No abras la puerta
© inepub.com
CAPÍTULO 1
A las nueve y cuarto, Daniel dejó de estar enfadado.
Hasta entonces había sido solo eso: enfado.
Un enfado doméstico, pequeño, de los que no sobreviven a una disculpa ni merecen una discusión al día siguiente.
La cena llevaba casi cuarenta minutos sobre la mesa y la salsa se había espesado alrededor de los bordes de la sartén.
Había preparado pasta porque Laura le había dicho por la mañana que llegaría con hambre.
Nada especial: tomate, verduras, un poco de parmesano y una botella de vino que finalmente no había abierto.
Un martes cualquiera.
—Guarda el móvil, Nora —dijo mientras se servía un poco más de pasta, aunque la primera ración seguía prácticamente intacta.
—No lo estoy mirando.
—Lo tienes delante de la cara.
Nora bajó el teléfono hasta dejarlo apoyado contra el vaso.
—Técnicamente ya no.
Daniel tuvo que contener una sonrisa.
—Boca abajo. Ya.
La chica resopló, pero obedeció.
—¿Dónde está mamá? —preguntó después de dejar el móvil sobre la mesa.
Daniel cogió el suyo por cuarta vez en menos de diez minutos.
—Trabajando.
—Ha dicho que llegaba a las ocho y media.
—Y tú has dicho esta mañana que hoy salías del instituto a las cuatro.
—He salido a las cuatro y diez.
—Pues eso.
Nora sonrió. Daniel también, aunque la sonrisa le duró bastante menos.
Había días en que Laura se entretenía en la consulta.
Una paciente que necesitaba cinco minutos más, un informe urgente, alguien que llegaba tarde y suplicaba que la atendiera.
Ser psicóloga significaba, entre otras cosas, que su horario tenía la elasticidad de los problemas de los demás.
Daniel estaba acostumbrado. Lo que no era habitual era que no avisara.
Abrió WhatsApp.
El último mensaje seguía allí.
19:43
Salgo ya. ¿Necesitas algo?
Él había contestado:
Que vengas.
Laura había reaccionado con un corazón.
Nada después.
Daniel pulsó sobre su nombre y se llevó el teléfono al oído, procurando que el gesto pareciera casual. La llamada dio varios tonos antes de desviarse al buzón de voz.
—¿No contesta? —preguntó Nora.
—Estará conduciendo.
—¿Desde hace una hora?
—A lo mejor se ha parado en algún sitio.
—¿Dónde?
—No lo sé, Nora. No me agobies.
La respuesta le salió más seca de lo que pretendía. Su hija bajó la mirada hacia el plato y empezó a enrollar pasta alrededor del tenedor sin llegar a llevársela a la boca.
—Perdona —añadió Daniel.
—Tranqui.
Se levantó con el plato vacío que había preparado para Laura y llevó la sartén a la cocina. Desde allí todavía podía ver parte del comedor. Nora había vuelto a girar el teléfono y la pantalla acababa de iluminarse sobre la mesa.
—He dicho que lo guardaras.
—Es Irene.
—Me da exactamente igual si es Irene o el papa.
—El papa no tiene mi número.
Daniel se giró hacia ella.
Nora sostuvo la expresión durante un par de segundos antes de sonreír.
—Era una broma, papá.
—Buenísima. Guarda el móvil. Último aviso.
Abrió la nevera y se quedó mirando el interior sin saber muy bien qué buscaba. Había medio limón, un táper con arroz del día anterior, yogures, una botella de leche y dos cervezas. Nada de aquello explicaba por qué había abierto la puerta.
La cerró y volvió a llamar a Laura.
Esta vez la llamada entró directamente en el buzón de voz.
Daniel separó lentamente el teléfono de la oreja y miró la pantalla. Esperó unos segundos antes de probar otra vez, con idéntico resultado.
Fue entonces cuando sintió la primera punzada de inquietud.
