CAPÍTULO 3
La denuncia ocupó nueve páginas. Daniel lo supo porque las vio salir una detrás de otra de la impresora mientras el agente repasaba los datos en la pantalla.
Nombre completo, edad, profesión, domicilio, número de teléfono, matrícula del coche, descripción física.
Hasta entonces nunca se había planteado cuántos detalles hacían falta para explicar quién era una persona a alguien que no la conocía.
La ropa había resultado más complicada.
—¿Recuerda qué llevaba puesto cuando salió de casa? —preguntó el agente.
Daniel miró a Nora.
—Una camisa blanca y unos pantalones oscuros, anchos —respondió ella—. También llevaba un abrigo beige en la mano.
El agente introdujo la información.
—¿Algún tatuaje, cicatriz o señal que pueda ayudar a identificarla?
—Tiene una cicatriz pequeña en la rodilla derecha —dijo Daniel—. La operaron del menisco hace años.
—¿Algo más?
Pensó en Laura desnuda. En las pecas de la espalda, en una pequeña mancha junto a la cadera, en las cosas que conocía porque llevaba años acostándose a su lado y que de repente debía decidir si servían para identificarla.
—No.
Eran casi las doce cuando salieron de la comisaría. Durante el tiempo que habían pasado allí, Daniel había llamado seis veces a Laura. En todas había obtenido la misma respuesta.
Teresa insistió en conducir de vuelta después de verlo buscar las llaves en los bolsillos de la chaqueta hasta que Nora le señaló que las tenía en la mano.
Daniel aceptó sin discutir. Se sentó en el asiento del acompañante y pasó buena parte del trayecto observando los coches que circulaban delante de ellos.
La ciudad tenía un aspecto diferente a aquellas horas.
Las persianas de los comercios estaban bajadas y los semáforos cambiaban de color para calles prácticamente vacías.
En algunas terrazas todavía quedaba gente tomando una copa.
Daniel los observaba al pasar y le resultaba extraño que alguien pudiera estar terminando un martes normal.
Reconocía el modelo del coche de Laura antes incluso de distinguir el color. Cada vez que aparecía uno delante, intentaba ver la matrícula.
En uno de los semáforos se incorporó en el asiento.
—Acércate a ese coche —pidió.
—¿Cuál? —preguntó Teresa.
—El negro. El que está dos coches por delante.
El semáforo cambió a verde y Teresa aceleró. Cuando estuvieron suficientemente cerca, Daniel vio la matrícula. Era francesa.
—No es.
Volvió a acomodarse en el asiento.
Nora viajaba detrás, apoyada contra la ventanilla.
—¿La policía irá al parking? —preguntó.
—Sí.
—¿Cuándo?
—No lo sé, Nora.
—Podríamos pasar ahora. Estamos cerca.
Daniel se giró hacia ella.
—Ya hemos hablado de eso.
—Solo quiero mirar si está el coche.
—Y yo quiero que hagamos lo que nos ha pedido la policía.
—Son cinco minutos.
—Nora.
—Papá tiene razón —intervino Teresa—. Si han dicho que no vayáis, será por algo.
Nora apoyó de nuevo la cabeza contra la ventanilla y se puso los auriculares. Daniel alcanzó a ver su reflejo en el cristal. Tenía el móvil entre las manos, pero la pantalla seguía en la página principal.
Cuando llegaron a casa, la cena de Nora continuaba sobre la mesa.
Daniel se había olvidado de ella. Teresa se quitó el abrigo, llevó el plato a la cocina y metió la sartén en el fregadero.
—Déjalo, mamá.
—No me cuesta nada —contestó Teresa mientras abría el grifo.
—Déjalo, por favor.
Ella cerró el agua y lo miró.
—Vale.
Daniel se pasó una mano por el pelo.
—Perdona, no quería...
—No tienes que disculparte conmigo, cariño.
Nora cogió la chaqueta que había dejado sobre una silla antes de marcharse.
—Me voy arriba.
—Llévate el móvil y déjalo con sonido —le pidió Daniel.
—Ya está con sonido.
—Si mamá te escribe o te llama, aunque solo sea un mensaje...
—Te aviso, papá —terminó Nora—. Lo sé.
Subió las escaleras.
Teresa esperó a que desapareciera antes de sentarse frente a Daniel.
—¿Qué te ha dicho la policía?
—Lo mismo que has oído.
—Me refiero a si te han explicado algo más cuando os habéis quedado a solas.
Daniel negó con la cabeza.
—Comprobarán hospitales, accidentes, cámaras si las hay... También buscarán el coche.
—¿Y el teléfono?
—La última ubicación sigue siendo el parking.
Teresa juntó las manos sobre la mesa.
—¿Laura iba allí habitualmente?
—No que yo sepa.
—Puede que hubiera quedado con alguien.
—Me lo habría dicho.
—Quizá fuera por trabajo.
—Laura no queda con pacientes en aparcamientos, mamá.
—No he dicho que quedara con un paciente allí —respondió Teresa—. Puede haber mil explicaciones, Dani. Estoy intentando encontrar alguna que no sea la peor.
Daniel apoyó los codos en la mesa.
Eso era lo que llevaba haciendo desde que Laura no había llegado a cenar. Buscar explicaciones que funcionaban durante unos segundos y se deshacían en cuanto intentaba colocarlas dentro de la vida de su mujer.
Miró el teléfono.
