No abras la puerta CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Nora esperó a que la puerta se cerrara detrás de su padre antes de sacar el móvil del bolsillo.

Teresa había vuelto a la cocina y estaba recogiendo las tazas del desayuno. Desde el pasillo podía oírla abrir y cerrar armarios, mover platos, dejar correr el agua. Nora se quedó unos segundos junto a la entrada con la chaqueta todavía puesta, mirando la pantalla del teléfono sin desbloquearlo.

Después subió a su habitación. Cerró la puerta, se sentó en la cama y abrió la galería. La fotografía seguía allí.

La había hecho tres semanas antes desde la acera de enfrente de la consulta de su madre.

No era una buena foto. Había ampliado demasiado la imagen y el resultado estaba lleno de grano, con las caras ligeramente deformadas por el zoom.

Laura aparecía de perfil junto a un hombre bastante mayor que ella, de unos sesenta y tantos años.

Él llevaba un abrigo oscuro y tenía una mano metida en el bolsillo mientras hablaba. Laura lo miraba con una seriedad que Nora no recordaba haberle visto nunca en casa. No se estaban tocando. No había ningún beso. Ni siquiera parecían especialmente cercanos. Pero su madre le había mentido.

Aquella tarde Laura había dicho que saldría tarde de la consulta porque tenía que terminar unos informes. Nora estaba cerca porque había quedado con Irene para comprar un regalo de cumpleaños, y al pasar por la calle vio a Laura salir del edificio casi una hora antes de lo previsto.

Había estado a punto de llamarla. Pero entonces apareció el hombre. Laura lo siguió hasta una cafetería. Nora también.

No se sintió orgullosa de aquello. Durante los primeros diez minutos se dijo que solo quería comprobar que no estaba interpretando mal la situación. Después, cuando vio a su madre sentarse frente a aquel desconocido en una mesa del fondo, ya no supo muy bien por qué seguía allí.

Había hecho la fotografía desde fuera. Luego se marchó.

Volvió a abrirla y amplió el rostro del hombre. Seguía sin reconocerlo.

—¿Nora?

Bloqueó la pantalla.

—¿Qué?

—¿Puedo pasar? —preguntó Teresa desde el otro lado de la puerta.

—Sí.

Su abuela entró con una taza entre las manos y se sentó junto a ella.

—Te he hecho chocolate.

—No tengo cinco años.

—Ya. A los cinco te gustaba más y protestabas menos. Qué tiempos aquellos.

Nora cogió la taza.

—Gracias.

Teresa miró hacia la ventana.

—Tu padre me ha escrito. Ya ha llegado a comisaría.

—¿Le han dicho algo?

—Todavía no.

—Pues para no decirle nada tenían mucha prisa por hacerle ir.

—Estarán revisando las imágenes.

Nora sopló el chocolate.

—No tendría que haber ido solo.

—Tu padre está intentando protegerte.

—Todo el mundo dice eso cuando quiere decidir por ti.

Teresa sonrió con cansancio.

—Algún día descubrirás que proteger a alguien y decidir por él se parecen demasiado.

—Eso suena a frase de abuela.

—Porque soy tu abuela.

Nora bebió un poco. Estaba demasiado caliente.

Teresa se levantó.

—Voy a hacer algo de comer para mediodía. Si necesitas cualquier cosa, estoy abajo.

—Vale.

—Y no estés todo el rato mirando el móvil. No conseguirás que tu madre escriba antes.

—No estoy mirando el móvil.

—Claro —replicó Teresa señalando el aparato que Nora todavía tenía en la mano.

Cuando volvió a quedarse sola, Nora dejó la taza en la mesilla y abrió otra vez la fotografía.

Lo peor no era que Laura hubiera quedado con un hombre. Lo peor era el teléfono. La primera vez que lo vio fue dos meses atrás.

Su madre estaba en la cocina preparando la cena cuando algo vibró dentro de su bolso. Nora pensó que era el móvil de siempre y fue a sacarlo para llevárselo. Encontró dos. Uno era el de siempre, el de Laura. El otro era pequeño, negro, bastante más antiguo.