Era una molestia difícil de situar, la sensación de que alguna pieza diminuta de aquella noche no estaba encajando donde debía. Una mezcla de miedo y preocupación difícil de catalogar.
Regresó al comedor.
—¿Te ha dicho mamá algo esta tarde?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿No habéis hablado?
—Me ha mandado un TikTok —respondió Nora, cogiendo de nuevo el teléfono.
—¿A qué hora?
La chica abrió la conversación con su madre.
—A las cinco y diecisiete.
Daniel extendió la mano.
—Déjame verlo.
—¿Para qué?
—Va, Nora.
Ella se lo entregó sin discutir.
Era un vídeo de un perro que se negaba a entrar en una bañera mientras su dueño intentaba arrastrarlo por el suelo. Laura había escrito debajo:
Literalmente tú cada lunes por la mañana.
Daniel le devolvió el teléfono.
—¿Qué pasa? —preguntó Nora.
—Nada.
—Estás raro.
—No estoy raro.
—Sí lo estás.
Daniel volvió a sentarse e intentó comer. La pasta estaba fría y la salsa se había convertido en una masa espesa que apenas tenía el sabor que recordaba de veinte minutos antes. Masticó un par de veces y dejó el tenedor.
A las nueve y treinta y dos llamó otra vez.
Buzón.
Abrió entonces la aplicación de ubicación familiar.
Laura llevaba años protestando por aquello.
Decía que convertir a la pareja en un sistema de geolocalización permanente era una forma bastante sofisticada de dejar de confiar el uno en el otro.
Daniel defendía que servía para saber cuándo poner el agua de la pasta a hervir.
Al final, habían terminado utilizándola sobre todo con Nora, especialmente desde que empezó a moverse sola por la ciudad.
Buscó a Laura.
La aplicación tardó unos segundos en responder.
Ubicación no disponible.
Actualizó.
El mensaje permaneció en pantalla.
—¿Tienes batería? —preguntó Daniel.
Nora levantó la cabeza.
—¿Qué?
—En el móvil.
—Treinta y ocho por ciento. ¿Por qué?
—Por nada. Tu madre lleva el cargador en el coche, ¿verdad?
—Creo que sí.
Daniel sabía que sí.
De hecho, llevaba dos. Uno dentro del bolso y otro permanentemente conectado en el coche porque Laura tenía la extraordinaria capacidad de empezar el día con la batería cargada y llegar a la hora de comer con un seis por ciento.
Miró el reloj.
Las nueve y cuarenta.
Buscó el número de la consulta y llamó. Nadie respondió. Probó con el teléfono general del centro y una grabación automática le recordó que el horario de atención terminaba a las ocho de la tarde.
Colgó.
—Voy a llamarla yo —dijo Nora.
—Ya la he llamado yo varias veces.
—Igual a mí me lo coge.
Daniel estuvo a punto de decirle que eso era absurdo, pero se contuvo.
—Prueba.
Nora marcó y se llevó el teléfono al oído. Durante unos segundos no ocurrió nada. Después apartó el móvil.
—Buzón.
Daniel asintió.
Aquella palabra empezaba a molestarle.
Buscó entre sus contactos a alguien de la consulta. Laura le había presentado a varias compañeras, aunque apenas recordaba sus nombres. Clara. Había una Clara con la que se llevaba especialmente bien.
No tenía su teléfono.
Entró en Instagram, buscó el perfil de la clínica y empezó a revisar seguidores hasta encontrar una cara conocida.
Clara Fernández.
Perfil privado.
Podía enviarle un mensaje, pero probablemente acabaría perdido durante horas entre las solicitudes de desconocidos. Entonces recordó una cena de Navidad a la que había acompañado a Laura dos años atrás. Buscó entre sus conversaciones antiguas de WhatsApp hasta encontrar el grupo.
Cena Navidad consulta
Había cuarenta y siete participantes.
Localizó a Clara.
