÍTULO 7
Daniel volvió a casa poco después de las once con la sensación de haber perdido toda la mañana sin acercarse un centímetro a Laura.
Las cámaras del aparcamiento habían confirmado que su mujer llegó sola a las ocho y un minuto.
Aparcó, salió del coche y permaneció varios minutos junto a una columna, mirando de vez en cuando hacia la entrada peatonal.
La grabación no permitía saber si esperaba a alguien o simplemente consultaba el teléfono. Después abandonó el encuadre. Nada más.
La cámara que cubría aquel pasillo llevaba semanas averiada y ninguna de las otras mostraba con claridad la salida que Laura había utilizado. La policía estaba recopilando imágenes de comercios y cámaras de tráfico de los alrededores.
Daniel había regresado con una respuesta que únicamente servía para fabricar nuevas preguntas.
—¿Qué has visto? —preguntó Teresa en cuanto entró.
Nora apareció detrás de ella desde el salón.
—A Laura entrando en el aparcamiento —respondió Daniel mientras dejaba las llaves sobre el mueble de la entrada—. Sale del coche y parece que espera a alguien. Después deja de verse.
—¿Espera a quién? —preguntó Nora.
—No lo saben.
—¿Y no hay más cámaras?
—Sí, pero una de las que necesitan no funciona. Están buscando imágenes de fuera.
Nora bajó la vista hacia su teléfono.
—Genial.
—Van a encontrar algo —dijo Teresa.
Daniel se quitó la chaqueta.
—Eso espero.
—¿Quieres comer?
—No tengo hambre, mamá.
—No te he preguntado si tienes hambre.
—Mamá...
—Hay tortilla y ensalada. Cinco minutos.
Daniel sabía que discutir solo conseguiría que Teresa preparara además café, fruta y probablemente comida para tres días. Se rindió con un gesto y subió al dormitorio mientras su madre regresaba a la cocina. Necesitaba quedarse solo.
Cerró la puerta y sacó del bolsillo la carta que llevaba encima desde la madrugada. La dejó sobre la cama y abrió el cajón donde había encontrado la caja del teléfono antiguo. El sobre seguía dentro. Cogió la llave.
La había examinado varias veces desde que la encontró. Era pequeña, completamente plateada y sin ninguna inscripción. No pertenecía a ninguna cerradura de casa que él conociera. Tampoco a las llaves del trabajo de Laura, que solía llevar juntas en un llavero azul.
La carta no decía dónde utilizarla. Solo:
La llave es importante. Guárdala contigo y no se la entregues a nadie.
Daniel dejó el sobre sobre la cómoda y sacó la caja entera del cajón.
En la parte superior conservaba la bandeja de cartón donde años atrás había estado encajado el teléfono. La levantó buscando algún manual o documentación antigua y encontró un pequeño compartimento debajo. Había un cable, una herramienta para extraer la tarjeta SIM y un papel doblado varias veces.
Lo abrió. Era un recibo.
TRASTERS BCN
Unidad 214
Renovación mensual.
Debajo figuraba una dirección en una zona industrial a unos quince minutos de casa, y una anotación a lápiz.
270452
Daniel leyó el nombre dos veces. No recordaba que Laura hubiera alquilado jamás un trastero.
Buscó la empresa en el móvil. Las fotografías mostraban un edificio de dos plantas dividido en pequeños espacios de almacenamiento. Según la web, el acceso a las instalaciones se realizaba mediante un código de seis cifras y cada unidad tenía su propia cerradura.
Desde abajo llegó la voz de Teresa.
—¡Dani! ¡Está la comida!
—Ahora voy —respondió.
Guardó el recibo en el bolsillo junto con la llave.
Comió apenas media porción de tortilla. Teresa habló de cualquier cosa que pudiera llenar el silencio: que había que avisar a la familia de Laura, que quizá Nora debería volver al instituto al día siguiente, que la policía llamaría pronto. Nora apenas participó.
—Voy a salir un rato —dijo Daniel cuando terminó.
—¿Adónde? —preguntó Teresa.
—Tengo que hacer una cosa.