Seguía sin haber mensajes.
—¿Quieres que me quede esta noche? —preguntó Teresa.
—No hace falta.
—Puedo dormir en el sofá.
—Vives a diez minutos.
—Por eso. Mañana me cambio y ya está.
—Mamá, vete a casa. Si ocurre algo, te llamo.
Teresa lo observó con una mezcla de cansancio y preocupación.
—No tienes que encargarte tú solo de todo.
—No estoy intentando hacerme el héroe.
—No he dicho eso.
—Entonces no discutamos ahora.
El móvil vibró sobre la mesa.
Daniel lo cogió antes de que terminara la primera vibración.
Era Clara.
Daniel, he hablado con las demás. Nadie sabe nada. Si necesitas que hagamos algo, dime.
Respondió con un gracias y dejó el teléfono boca arriba.
—¿Era ella? —preguntó Teresa.
—No. Clara.
Su madre se levantó.
—Me quedaré hasta que Nora se duerma. Después me voy.
Daniel aceptó con un gesto.
Tenía menos de un veinte por ciento de batería, así que subió al dormitorio para buscar un cargador. Necesitaba tener el teléfono operativo toda la noche y el suyo llevaba varios días fallando.
Al entrar volvió a ver el pijama de Laura sobre la silla.
No se detuvo. Fue directamente a su mesilla y abrió el cajón donde solía guardar los cables. Encontró unos auriculares, pilas y un cargador antiguo que ya no servía para su teléfono.
Recordó que Laura tenía otro.
Abrió el cajón superior de su mesilla. Tampoco estaba. En el segundo encontró ropa interior y en el tercero un neceser, unas medias todavía dentro del envoltorio y varios sobres de fotografías impresas.
Apartó el neceser para comprobar el fondo.
Había una caja pequeña de cartón.
La reconoció por el logotipo: pertenecía a uno de los teléfonos antiguos de Laura. Pensó que quizá hubiera guardado dentro algún cable, así que la sacó y abrió la tapa.
Dentro había un sobre.
En el frontal aparecía una sola palabra escrita a mano.
DANIEL
Reconoció la letra de Laura.
Se sentó en el borde de la cama con la caja todavía a su lado y abrió el sobre.
Lo primero que encontró fueron varios billetes sujetos con una goma. Los contó.
Mil quinientos euros.
Debajo había una llave plateada, pequeña, sin ninguna etiqueta que indicara qué abría, y dos hojas dobladas por la mitad.
Daniel volvió a mirar el dinero.
—¿Qué coño...?
Cogió las hojas.
La letra también era de Laura. No había fecha ni encabezamiento más allá de su nombre.
Dani:
Si estás leyendo esto porque te he dicho dónde encontrarlo, haz exactamente lo que te explique y no improvises.
Si lo has encontrado por casualidad, vuelve a guardarlo. No quiero que leas esto mientras yo pueda explicártelo.
Separó los ojos del papel.
Durante unos segundos solo escuchó la televisión encendida en el piso de abajo. Teresa debía de haberla puesto para acompañar a la soledad o simplemente para romper el silencio de la casa.
Volvió a leer las dos primeras líneas.
Después buscó el teléfono y llamó a Laura.
La llamada fue directamente al buzón.
Daniel colgó y regresó a la carta.
Si he desaparecido, no pierdas tiempo intentando entender por qué. Coge a Nora y no os quedéis solos en casa. La llave es importante. Guárdala contigo y no se la entregues a nadie.
Daniel abrió la mano.
La llave descansaba sobre su palma. Era demasiado pequeña para una puerta convencional. Podía pertenecer a una taquilla, a una caja, a un candado. No la había visto nunca.
Siguió leyendo.
No hables de ella por teléfono. No envíes fotografías. No preguntes a nadie si sabe qué abre.
Daniel dejó la llave junto al dinero.
Intentó encontrar una explicación capaz de devolver aquellas instrucciones a algún terreno conocido.
Pensó en un paciente conflictivo, en información confidencial, en un problema profesional que Laura hubiera preferido mantener lejos de casa.
Podía imaginar circunstancias en las que alguien escribiera una carta así por precaución.
Lo que no conseguía explicar eran los mil quinientos euros.
Ni que Laura hubiera escondido la carta.
Ni que hubiera desaparecido aquella noche.
Pasó a la segunda hoja.
Había menos texto.
Hay algo más que necesito que recuerdes.
La línea siguiente lo obligó a releer desde el principio.
Si desaparezco y después vuelvo a casa de repente, sin explicación, no me abras la puerta.
Daniel frunció el ceño y acercó ligeramente el papel, convencido de que estaba entendiendo mal.
No era así.
No importa lo que te diga. No importa cómo me veas. No importa si estoy sola.
Debajo solo había cuatro palabras.
No abras la puerta.
Y, separada del resto, una última frase.
Pase lo que pase.
Daniel permaneció sentado en el borde de la cama con la carta entre las manos.
Abajo, Teresa acababa de cambiar de canal. Se oyó durante unos segundos la música de un anuncio y después la voz de Nora, que había salido de su habitación, preguntándole algo que Daniel no alcanzó a entender.
Volvió a mirar la carta.
Laura le estaba diciendo qué debía hacer si regresaba. O, mejor dicho, qué no debía hacer.
Daniel cogió el teléfono y marcó otra vez su número.
De nuevo, el buzón de voz fue quien respondió.