No abras la puerta CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Daniel no consiguió dormir aquella noche.

Permaneció durante horas en la cama con la carta de Laura entre las manos, leyéndola hasta que dejó de necesitar el papel para recordar cada una de sus instrucciones.

Cerca de las cuatro bajó a la cocina y preparó un café que terminó enfriándose sobre la mesa.

Había guardado de nuevo los mil quinientos euros y la llave dentro del sobre, exactamente donde los había encontrado, pero la carta continuaba con él.

No se la había enseñado a Teresa. Tampoco a Nora.

Ni siquiera había decidido todavía si debía hacerlo.

Explicar aquello exigía comprender al menos una parte, y Daniel seguía detenido en la misma pregunta desde que había abierto el sobre.

¿Por qué iba Laura a regresar a su propia casa y pedirle que no la dejara entrar?

A las siete y diez, cuando la claridad empezaba a entrar por las ventanas de la cocina, el teléfono sonó sobre la mesa. Daniel lo cogió al ver un número que no tenía guardado.

—¿Daniel Vega? —preguntó una mujer.

—Sí.

—Soy la subinspectora Salas. Me han asignado las diligencias por la desaparición de Laura Rovira. ¿Puede hablar?

Daniel enderezó la espalda.

—Sí, claro. ¿Saben algo?

—Necesito confirmar algunos datos y hacerle unas preguntas. También tenemos información sobre el vehículo.

—¿Lo han encontrado? —preguntó Daniel mientras se levantaba de la silla.

—Sí. Estaba en el aparcamiento correspondiente a la última ubicación que facilitó anoche.

Daniel caminó hasta la encimera y se apoyó en ella.

—¿Laura estaba allí?

—No. El vehículo estaba vacío.

—¿Había sangre, algún golpe o cualquier señal de que hubiera pasado algo?

—No puedo adelantarle conclusiones por teléfono, pero no se observan indicios evidentes de accidente ni de violencia en el interior del coche.

—¿Estaba cerrado?

—Sí.

—¿Y el teléfono?

—No estaba dentro.

Daniel miró hacia las escaleras. La casa continuaba en silencio.

—Entonces alguien se la ha llevado.

—Eso no podemos afirmarlo —respondió Salas—. El coche estaba correctamente estacionado y no presenta daños aparentes. Necesitamos reconstruir los movimientos de su mujer desde que abandonó el trabajo.

—Laura no deja el coche en un parking, apaga el teléfono y desaparece durante toda la noche.

—No he dicho que sea un comportamiento normal, señor Vega.

La serenidad de aquella mujer empezaba a resultarle difícil de soportar.

Daniel entendía que era su trabajo, que necesitaba separar hechos de suposiciones y que probablemente había atendido decenas de desapariciones.

Para ella, Laura era un nombre incorporado aquella madrugada a una investigación.

Para él, era la mujer que debería estar bajando en aquel momento las escaleras, quejándose porque el café estaba demasiado fuerte.

—¿Hay cámaras en el parking? —preguntó esperanzado.

—Sí.

—Entonces podrán ver qué pasó.

—Se están revisando las grabaciones.

—¿Cuánto van a tardar?

—Lo que sea necesario para comprobarlas correctamente. Si obtenemos información relevante, se lo comunicaremos.

Daniel miró la hora en el horno. Eran las siete y dieciséis.

—¿Qué necesita saber?

Escuchó movimiento de papeles al otro lado.

—En la denuncia consta que usted y su mujer no habían discutido recientemente.

—No habíamos discutido.

—¿Cómo describiría su relación?

Daniel dejó escapar el aire lentamente.

—Normal.

—Necesito que sea un poco más concreto, señor Vega.

—Llevamos dieciséis años juntos. Tenemos una hija. Trabajamos, hacemos planes, discutimos alguna vez por tonterías y luego se nos pasa. No sé qué más quiere que le diga.

—Quiero saber si existía algún conflicto importante. Si habían hablado de separarse, si había alguna infidelidad conocida, problemas económicos o cualquier circunstancia que pudiera explicar que la señora Rovira quisiera ausentarse durante unos días.