Nora levantó la cabeza.
—¿Por mamá?
Daniel bebió agua antes de responder.
—Quiero comprobar algo.
—Voy contigo.
—No hace falta.
—Siempre dices lo mismo.
—Porque no todo tienes que hacerlo conmigo.
Nora dejó el tenedor sobre el plato.
—Pues dime adónde vas.
Daniel buscó una respuesta que no abriera otra discusión.
—A revisar unas cosas de mamá.
—¿Dónde?
—Nora, volveré enseguida —dijo mientras se levantaba—. Si llama Salas, me avisas.
Teresa siguió a Daniel hasta la entrada.
—¿Quieres que vaya contigo? —preguntó mientras él se ponía la chaqueta.
—No.
—No voy a preguntarte adónde vas.
—Gracias.
—Pero llámame si necesitas algo.
Daniel asintió y salió.
El edificio de los trasteros estaba detrás de un concesionario de coches, en una calle que apenas tenía tránsito a aquella hora. Aparcó frente a una puerta metálica y se quedó dentro del vehículo observando el cartel durante unos segundos. Nunca había estado allí.
Introdujo las seis cifras que había escritas en el recibo en el teclado exterior. La luz pasó de rojo a verde. Entró.
Dentro olía a polvo, cartón y cemento. Un pasillo largo dividía dos filas de puertas metálicas numeradas. Daniel avanzó siguiendo las indicaciones hasta encontrar una escalera que conducía a la planta superior.
La unidad 214 estaba casi al final. Sacó la llave. Encajó. La cerradura cedió a la primera. Daniel abrió la puerta y buscó el interruptor.
El trastero era más pequeño de lo que había imaginado, apenas cuatro metros cuadrados. No había muebles, maletas ni cajas de ropa. Solo una estantería metálica contra la pared y tres cajas de archivo colocadas en los estantes. Nada más.
Daniel entró y cerró la puerta detrás de él.
En la primera caja había carpetas clasificadas por años. Fotocopias de documentos, recortes de periódicos, impresiones de correos electrónicos y páginas llenas de anotaciones escritas por Laura. En muchas aparecían nombres que Daniel no conocía.
Sacó una carpeta.
En la portada ponía:
M. V.
La abrió.
El primer recorte pertenecía a un periódico de diecisiete años atrás.
CONTINÚA LA BÚSQUEDA DE LA JOVEN DESAPARECIDA.
Daniel pasó la página.
Había fotografías de una chica morena, informes policiales fotocopiados y mapas con zonas marcadas a bolígrafo. En otro folio alguien había construido una cronología de horarios. Daniel reconoció la letra. Era de Laura.
Se apoyó contra la estantería y continuó revisando.
No entendía qué estaba viendo ni por qué su mujer había guardado todo aquello lejos de casa. Pensó en llamar a la subinspectora Salas, pero recordó la instrucción de la carta y mantuvo el teléfono en el bolsillo.
Abrió la segunda caja. Había más fotografías. Algunas parecían familiares: cumpleaños, excursiones, fiestas universitarias. En casi todas aparecía la misma chica de los recortes.
Su nombre: Marta.
Daniel no sabía su apellido ni por qué Laura había dedicado años a guardar todo aquello.
Cogió una fotografía que estaba dentro de un sobre transparente. Dos chicas ocupaban casi toda la imagen. Tendrían dieciocho o diecinueve años. Una era Marta; la había visto suficientes veces durante los últimos minutos para reconocerla. La otra era Laura.
Mucho más joven, con el pelo más largo y una forma de sonreír que Daniel no veía desde los primeros años de su relación. Estaban abrazadas frente a una playa. Marta sujetaba una botella de cerveza y Laura levantaba dos dedos detrás de su cabeza.
Daniel sonrió sin querer. Después giró la fotografía. Había una fecha escrita con bolígrafo azul. Debajo, dos nombres.
Marta Vidal.
Daniel leyó el segundo. Volvió a mirar la cara de su mujer y comprobó la letra otra vez.
No ponía Laura Rovira.
Ponía:
Elena Robles.