CAPÍTULO 5
A las nueve de la mañana ya habían llamado siete personas. Daniel dejó de contestar después de la quinta.
La noticia de la desaparición de Laura se había extendido con una rapidez que no sabía si agradecer o detestar.
Primero había sido Clara, después otra compañera de la consulta, luego una amiga con la que Laura salía a cenar cada pocas semanas.
Alguien debió de avisar al resto porque, a partir de ahí, empezaron a llegar mensajes de personas con las que Daniel no hablaba desde hacía meses.
¿Sabéis algo?
¿Necesitáis ayuda?
Estoy pendiente del teléfono.
Dile a Nora que le mando un beso.
Todos querían hacer algo y ninguno podía hacer nada. Teresa acabó apropiándose del móvil de Daniel durante un rato.
—Si es la policía, te lo paso. Si es alguien preguntando lo mismo por décima vez, contesto yo —dijo mientras apartaba de la mesa las tazas del desayuno.
—No hace falta, mamá.
—Ya sé que no hace falta. Por eso puedo hacerlo yo.
Daniel no discutió.
Había descubierto que tomar decisiones sencillas empezaba a requerirle más esfuerzo del habitual.
Se levantaba para buscar algo y, cuando llegaba a otra habitación, olvidaba qué era.
Abría el teléfono sin recordar qué aplicación quería consultar.
Había leído tres veces el mismo correo de la policía y seguía sin saber si contenía algo que no le hubieran explicado por teléfono.
Teresa, en cambio, parecía moverse por la casa con una lógica propia. Había preparado el desayuno, puesto una lavadora y convencido a Nora de que comiera algo antes de encerrarse otra vez en su habitación. También había telefoneado al instituto para explicar que la chica no acudiría a clase.
—No hacía falta que faltara —protestó Daniel al enterarse.
—Claro que hacía falta —respondió Teresa mientras colocaba una taza limpia en el escurridor—. Su madre lleva desaparecida desde ayer. ¿Qué quieres, que haga un examen de matemáticas esta mañana?
—No tiene ningún examen.
—Pues mejor todavía. Entonces no se pierde demasiado si hoy no va.
Daniel apoyó las manos sobre la encimera.
—No quiero que todo se descontrole, mamá.
—Dani, hijo mío, ya está más que descontrolado.
Teresa se volvió hacia él y, al verlo callar, suavizó la expresión.
—No puedes conseguir que esto sea menos grave haciendo que Nora vaya al instituto.
—Necesita normalidad.
—La tendrá cuando sepamos dónde está Laura.
Desde el salón llegó el sonido de un mensaje. Teresa dejó el paño sobre la encimera y fue a comprobar el teléfono.
—Es Clara —dijo al regresar—. Pregunta si puede venir.
—Dile que no.
—¿Seguro?
—No quiero tener la casa llena de gente.
—Vale.
Teresa respondió y dejó el móvil junto a Daniel.
—También ha escrito una tal Irene.
—Será la amiga de Nora.
—Dice que su madre puede llevarle los apuntes.
—Dale las gracias.
—Eso puedes decírselo tú —contestó Teresa con una pequeña sonrisa—. Tampoco voy a convertirme en tu secretaria ahora.
—Pensaba que acababas de adjudicarte el puesto.
—Temporalmente. Y sin sueldo.
El momento duró poco, pero fue suficiente para que la cocina dejara de parecer durante unos segundos una sala de espera.
Nora apareció en la puerta con una sudadera enorme y el pelo recogido en una coleta. Había pasado parte de la mañana encerrada en su habitación, aunque Daniel sabía que tampoco estaba descansando. Cada vez que subía la escuchaba caminar o abrir cajones.
—¿Ha llamado la policía? —preguntó mientras se sentaba.
—Todavía no —respondió Daniel.
—¿Y las cámaras?
—Siguen revisándolas.
—Joder, papá… ¿Cuánto se tarda en mirar una cámara?
—No lo sé, Nora.
—Pues tampoco debe ser tan complicado.
—Depende de cuántas haya, de las horas que tengan que revisar, de la calidad de las imágenes...
—Papá, estaba en un parking. No en el aeropuerto de Barajas. Llámalos y diles que ya voy yo a revisarlas, si eso.
—Nora.
—¿Qué? Igual acabamos antes.
Teresa dejó delante de su nieta un vaso de zumo.
—Bébete esto, anda.
—No tengo sed.
—Me da igual. Bebe.
—Abuela.
—Nora.
La chica acabó cogiendo el vaso.
—Sois iguales —acusó Nora.
—Eso es mentira —respondió Daniel.
—Es verdad. Los dos hacéis exactamente la misma cara cuando queréis mandar.
Teresa se sentó junto a ella.
—Tu padre ha aprendido de la mejor.
—Eso explica muchas cosas.
Daniel las observó discutir sobre si el zumo tenía demasiada pulpa y pensó en Laura. Cualquier otra mañana habría intervenido para defender a Nora, porque Teresa compraba siempre el mismo zumo y Laura llevaba años diciendo que parecía puré de naranja.