Escribió:
Hola, Clara. Soy Daniel, el marido de Laura. Perdona que te moleste. ¿Sabes a qué hora ha salido hoy?
Se quedó mirando el mensaje antes de enviarlo.
Sonaba peor de lo que quería. Como si ya estuviera pasando algo.
Estuvo a punto de borrarlo y escribir simplemente ¿Laura sigue por ahí? , pero aquello tampoco tenía sentido. Si Clara estaba en casa, no podía saberlo.
Lo envió.
A las nueve y cincuenta y tres aparecieron los dos tics azules.
Daniel dejó el móvil sobre la mesa y esperó.
Clara está escribiendo...
El aviso desapareció.
Volvió a aparecer.
La respuesta llegó unos segundos después.
Hola, Daniel. Ha salido a su hora. Poco después de las siete.
La preocupación asomó en el rostro de Daniel.
¿Seguro?
Clara respondió al momento.
Sí. Hemos bajado juntas. Yo me he quedado hablando con una paciente en la puerta y Laura se ha ido hacia el parking.
Daniel volvió a leerlo.
Después abrió la conversación con Laura.
19:43
Salgo ya. ¿Necesitas algo?
Había casi tres cuartos de hora entre ambas cosas.
—¿Qué dice? —preguntó Nora.
—Que ha salido del trabajo.
—¿A qué hora?
Daniel tardó un instante en responder.
—Sobre las siete.
Nora miró el reloj de la pared.
—Pero te ha escrito a las ocho menos cuarto.
Daniel levantó la vista hacia ella.
Su hija tenía razón.
Volvió a escribir a Clara.
¿Se ha ido en coche?
Sí.
¿La has visto subir?
Esta vez la respuesta tardó algo más.
No. La he visto ir hacia el parking.
Daniel bloqueó el teléfono y lo dejó junto al plato.
—¿Qué pasa? —insistió Nora.
—Nada.
—Papá.
—He dicho que nada.
—Mamá lleva casi tres horas fuera —dijo ella, y esta vez no había reproche en su voz—. Entonces no es nada.
Daniel se pasó una mano por la cara.
—Voy a dar una vuelta.
Nora apartó la silla.
—Voy contigo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no tiene sentido que vengas.
—¿Y qué sentido tiene que vayas tú?
Daniel abrió la boca, pero no encontró una respuesta.
La pregunta era razonable.
¿Dónde pensaba buscarla? ¿En la carretera? ¿En el aparcamiento de la consulta? ¿Recorrer todos los semáforos que separaban su trabajo de casa esperando encontrar el coche detenido en alguno?
Cogió las llaves.
—Quédate aquí.
—No quiero quedarme sola, papá.
Eso sí consiguió detenerlo.
Nora tenía quince años. Había llegado por sorpresa cuando Daniel y Laura apenas llevaban unos meses juntos, un embarazo que ninguno de los dos había planeado.
Siempre había sido especialmente avispada e independiente.
Llevaba meses intentando convencerlos de que podía quedarse sola en casa hasta tarde.
La semana anterior habían discutido porque Daniel se había negado a permitir que pasara una noche entera sin adultos en casa de una amiga.
Pero ahora no quería quedarse sola.
—¿Llamo a la abuela? —propuso Daniel.
—No hace falta.
—Entonces nos quedamos los dos.
Nora cruzó los brazos y lo miró durante unos segundos.
—¿Estás preocupado, papá?
Daniel bajó la vista hacia las llaves que aún tenía en la mano.
—No.
Su hija no contestó.
Él tampoco añadió nada.
A las diez y seis minutos empezó a llamar a hospitales.
En el primero le explicaron que no podían facilitar información sobre pacientes por teléfono. En el segundo, después de insistir y explicar la situación, una mujer le pidió el nombre completo de Laura y le hizo esperar.
