Capítulo 11
Inés se despertó el martes con esa línea en la cabeza, como se despierta uno con una canción.
Se duchó, se vistió y se tomó el café de pie junto a la ventana del patio. Enfrente, en el cuarto A, la persiana estaba subida y la cortina descorrida. Se veía una parte de una cocina: una nevera blanca con imanes, una cafetera eléctrica, la esquina de una mesa con papeles.
A las nueve y diez subió.
Sacó el móvil, abrió el hilo del número desconocido y dejó el pulgar sobre el icono de llamada. Con la otra mano, llamó al timbre.
Pasos dentro. Un cerrojo.
En el momento en que la puerta empezó a abrirse, Inés pulsó.
Sara apareció en el umbral con una sudadera gris, el pelo recogido de cualquier manera con una pinza y una taza en la mano. Iba a decir algo. No llegó a decirlo.
Detrás de ella, sobre un mueble estrecho de la entrada, junto a un cuenco con llaves y un montón de cartas, un móvil pequeño, negro, de los baratos con teclas, empezó a vibrar con un zumbido de abejorro contra la madera. La pantalla diminuta se encendió con una luz verde.
Las dos se quedaron quietas, mirándolo.
El teléfono vibró cuatro veces más. Luego saltó el buzón de voz, y en la oreja de Inés sonó la voz grabada, sin nombre: Deja tu mensaje después de la señal . La misma voz, entendió ahora, que podía ser la de cualquier operadora de prepago.
Colgó.
Sara cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió no parecía avergonzada, sino cansada.
—Vale —dijo—. Pasa.
El piso era la imagen invertida del de su madre, con el pasillo a la izquierda en lugar de a la derecha, y estaba casi vacío.
Un sofá de tela gris que parecía del propietario, una alfombra de yute, una estantería de pino con pocos libros y muchas carpetas de archivo.
En la mesa del salón, que daba a la calle, había un ordenador portátil abierto, una impresora pequeña y tres cajas de cartón de las de archivo definitivo, con etiquetas escritas a mano que Inés no alcanzó a leer.
Todo estaba ordenado. No había ningún corcho con fotos unidas por hilos rojos ni ninguna pared empapelada de recortes.
Había, más bien, la mesa de alguien que trabaja con papeles y sabe que se pierden si no se cuidan.
En una balda de la estantería, entre dos carpetas, había una foto enmarcada de dos chicas en una playa, con el sol de cara, entornando los ojos. Inés no se detuvo a mirarla.
—¿Quieres café?
—No.
Sara dejó su taza en la mesa, cerró el portátil y se quedó de pie junto a la ventana, de espaldas a la luz.
—Fui yo —dijo—. El viernes y el sábado. Los tres mensajes.
—Ya lo sé.
—Ya. —Sara se cruzó de brazos—. ¿Desde cuándo?
—Desde hace diez segundos. Desde el sábado, lo sospechaba. —Inés seguía de pie en la entrada del salón—. Me dijiste que no me habías escrito nunca.
—Te dije que nunca había usado el número que me dio tu madre. Es verdad. Ese teléfono —señaló con la barbilla hacia el recibidor— lo uso para otras cosas.
—¿Para qué cosas?
—Para hablar con gente que no quiere que su número aparezca en mi móvil. Fuentes. Gente que tiene miedo. —Sara hizo una pausa—. Y para escribirle a una vecina a medianoche sin que el que está en su puerta sepa quién le avisa.
Inés notó que le temblaba la mandíbula. No era miedo. Era rabia, una rabia que llevaba cuatro días acumulándose sin saber dónde ponerla.
—¿Cómo sabías que tenía una llave?
—Porque le vi usarla.
Sara lo dijo sin bajar la mirada.
—El dieciséis de octubre. Un jueves. Volvía de la compra a eso de las seis y media, subiendo por la escalera porque el ascensor estaba ocupado.
Cuando llegué al tramo entre el tercero y el cuarto oí unas llaves en tu rellano.
Me paré. Desde ahí se ve tu puerta entera, por el hueco de la escalera, sin que te vean a ti si no levantan la cabeza.
—Hizo una pausa—. Era Roberto. Abrió con una llave, entró y cerró por dentro.
—¿Y tú qué hiciste?
—Me quedé allí sentada, en un escalón, con las bolsas.
Veinte minutos. Veintidós, en realidad. Lo miré en el móvil.
