CAPÍTULO 2
—¿Cree que su mujer puede encontrarse en peligro?
Daniel miró a Nora. Seguía a su lado, lo bastante cerca para escuchar la conversación, con los brazos cruzados sobre el pecho y la atención puesta en cada palabra que salía del teléfono.
—No lo sé —respondió.
—Necesito que me explique qué ha ocurrido.
Daniel respiró hondo y empezó desde el principio.
Le contó que Laura había salido del trabajo poco después de las siete, que a las siete y cuarenta y tres le había escrito para decirle que volvía a casa y que, casi tres horas después, seguían sin saber dónde estaba.
Explicó también que su teléfono permanecía desconectado desde las ocho y tres y que la última ubicación conocida correspondía a un aparcamiento situado a menos de diez minutos de allí.
Mientras hablaba, se dio cuenta de que los hechos parecían diferentes al escucharse a sí mismo enumerarlos.
Hasta ese momento, habían sido pequeñas anomalías separadas, cada una con una explicación posible: una avería, una batería agotada, un imprevisto que se había complicado.
Puestas una detrás de otra y contadas a una desconocida, empezaban a dibujar algo mucho más difícil de justificar.
—¿Ha intentado ponerse en contacto con ella? —preguntó la operadora.
—Llevo intentándolo más de una hora.
—¿Y con familiares o amigos?
—Con una compañera del trabajo. Es la última persona que sabemos que la vio.
—¿A qué hora?
—Sobre las siete.
Daniel escuchó el sonido de un teclado al otro lado de la línea.
—¿Su mujer tiene algún problema de salud?
—No.
—¿Toma alguna medicación?
—No habitualmente.
—¿Tiene antecedentes psiquiátricos?
La pregunta lo incomodó de una manera que no supo explicar.
—Es psicóloga.
Hubo un pequeño silencio.
—Le pregunto si tiene antecedentes psiquiátricos, señor.
—Ninguno.
—¿Ha manifestado alguna vez ideas de hacerse daño?
—Nunca.
—¿Han discutido recientemente?
Daniel volvió a mirar a Nora.
—No.
—¿Está seguro?
—Sí, estoy seguro.
Nora se apartó entonces y regresó al sofá. Daniel esperó a que estuviera lo suficientemente lejos antes de caminar hacia la cocina. No quería que su hija tuviera que escuchar cómo una desconocida repasaba todas las razones por las que su madre podía haber decidido desaparecer.
—¿Existe alguna posibilidad de que se haya marchado voluntariamente?
—No —respondió Daniel con tanta rapidez que incluso él mismo lo notó.
—Entiendo.
—No, perdone. No creo que lo entienda. Mi mujer no se ha marchado voluntariamente.
—No estoy afirmando que lo haya hecho. Necesito valorar todas las posibilidades.
Daniel apoyó una mano sobre la encimera y miró la cocina.
La sartén continuaba junto a los fogones, los platos seguían sobre la mesa y había un vaso de Laura preparado en el lugar donde debería haber cenado.
Hacía poco más de una hora le había molestado que la comida se enfriara.
Ahora aquella preocupación le parecía casi ofensiva.
—Tenemos una hija de quince años —dijo bajando la voz—. Laura puede enfadarse conmigo, puede necesitar estar sola o puede hacer lo que le dé la gana, pero no desaparecería sin decirle nada a Nora.
La operadora permaneció unos instantes en silencio antes de continuar.
—¿Me ha dicho que dispone de una última ubicación del teléfono?
—Sí. Es un aparcamiento cercano.
—No se desplace hasta allí por su cuenta. Voy a indicarle cómo proceder. Al tratarse de una persona adulta desaparecida no es necesario esperar veinticuatro horas para comunicarlo. Si considera que la desaparición es anómala, puede denunciarla desde este momento.
—¿Van a buscarla?
—Lo primero es formalizar la desaparición y facilitar toda la información disponible. Si existen motivos para considerar que hay una situación de riesgo, se activarán las actuaciones correspondientes.
Daniel miró hacia el salón. Nora estaba sentada en el extremo del sofá, sin televisión y sin tocar el teléfono.
—¿Y mientras tanto qué hago? —preguntó él.
La duda se le escapó antes de pensarla. No era una pregunta que esperara hacer aquella noche y mucho menos a una mujer cuyo nombre ni siquiera conocía.
—Si tiene alguna razón concreta para creer que su mujer se encuentra en peligro inmediato, necesito que me la diga ahora.
Daniel abrió la boca, pero no encontró nada.
Ese era el problema.
Laura no le había contado que alguien la siguiera.
No había mencionado amenazas ni problemas extraños en la consulta.
No tenía enemigos que él conociera, no estaba enferma y aquella mañana no había salido de casa llorando ni después de una discusión.
Le había preguntado qué quería cenar y se había despedido de él con un beso.
Simplemente no estaba.
—No —admitió finalmente—. No tengo ninguna razón concreta.
—Entonces siga intentando localizarla y contacte con las personas que puedan haber hablado con ella durante el día. Y formalice la denuncia cuanto antes.
Daniel dio las gracias y colgó. Permaneció unos segundos en la cocina con el teléfono en la mano, sin saber muy bien qué esperaba que ocurriera ahora.
—¿Qué han dicho? —preguntó Nora desde el salón.
