CAPÍTULO 2 #2
Nora siguió pasando fotografías y Daniel comprendió que estaba buscando defectos porque no quería elegir ninguna. Seleccionar una imagen de Laura para entregársela a la policía significaba aceptar que su mujer se había convertido en una persona a la que había que buscar.
—Esta está bien —dijo Nora después de un rato.
Laura aparecía sentada en una terraza con una copa delante. Miraba directamente a cámara y no llegaba a sonreír, aunque parecía estar a punto de hacerlo.
Daniel asintió.
—Esa sí.
—Te la envío.
Su teléfono vibró unos segundos después. Guardó la fotografía y, mientras lo hacía, imaginó otra de las preguntas que seguramente le formularían en comisaría.
—¿Sabes qué llevaba puesto mamá esta mañana?
Nora levantó la mirada.
—¿Tú no?
Daniel intentó visualizarla.
Habían desayunado juntos. Laura había dejado una taza junto al fregadero y le había preguntado si aquella noche prefería pasta o pescado. Antes de marcharse se había acercado para besarlo. La había tenido a veinte centímetros y, sin embargo, era incapaz de recordar qué ropa llevaba.
—Una americana negra —aventuró él.
—Mamá tiene tres americanas negras.
—Pues una de las tres. ¿Qué más da?
—Creo que llevaba el abrigo beige, papá.
—No hacía frío esta mañana.
—No he dicho que lo llevara puesto. Lo llevaba en la mano —aclaró Nora, pensativa—. Y tenía una camisa blanca. Los pantalones oscuros esos anchos que se pone para trabajar.
Daniel asintió.
—Vale.
Su hija siguió mirándolo inquisitivamente.
—¿Qué? —reaccionó Daniel con cierta molestia.
—Nada.
—Me estás mirando, Nora. ¿Qué pasa?
Nora guardó el teléfono en el bolsillo.
—Es que parece que no te acuerdes de nada de mamá.
Daniel apartó la mirada.
—La veo todos los días.
—La ves, pero no la miras.
Daniel estuvo a punto de contestar, pero el timbre del telefonillo los interrumpió.
Los dos se quedaron inmóviles.
Nora reaccionó primero.
—¿Mamá? —preguntó mientras echaba a correr hacia la entrada.
—Espera.
Daniel llegó detrás de ella y activó la pantalla de la cámara exterior.
Una mujer esperaba frente al portal.
Era Teresa.
Daniel dejó escapar el aire y solo entonces fue consciente de que lo había estado conteniendo.
—Es la abuela —dijo Nora.
—Ya.
Ella continuó mirando la pantalla.
—Pensaba que...
—Yo también.
Ninguno terminó la frase.
Nora abrió el portal y Daniel calculó que Teresa tardaría un par de minutos en subir. Fue a la cocina, cogió una botella de agua de la nevera y, cuando cerró la puerta, encontró a su hija todavía junto al telefonillo.
Había algo que llevaba un rato molestándolo.
—Antes me has dicho que no habías hablado con mamá.
—No he hablado con ella.
—No me refiero a lo del vídeo de esta tarde. Me refiero a estos últimos días.
Nora se giró hacia él.
—¿Qué pasa con estos días?
Daniel dejó la botella sobre la encimera.
No sabía exactamente por qué había hecho aquella pregunta.
Quizá porque la operadora le había pedido una razón concreta para preocuparse y él no había sabido proporcionársela.
Necesitaba encontrar un cambio, una anomalía anterior a aquella noche, cualquier cosa que hiciera que la desaparición de Laura tuviera algún sentido.
—¿La habías notado rara últimamente?
—¿Rara cómo?
—Preocupada, nerviosa... más callada de lo habitual. No sé.
Nora tardó un poco más de lo necesario en responder.
Daniel lo percibió, aunque no le dio importancia.
—No —acabó contestando ella.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿No te había contado nada?
—No.
—¿Ningún problema en el trabajo, con alguna paciente o con alguien que la estuviera molestando?
—Que no, papá.
En algún lugar, en el exterior, se escucharon pasos acercándose.
Daniel no apartó la mirada de su hija.
—Si sabes algo, aunque te parezca una tontería, tienes que decírmelo.
—No sé nada.
—Nora...
—He dicho que no.
Teresa apareció casi corriendo, todavía con el abrigo mal abrochado, y abrazó a su nieta antes siquiera de terminar de entrar en casa.
—¿Sabéis algo? —preguntó sin soltarla.
—No —respondió Daniel.
Teresa se volvió hacia él.
—¿Nada de nada?
Daniel negó con la cabeza.
Su madre se acercó y lo abrazó también. Olía al mismo perfume que llevaba desde que él era pequeño, un olor tan conocido que durante un instante Daniel tuvo la absurda sensación de que bastaba con quedarse allí para que alguien más se hiciera cargo de todo.
Teresa le sujetó la nuca.
—Va a aparecer —le dijo al oído—. Ya verás como va a aparecer.
Daniel asintió.
Cuando se separaron, vio a Nora detrás de ella. Su hija había vuelto a coger el teléfono, aunque no estaba escribiendo ni mirando ninguna conversación. Se limitaba a contemplar la pantalla apagada.
—Vamos —dijo Daniel—. Tenemos que denunciarlo.
Teresa miró inmediatamente a Nora.
—Tú te quedas conmigo.
—Quiero ir.
—No hace falta que vayas a una comisaría —insistió Teresa.
—Es mi madre.
—Mejor que esperemos aquí por si aparece.
Nora negó con la cabeza.
—Mamá querría que me quedara con papá.
Teresa buscó la mirada de Daniel, esperando que interviniera.
—Que venga —decidió él.
Nora cogió la chaqueta del respaldo de una silla y salió al rellano antes que los demás.
Mientras Teresa comprobaba que llevaba las llaves y cerraba la puerta, Daniel volvió a mirar a su hija.
La pregunta seguía rondándole la cabeza.
¿La habías notado rara?
Nora había dicho que no. Daniel la creyó. No tenía ningún motivo para hacer otra cosa.