Daniel miró la carta que había dejado doblada junto a la taza.

Si he desaparecido, no pierdas tiempo intentando entender por qué.

—No había nada de eso.

—¿Su mujer dispone de dinero propio?

—Evidentemente. Tenemos una cuenta conjunta y después cada uno tiene la suya.

—¿Sabe si hizo alguna retirada importante de efectivo recientemente?

La vista de Daniel se desplazó hacia las escaleras. Arriba, dentro de la caja de un teléfono antiguo, había encontrado mil quinientos euros en billetes.

—No lo sé —respondió.

—Es posible que tengamos que revisar determinados movimientos dentro de las diligencias. También hablaremos con personas de su entorno y con sus compañeros de trabajo.

—Hablen con quien tengan que hablar.

—¿Tiene familiares cercanos?

—Sus padres murieron hace años. No tiene hermanos.

—¿Algún amigo o amiga con quien pudiera haberse alojado?

—Tiene amigos, claro, pero no se ha ido unos días a casa de nadie. Si quisiera alejarse de mí por cualquier motivo, podría entender que no me avisara. Pero tenemos una hija. Laura jamás dejaría a Nora toda una noche sin saber dónde está.

Daniel oyó de nuevo el teclado.

—Quiero hacerle una pregunta distinta —dijo Salas—. ¿Qué cree usted que le ha ocurrido?

—Si lo supiera, se lo habría dicho.

—No le estoy preguntando qué sabe. Le pregunto qué piensa.

Daniel observó el café que seguía intacto sobre la mesa.

—No tengo ni idea.

—¿Sospecha de alguien?

—No.

—¿Algún paciente con quien hubiera tenido problemas? ¿Alguien que la hubiera amenazado o acosado?

—No que yo sepa.

—¿Ha encontrado algo en casa que pueda ayudarnos? Una nota, documentación que no conociera, mensajes, preparativos para un viaje... cualquier cosa fuera de lo habitual.

Daniel bajó la mirada hacia la carta.

La policía debía saberlo. Laura había preparado dinero, una llave y unas instrucciones para el caso concreto de que desapareciera. Era difícil imaginar una información más relevante para una investigación.

Leyó una de las líneas manuscritas.

No hables de ella por teléfono.

La instrucción se refería a la llave, pero Daniel no sabía por qué Laura había considerado necesario escribirla.

—No he encontrado nada —respondió.

Salas continuó explicándole los siguientes pasos de la investigación.

Daniel escuchó que revisarían las cámaras, reconstruirían los movimientos de Laura y volverían a ponerse en contacto con él.

Le pidió que mantuviera el teléfono disponible y que avisara inmediatamente si recibía cualquier llamada o mensaje.

—¿Y si vuelve? —preguntó Daniel.

—¿Perdone?

—Laura. Si vuelve a casa.

—Póngase en contacto con nosotros. Si comprobamos que está bien y se trata de una desaparición voluntaria, hablaremos con ella y cerraremos las actuaciones correspondientes.

Daniel desplegó parcialmente la carta.

Si desaparezco y después vuelvo a casa, no me abras la puerta.

—¿Y si cuando vuelve no está bien?

—Si considera que existe un peligro inmediato, no intervenga usted solo y llame al 112.

Daniel dobló otra vez el papel.

—De acuerdo.

La llamada terminó poco después.

—¿Han encontrado el coche? —preguntó Nora.

Daniel se giró.

Su hija estaba en la entrada de la cocina, descalza y todavía con el pijama. Llevaba el pelo recogido de cualquier manera y tenía la marca de la almohada en una mejilla.

—¿Cuánto llevas ahí?

—He oído lo del coche.

—Ven —dijo Daniel señalando una silla.

Nora se sentó frente a él.

—El coche de mamá estaba en el parking —le explicó Daniel—. El mismo que marcaba la ubicación del teléfono.

—¿Y mamá?

—No estaba allí.

—¿Había algo en el coche?