—Que tenemos que denunciar la desaparición —respondió Daniel mientras regresaba junto a ella.
Nora tardó unos segundos en reaccionar.
—¿A la policía?
—Sí. Voy a vestirme y salimos.
—¿Y el parking?
Daniel sabía que aquella pregunta iba a llegar.
—Me han dicho que no vaya.
—¿Y les vas a hacer caso? —preguntó Nora, incorporándose.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque no sé qué voy a encontrar allí.
Se arrepintió de decirlo en cuanto vio cambiar la expresión de su hija.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Nada. Solo quiero decir que puede no haber absolutamente nada y que es mejor que lo compruebe la policía.
—Pero el móvil de mamá está allí.
—El móvil de mamá estuvo allí a las ocho y tres.
—Pues vamos a mirar.
—No.
—Está a diez minutos.
—Nora, no vamos a ir.
La chica se levantó del sofá.
—¿Y si está allí?
—Pues lo encontrará la policía.
—¿Y si está mamá?
Daniel notó una presión desagradable bajo el esternón. No quería imaginar ninguna de las respuestas posibles a aquella pregunta.
—Basta, Nora. Por favor.
Ella lo sostuvo con la mirada.
Tenía los ojos de Laura.
Daniel llevaba quince años escuchando que Nora se parecía a él.
Lo decía Teresa, la madre de Daniel, lo decían sus amigos y lo habían dicho incluso algunas enfermeras cuando nació.
La misma forma de la cara, la nariz pequeña de los Vega y hasta una manera parecida de caminar cuando estaban cansados.
Los ojos, sin embargo, eran de Laura. No tanto por el color como por aquella forma de quedarse inmóviles cuando el resto de la cara ya había empezado a discutir.
—Si mamá estuviera en ese parking, habría vuelto —dijo Nora finalmente resignada.
Daniel no encontró nada que pudiera responderle.
—Voy a cambiarme.
Subió las escaleras antes de que ella pudiera continuar.
Al entrar en el dormitorio encendió la luz y se quedó unos segundos junto a la puerta.
La cama estaba hecha. Laura la hacía siempre al levantarse, incluso cuando llegaban tarde, mientras Daniel llevaba años explicándole que no encontraba demasiado sentido a ordenar unas sábanas que iban a volver a deshacer esa misma noche.
Abrió el armario.
Toda su ropa estaba allí.
No sabía por qué había esperado encontrar otra cosa.
Sacó unos vaqueros y una sudadera y los dejó sobre la cama.
Antes de cambiarse, se acercó casi sin pensarlo a la mesilla de Laura.
Allí estaban las gafas que utilizaba para leer, una crema de manos, dos libros empezados y el cargador del reloj.
Abrió el primer cajón y encontró pañuelos, un bolígrafo, ibuprofeno y una caja de preservativos que probablemente llevaba allí más tiempo del que cualquiera de los dos estaría dispuesto a reconocer.
Lo cerró enseguida.
Aquello era ridículo.
No estaba buscando nada porque todavía no había nada que buscar.
Laura volvería. Podía hacerlo en cualquier momento.
Entraría por la puerta, los encontraría preparándose para ir a una comisaría y preguntaría qué demonios estaban haciendo.
Después explicaría que había perdido el teléfono y que el coche no arrancaba, que alguien se había puesto enfermo o que había sucedido cualquier imprevisto capaz de convertir las últimas horas en una historia que acabarían contando durante años.
Daniel empezó a quitarse la camiseta y entonces vio el pijama de Laura doblado sobre una silla.
Lo había dejado preparado por la mañana.
Se quedó mirándolo durante varios segundos, quizá demasiados.
—Papá —dijo Nora desde la puerta.
Daniel se giró.
—¿Qué?
—La abuela dice que viene.
—¿La has llamado?
—Sí.
—Te he dicho que íbamos a la policía.
—Ya lo sé. Y yo le he dicho que mamá no aparece.
Daniel cerró los ojos un instante. No estaba enfadado con ella, pero todo empezaba a ocurrir demasiado deprisa.
—¿Qué te ha dicho?
—Pues eso, que viene.
—No hacía falta.
—Pues díselo tú —respondió Nora mientras dejaba el teléfono sobre la cama.
Daniel se puso la sudadera.
—¿Estás llorando? —preguntó ella.
—No.
—Tienes los ojos rojos.
—Me los he frotado.
Nora lo observó unos segundos. No pareció creerlo, pero tuvo la delicadeza de no insistir.
Daniel cogió la cartera de la cómoda.
—Necesito una foto reciente de mamá.
—¿Para qué?
—Para la denuncia.
Aquella palabra produjo un efecto inmediato. Nora bajó la mirada, cogió el teléfono y lo desbloqueó.
—Tengo muchas.
—Busca una en la que se le vea bien.
Bajaron las escaleras mientras Nora recorría la galería de imágenes.
—Esta —dijo al llegar al comedor, enseñándole una fotografía.
Laura estaba en la playa, durante el verano anterior, con el pelo recogido y unas gafas de sol sobre la cabeza. Sonreía directamente a cámara.
—Busca otra.
—¿Qué le pasa a esta?
—Nada. Prefiero una sin gafas.
—Pero si no las lleva puestas.
—Ya lo sé.