—Sara se pasó una mano por la nuca—. Cuando salió llevaba debajo del brazo una caja de cartón azul, de las de archivo, con esquinas de metal.
Y una bolsa de plástico en la otra mano.
Cerró con llave, miró hacia abajo, hacia el portal, y bajó.
Inés tuvo que apoyarse en el marco de la puerta.
—La caja azul.
—¿Era de tu madre?
—Ponía Casa . Estaban las escrituras.
Sara guardó silencio.
—Viste a un hombre entrar en casa de mi madre muerta con una llave y salir con sus papeles —dijo Inés, despacio—. Y no se lo dijiste a nadie.
—Se lo dije a alguien.
—¿A quién?
—A una abogada. —Sara se apartó de la ventana y se sentó en el brazo del sofá—.
Una abogada que conozco desde hace años.
Me dijo lo que yo ya sabía: que era la palabra de una vecina de alquiler contra la del presidente de la comunidad, que tenía una llave dada por la propia dueña para emergencias.
Que él diría que había entrado a comprobar algo, a cerrar el agua, a lo que fuera.
Que la caja podía ser cualquier cosa. Y que si yo iba a la policía con eso, lo único que conseguiría sería que Roberto supiera que lo estaba mirando.
—¿Y a mí? ¿No se te ocurrió decírmelo a mí?
—No te conocía.
—Tenías mi número desde junio.
—Tenía el número de la hija de Pilar, que vivía en Valencia, que no había venido más que tres fines de semana en todo el verano y que, por lo que yo sabía, iba a vender el piso a la primera oferta.
—Sara lo dijo sin crueldad, con la misma voz plana del sábado—.
No sabía quién eras. No sabía qué sabías.
No sabía si tu madre te había contado algo y tú estabas de su parte.
—¿De su parte en qué?
Sara no contestó.
Inés la miró. Estaba sentada en el brazo del sofá con los hombros un poco caídos, las manos entre las rodillas. Ahora no parecía una persona que lo controla todo. Parecía alguien que lleva mucho tiempo sin dormir bien.
—El viernes por la noche —dijo Inés—. ¿Cómo supiste que estaban en mi puerta?
—No duermo bien en noviembre. —Sara se miró las manos—.
Estaba despierta. Oí el ascensor parar en el tercero, que a esas horas no para nunca.
Luego voces. Salí al rellano sin encender la luz y me asomé por el hueco.
Vi a Roberto y a un chaval con una caja de herramientas roja.
Le oí decir lo del gas. —Levantó la vista—.
Y pensé en la caja azul. Y en que tú estabas sola ahí dentro y él tenía una llave.
—Y me escribiste.
—Te escribí. Con ese teléfono, para que si un día Roberto veía el mensaje no supiera de quién era. Y luego me quedé en la escalera hasta que se fueron.
—¿La tarjeta del felpudo?
—La dejó el chaval, al irse. Roberto le dijo algo y él la sacó de la cartera. —Sara frunció el ceño—. No sé qué pone.
— Revisiones de gas . Un móvil. Nada más.
—Típico.
—¿Y el bien hecho ?
—Oí el taladro del cerrajero el sábado. Y luego subí por la escalera y le vi desmontar el bombín. —Hizo un gesto vago—. Y vi a Roberto en el rellano, con su carpeta, poniendo cara de que no le importaba.
— Todavía no. —Inés dio un paso dentro del salón—. Te pregunté por qué no me lo decías a la cara y me contestaste todavía no .
—Porque todavía no sabía si podía fiarme de ti.
—¿Y ahora?
Sara la miró un rato largo antes de responder.
—Ahora tampoco. Pero ya me has pillado, así que da igual.
Fue tan inesperado que Inés estuvo a punto de reírse. No se rio. Se sentó en la única silla libre, frente a la mesa con el portátil cerrado y las cajas de archivo.
—En junio mi madre te contó algo —dijo—. ¿Qué?
Sara tardó en contestar.
—¿Cómo sabes que me contó algo en junio?
—Porque lo sé.
Las dos se miraron. Inés no iba a hablarle del cuaderno, todavía no; Sara lo notó y no preguntó. Fuera, en la calle, un camión de reparto daba marcha atrás con un pitido intermitente.
—En junio —dijo Sara por fin, despacio, como quien elige con cuidado qué piezas de un mueble entrega primero— tu madre acababa de saber lo que tenía.
Un día que la acompañé a una prueba, en el coche, de vuelta, me dijo que había cosas que tendría que haber dicho hace mucho tiempo.