—Mamá, ¿tienes otro móvil? —le preguntó mientras sostenía ambos.

Laura se giró desde los fogones.

—Déjalo, cariño.

—¿Para qué es?

—Del trabajo.

—¿Desde cuándo tienes un móvil del trabajo?

—Desde hace poco.

Laura se lo había quitado de la mano y había vuelto a guardarlo dentro del bolso.

La explicación le pareció suficiente hasta que, unos días después, Nora la vio utilizándolo en el coche.

Estaban aparcadas frente al instituto. Laura creía que su hija ya había bajado, pero Nora volvió para coger una carpeta que había olvidado en el asiento trasero.

Antes de abrir la puerta vio a su madre mirando la pantalla del teléfono negro.

Laura escribió algo.

Esperó.

Y borró la conversación completa.

Nora lo vio desde fuera a través del cristal.

No dijo nada.

Aquella misma semana empezaron las excusas. Una cena de trabajo que nunca había existido antes. Dos tardes en las que Laura volvió más tarde de lo habitual. Una llamada que interrumpió en cuanto Nora entró en el salón.

Entonces llegó la cafetería. Y el hombre.

Nora había pensado en decírselo a Daniel. Muchas veces.

Una noche incluso entró en su habitación mientras su padre leía en la cama, preparada para enseñarle la fotografía. Daniel había levantado la vista del libro.

—¿Qué pasa?

—Nada —respondió ella después de quedarse junto a la puerta—. ¿Mamá todavía está trabajando?

—Sí. ¿Por qué?

—Por nada.

Se marchó.

No sabía qué esperaba conseguir contándoselo. Si estaba equivocada, podía provocar una discusión absurda entre sus padres. Si tenía razón, podía provocar una discusión mucho peor. Así que decidió esperar. Hasta que Laura desapareció.

Nora dejó el teléfono sobre la cama y se levantó. Caminó hasta el escritorio y abrió el cajón inferior. Allí guardaba una libreta en la que había anotado las pocas cosas que sabía. No eran muchas.

Móvil negro.

Martes 3 — sale antes del trabajo.

Cafetería.

Hombre abrigo oscuro.

Jueves 12 — llamada en el coche.

Debajo había escrito una pregunta y luego la había tachado tantas veces que casi había agujereado el papel.

¿Tiene un amante?

Nora arrancó la hoja. La dobló por la mitad y volvió a meterla en el cajón.

Su padre le había preguntado dos veces si había notado a Laura rara. Las dos veces había dicho que no.

Había una explicación para eso. No quería contarle que quizá su mujer estaba engañándolo mientras no supiera siquiera si era verdad. Y ahora que Laura había desaparecido, decirlo podía convertir aquella sospecha en algo mucho más grande de lo que realmente era.

El teléfono vibró sobre la cama. Nora lo cogió de inmediato. Era Daniel.

—¿Papá?

—¿Estás con la abuela?

—Sí. ¿Qué pasa?

—Nada. Estoy terminando aquí.

Nora se sentó.

—¿Qué sale en las cámaras?

Hubo un pequeño ruido al otro lado, quizá una puerta cerrándose.

—Mamá entra en el parking y espera a alguien.

Nora dejó de respirar con normalidad.

—¿A quién?

—No lo sabemos todavía.

Miró la fotografía que seguía abierta en la pantalla.

Laura estaba junto al hombre del abrigo oscuro.

—Nora, ¿estás ahí? —preguntó Daniel.

—Sí.

—¿Seguro que mamá no te había contado nada? ¿No había quedado con alguien últimamente?

Nora recorrió con el pulgar el borde del teléfono. Podía decírselo. Solo tenía que pronunciar una frase.

Vi a mamá con un hombre.

—No —respondió ella—. No me había contado nada.

—Vale. Luego hablamos.

Daniel colgó.

Nora permaneció sentada con el teléfono pegado a la oreja hasta que la pantalla se apagó. Después volvió a abrir la fotografía. Esta vez no miró a Laura. Miró al hombre.