La ausencia estaba empezando a ocupar lugares concretos.
No era únicamente que Laura no estuviera, sino que nadie apoyaba a Nora quejándose del zumo.
Que su taza seguía guardada. Que su silla permanecía vacía.
Que Daniel sabía perfectamente qué comentario habría hecho en cada conversación y, aun así, la conversación continuaba sin ella.
El teléfono sonó.
Los tres se callaron.
Daniel miró la pantalla.
SUBINSPECTORA SALAS
Contestó de inmediato.
—Dígame.
—Señor Vega, hemos revisado parte de las cámaras del aparcamiento —explicó Salas—. Necesito que venga a comisaría esta mañana.
Daniel se levantó.
—¿Han visto a Laura?
—Preferiría hablarlo en persona.
—Puede decírmelo por teléfono.
—No tengo ningún inconveniente, pero hay imágenes que quiero que vea usted mismo.
Nora había dejado el vaso sobre la mesa y no apartaba los ojos de su padre.
—¿Sale Laura en las grabaciones? ¿Sí o no?
—Sí.
Daniel apretó el teléfono contra la oreja.
—¿Con alguien?
Salas guardó silencio al otro lado.
—Venga a comisaría, señor Vega.
—Solo dígame si estaba sola.
—En las imágenes que hemos revisado se ve a su mujer entrar en el aparcamiento sola.
—¿Y salir?
—Eso es lo que necesitamos aclarar.
Daniel miró a Teresa.
—Voy para allá.
Colgó.
—¿Qué han visto? —preguntó Nora.
—A mamá entrando en el parking.
—¿Y después?
—Quieren que vaya a ver las grabaciones.
Nora se levantó.
—Voy contigo.
—No.
—¿Por? Ayer ya fui a la comisaría.
—Hoy no hace falta.
—Quiero verlas.
—Nora, no sabes qué aparece en esas imágenes.
—¿Y?
Daniel cogió las llaves del coche.
—Te quedas aquí con la abuela.
—No tengo cinco años, papá.
—Y yo no tengo ganas de discutir ahora.
—Pues no discutas. Déjame ir.
Teresa intervino antes de que la conversación subiera de tono.
—Quédate conmigo —pidió mientras le apoyaba una mano en el brazo—. Si tu padre ve algo importante, nos llamará inmediatamente.
Nora apartó la mirada.
—Siempre hacéis lo mismo.
—¿El qué? —preguntó Daniel molesto.
—Decidir lo que puedo saber.
Daniel se detuvo junto a la puerta.
—No estoy decidiendo qué puedes saber. Estoy intentando evitar que veas algo que quizá no necesites ver.
—Es mi madre.
—Y exactamente por eso lo hago. Y se acabó aquí la discusión, Nora.
Nora cerró la boca.
Teresa se acercó a Daniel.
—Vete. Yo me quedo con ella.
—Llámame si pasa cualquier cosa, mamá.
—No pasará nada. Vete tranquilo.
—Y asegúrate que tenga el teléfono cerca —continuó él mientras señalaba a Nora.
—Hola, papá. Estoy aquí —protestó Nora, alzando la mano—. Puedes hablarme a mí.
Daniel la miró.
—Ten el teléfono cerca.
La chica negó con la cabeza, pero no respondió.
Daniel salió de casa y bajó hasta el coche. Antes de arrancar comprobó por costumbre el asiento del acompañante, donde Laura solía dejar el bolso cuando viajaban juntos. Estaba vacío.
Durante el trayecto hasta la comisaría, Teresa le envió un mensaje.
No te preocupes por Nora. Está bien.
Daniel lo leyó en un semáforo. Poco después llegó otro.
Y come algo cuando salgas.
Daniel resopló y guardó el móvil.
Aquello era Teresa. Podía estar ocurriendo cualquier desastre y aun así encontraba un hueco para preocuparse de si había desayunado.
Al llegar a la comisaría, Salas lo esperaba en recepción. Era una mujer de unos cuarenta y tantos años, más baja de lo que Daniel había imaginado por teléfono, con el pelo oscuro recogido y una carpeta bajo el brazo.
—Gracias por venir tan rápido —dijo mientras le indicaba que la siguiera.
—¿Han encontrado algo?
—Hemos encontrado imágenes.
Daniel caminó detrás de ella por un pasillo hasta una pequeña sala con una mesa, dos sillas y un ordenador.
Salas cerró la puerta.
—Antes de enseñárselas necesito que intente mantener la calma.
Daniel la miró.
—Eso no ayuda demasiado, la verdad.
La subinspectora aceptó el reproche con un gesto.
—Su mujer aparece entrando en el aparcamiento a las veinte horas y un minuto. Estaciona, sale del vehículo y permanece allí durante unos minutos.
—¿Haciendo qué?
Salas se sentó frente al ordenador.
—Eso es lo que quiero que me diga usted.
Pulsó una tecla. La imagen apareció en la pantalla. Era Laura. Daniel la reconoció incluso antes de verle la cara. Caminaba sola entre los coches con el bolso colgado del hombro. Se detuvo junto a una de las columnas. Y, simplemente, esperó.