Así. Sin más. Y me preguntó si yo creía que se podía arreglar algo que llevaba ocho años roto.
—¿Y qué le contestaste?
—Que dependía de qué estuviera roto. —Sara apretó los labios—.
No me dijo nada más. Ese día no. Otros días tampoco.
Empezó a estar peor, entraba y salía del hospital, y cuando estaba en casa a veces me hablaba de otras cosas, de ti, de libros, de la gestoría.
Y a veces la pillaba escribiendo en un cuaderno y lo cerraba cuando yo entraba.
Inés sintió que algo se le encogía en el pecho.
—¿Por qué te lo dijo a ti?
Sara se levantó. Fue hasta la estantería, cogió la foto enmarcada de las dos chicas en la playa y la miró, sin enseñársela.
—Mañana —dijo.
—¿Mañana qué?
—Mañana te lo cuento. —Dejó la foto en su sitio, con cuidado, boca arriba—. Hoy no puedo. Lo siento.
—No. —Inés se puso de pie—. Hoy. Llevo cuatro días con un hombre que tiene copias de mi llave, una caja de papeles robada, un aviso de gas que no existía y una vecina que me escribe en mayúsculas desde un teléfono de prepago. No me digas mañana.
—Y yo llevo ocho años. —Sara no levantó la voz. No le hizo falta—. Te puedo pedir un día.
Se quedaron de pie, a dos metros, una a cada lado de la mesa.
—Hagamos una cosa —dijo Sara—. Tú no me has dicho qué ha encontrado tu madre. Porque algo has encontrado. Lo noto en cómo hablas. Y yo no te he dicho por qué estoy en este piso. Mañana nos lo decimos. Las dos. Una cosa por otra.
—¿Y si no me gusta lo que me dices?
—No te va a gustar. —Sara abrió la puerta del salón, invitándola a salir—. A mí tampoco me va a gustar lo tuyo. Por eso quiero un día.
Inés cruzó el pasillo hasta la puerta de entrada. Al pasar junto al mueble del recibidor miró el teléfono negro de teclas, quieto ahora, con la pantalla apagada.
—Una cosa más —dijo, con la mano en el pomo—. Lo del dieciséis de octubre. Si lo denuncio, ¿lo declaras?
Sara se apoyó en la pared del pasillo.
—Sí. —Una pausa—. Pero piénsalo antes. En cuanto pongas mi nombre en una denuncia, Roberto sabrá que le vi. Y hasta ahora, lo único que tengo a mi favor es que no sabe todo lo que sé.
—¿Y qué sabes?
—Mañana.
Inés bajó la escalera despacio, sin coger el ascensor.
En el tramo entre el cuarto y el tercero se detuvo y miró hacia abajo por el hueco.
Era verdad. Desde allí se veía su puerta entera, con el cilindro plateado nuevo, el felpudo de BIENVENIDOS , la placa del 3B.
Si alguien estuviera delante de esa puerta, mirando la cerradura, no vería a nadie sentado en aquel escalón.
Se sentó un momento en el escalón. Era de terrazo frío y tenía un desconchón en el borde.
Pensó en Sara allí sentada el dieciséis de octubre, con las bolsas de la compra, contando los minutos en el móvil mientras Roberto revolvía el armario de su madre.
Pensó en Sara allí de pie la noche del viernes, en la oscuridad, escribiendo en un teléfono de teclas.
Pensó en la foto de las dos chicas en la playa, que Sara había cogido para no enseñársela.
No le gustaba lo que estaba empezando a sospechar. Le gustaba todavía menos lo que eso decía de su madre.
En casa, antes de nada, escribió un correo a la dirección de la comunidad que figuraba en la convocatoria. Formal, breve, con copia a su propia cuenta del trabajo:
Como heredera de la vivienda 3.º B, solicito consultar el libro de actas de la comunidad correspondiente a los años 2017 y 2018 y obtener copia de las actas de ese periodo. Quedo a la espera de que me indiquen día y hora.
Lo envió a las 10:52.
La respuesta de Roberto llegó a las 11:04.
¡Claro que sí, Inés! Es tu derecho. ¿Te viene bien el jueves a las seis en el cuarto comunitario? Así te lo enseño yo mismo y te explico lo que haga falta. Un abrazo. R.
Doce minutos. Y un abrazo.
Inés miró el correo durante un buen rato. Luego contestó con una sola palabra — Perfecto — y apagó el portátil.