—Dicen que aparentemente está bien. No hay señales de accidente ni nada parecido.

—Entonces salió del coche.

—Eso parece.

—¿Y después?

Daniel negó con la cabeza.

—Están revisando las cámaras.

Nora se quedó mirando la mesa. Daniel guardó la carta en el bolsillo antes de sentarse frente a ella.

—¿La policía cree que mamá se ha ido porque quería? —preguntó ella.

—Tienen que contemplar todas las posibilidades.

—Pero eso es absurdo.

—Para nosotros, que la conocemos, lo es. Ellos tienen que comprobarlo.

—Mamá no se iría sin decirme nada.

—Eso mismo les he dicho.

Nora levantó la vista.

—¿Van a hablar conmigo?

—Probablemente.

—¿Para qué?

—Te preguntarán si habías notado algún cambio, si te había contado algo o si había ocurrido algo raro últimamente.

Nora cogió la taza de Daniel y la hizo girar lentamente entre las manos.

—Ya te dije a ti que no.

—Ya. Pero quizá ellos necesitan que se lo digas directamente.

—Pues no sé qué más quieren que diga.

Daniel recuperó la taza antes de que terminara derramando el café.

—La verdad, Nora. Solo eso.

En el piso de arriba se abrió una puerta. Teresa había acabado quedándose a dormir en la habitación de invitados después de anunciar varias veces que se marcharía en cuanto Nora se acostara. Apareció poco después en la cocina con el cabello revuelto y la rebeca cerrada sobre el pijama.

—¿Hay noticias? —preguntó mientras se acercaba a la mesa.

—Han encontrado el coche —respondió Daniel—. Estaba en el parking, pero Laura no estaba dentro.

Teresa se sentó junto a Nora.

—¿El mismo parking de anoche?

—Sí.

—¿Y saben cómo salió de allí?

—Están mirando las cámaras.

Teresa pasó una mano por la espalda de su nieta.

—La encontrarán, cariño.

—¿Y si no sale en las cámaras? —preguntó Nora.

—Entonces buscarán otra manera de saber qué pasó —contestó Teresa—. Pero la van a encontrar.

Nora apoyó la cabeza en su hombro.

Daniel las observó mientras cogía el teléfono y abría la conversación con Laura. El último mensaje seguía siendo el mismo.

19:43

Salgo ya. ¿Necesitas algo?

Debajo estaba su respuesta.

Que vengas.

Y después el corazón.

Daniel cerró WhatsApp.

—Voy a hacer café —dijo Teresa mientras se levantaba.

—Hay hecho.

—Eso debe de llevar ahí horas.

—¿Cómo sabes que estaba despierto?

—Porque soy tu madre y porque tienes una cara horrible.

Daniel esbozó una sonrisa.

—Gracias, mamá.

—De nada.

Teresa abrió un armario buscando el café.

—El de arriba —le indicó Daniel.

—Ya sé dónde guardáis el café.

—Pues estás abriendo el de los vasos.

—Estoy medio dormida, déjame en paz.

Nora sonrió por primera vez desde que se había levantado.

Fue una sonrisa pequeña, pero durante unos segundos la cocina recuperó algo reconocible. Teresa protestó porque nunca encontraba nada en aquella casa, Daniel le recordó que llevaba dieciséis años visitándolos y Nora acabó levantándose para enseñarle dónde estaba una cafetera que tenía delante.

El teléfono de Daniel permaneció sobre la mesa. No sonó.

Cuando Teresa terminó de preparar el café, Daniel se acercó a la ventana. Desde allí se veía el tramo de calle por el que Laura solía aparecer con el coche al volver del trabajo.

La policía tenía ahora un lugar concreto donde empezar a buscar. Había un vehículo, unas cámaras y una franja horaria de apenas unas horas. Era más de lo que tenían la noche anterior.

Pero Daniel había aprendido también algo que no conseguía apartar de la cabeza. Laura había llegado a menos de diez minutos de casa. A menos de diez minutos de Nora. Y no había vuelto.