Daniel caminó hasta la ventana mientras escuchaba la música de espera. Desde allí podía ver la calle y parte del aparcamiento frente al edificio. Cada vez que aparecían unos faros al final de la esquina sentía el impulso de acercarse al cristal.
—No consta ninguna persona ingresada con esos datos —dijo finalmente la mujer.
—¿Seguro?
—No consta nadie con ese nombre.
—Gracias.
Colgó.
El alivio que sintió fue inmediato y absurdo. Que Laura no estuviera ingresada allí no significaba que estuviera bien. Solo significaba que no estaba en aquel hospital.
Probó con otro.
Tampoco.
Después llamó a emergencias y preguntó si se había producido algún accidente grave durante la tarde en la carretera que Laura utilizaba habitualmente.
Le explicaron que no podían proporcionarle información de aquella manera y le recomendaron que, si temía por la seguridad de una persona desaparecida, contactara con la policía.
Cuando colgó, Nora seguía sentada en el sofá. Ya no tenía la televisión puesta ni miraba el teléfono. Se abrazaba las rodillas mientras observaba la oscuridad detrás de la ventana.
—Mamá nunca hace esto —dijo sin mirarlo.
Daniel se apoyó contra la pared.
Podía continuar fingiendo que no ocurría nada. Decirle que seguramente aparecería en diez minutos con alguna explicación ridícula, que se había quedado sin batería, que había pinchado una rueda o que se había encontrado con alguien y había perdido la noción del tiempo.
Pero ninguna de aquellas explicaciones se parecía a Laura.
—Lo sé.
Era la primera vez que lo admitía.
Abrió de nuevo WhatsApp.
Laura, llámame en cuanto veas esto.
Envió.
Esperó unos segundos.
Me estoy preocupando.
Volvió a enviar.
Luego escribió una tercera frase.
No estoy enfadado. Solo dime que estás bien.
Daniel se quedó observando los mensajes.
Había algo distinto.
Algo que llevaba casi una hora delante de él y que hasta ese momento no había visto.
Los tres tenían un único tic.
Revisó los anteriores.
El de las nueve y cuarto: uno.
El de las nueve y treinta y seis: uno.
El de las nueve y cincuenta: uno.
Laura no estaba ignorando las llamadas.
Su teléfono no estaba simplemente en silencio.
Estaba desconectado.
Daniel volvió a marcar.
La grabación del buzón de voz comenzó de inmediato, sin que llegara a escuchar un solo tono.
Dejó el móvil sobre la mesa.
—Papá.
Levantó la cabeza.
Nora ya no intentaba disimular el miedo.
—¿Llamamos a la policía?
Daniel miró el reloj.
22:21.
Todavía podía encontrar explicaciones. Laura era una mujer adulta.
Podía haberse quedado sin batería, perder el teléfono, tener una avería, necesitar estar sola por algún motivo que él desconocía.
Incluso podía estar enfadada con él, aunque aquella mañana se hubieran despedido con un beso y el último mensaje que le había enviado terminara con un corazón.
Todas aquellas posibilidades seguían existiendo.
Pero ninguna explicaba por qué Laura no había llamado a su hija.
Daniel cogió el teléfono.
Antes de marcar, abrió una última vez la aplicación de ubicación y actualizó.
El círculo giró sobre la pantalla durante varios segundos.
Esta vez apareció algo diferente.
Dispositivo desconectado.
Debajo había una segunda línea.
Última conexión: 20:03.
Daniel amplió el mapa.
—¿Qué significa? —preguntó Nora, acercándose.
Él no respondió.
La última ubicación de Laura no estaba en la carretera de vuelta a casa.
Tampoco estaba en la consulta.
El punto azul aparecía en un lugar que Daniel conocía perfectamente: un aparcamiento situado a menos de diez minutos de casa.
Laura había estado allí a las ocho y tres.
Desde entonces, su teléfono no había vuelto a conectarse.
Daniel marcó el 112.
Esta vez no preguntó por ningún accidente.
—Mi mujer ha desaparecido.