No abras la puerta Capítulo 10
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Capítulo 10

La llamada llegó a la una menos diez, cuando Inés estaba tirando a la basura los yogures caducados de la nevera de su madre.

—¿Inés Roldán? Soy Nuria Soler, abogada de Brisa Urban Living. Disculpe que la llame sin avisar. El señor Mena me ha facilitado su número; me dijo que no le importaría.

A Inés sí le importaba, pero no lo dijo.

—Dígame.

—Sé que acaba de llegar y que no es un buen momento. Por eso seré breve. Me gustaría explicarle en persona la propuesta que tenemos para el tercero B, antes de la junta del día diecisiete. Sin compromiso. Media hora. ¿Le viene bien esta tarde?

Tenía una voz clara, de frases cortas, sin muletillas. Una voz acostumbrada a que la gente dijera que sí.

—Esta tarde —repitió Inés.

—Puedo subir al cuarto B, si quiere, y le enseño cómo está quedando. Así ve el tipo de reforma.

—Prefiero un café. Fuera.

—Por supuesto. —No hubo ninguna pausa de sorpresa—. ¿La plaza de los Sitios, a las cinco? Hay una cafetería en la esquina con Joaquín Costa. Le mando la ubicación.

A las cinco menos cinco Inés estaba sentada junto a la cristalera de una cafetería de techos altos, con columnas de hierro y espejos con marcos dorados, viendo a través del cristal los árboles desnudos de la plaza.

Había llegado antes a propósito. Quería ver entrar a la abogada antes de que la abogada la viera a ella.

Nuria Soler entró a las cinco en punto.

Tenía unos cuarenta años, una melena castaña cortada recta a la altura de la mandíbula, un abrigo largo de color gris marengo y un bolso de piel negra del que asomaba una tableta.

Echó un vistazo al local, localizó a Inés sin dudar —seguramente le había buscado la cara en alguna red— y se acercó con la mano tendida.

—Inés. Gracias por venir. Siento mucho lo de su madre.

—Gracias.

Se quitó el abrigo, lo dobló sobre el respaldo de la silla, pidió un cortado con leche de avena con la camarera sin mirar la carta, y sacó la tableta. Todo en un solo movimiento, sin prisa aparente y sin perder un segundo.

—Le cuento quiénes somos y qué queremos, y luego usted me pregunta lo que quiera.

—Deslizó la tableta hacia ella. En la pantalla había un dosier con el logotipo de la empresa, una ola estilizada en azul turquesa—.

Brisa es una promotora pequeña, de capital aragonés.

Compramos edificios residenciales antiguos en barrios bien comunicados, los reformamos y los gestionamos como apartamentos de alquiler de corta estancia.

Turismo, trabajadores desplazados, estudiantes de máster, gente del hospital.

—Pasó a otra diapositiva: fotos de un salón luminoso con suelo de madera clara y paredes blancas—.

Esto es el cuarto B del Olmo 17. Lo compramos en febrero. Está casi terminado.

Inés miró las fotos. Reconocía la ventana, la forma del salón, incluso el arranque del radiador; todo lo demás había desaparecido.

—Queremos comprar el resto de viviendas que estén disponibles —siguió Nuria—.

No a cualquier precio, pero sí a un precio que, se lo digo con sinceridad, no le van a ofrecer en el mercado.

Para el tercero B hemos preparado una oferta de ciento sesenta y ocho mil euros.

—Hizo una pausa breve, para que la cifra se asentara—.

Una agencia se lo tasaría en ciento treinta y cinco, ciento cuarenta como mucho, y tardaría meses en venderlo.

Nosotros firmamos en notaría antes de fin de año, pagamos al contado y nos ocupamos de los gastos de cancelación y de la plusvalía.

—Roberto me dijo que el precio se mantenía si firmaba antes de fin de mes.

—Del treinta de noviembre, sí. Es una condición del fondo que nos financia esta fase. —Nuria asintió con naturalidad—. No es una presión artificial, aunque entiendo que lo parezca. Si en diciembre la operación no está cerrada, el fondo revisa las condiciones de todo el edificio.

Le trajeron el cortado. Nuria le dio las gracias a la camarera y no lo tocó.

—Hay otra cosa que debe saber, porque prefiero que la sepa por mí.

—Cruzó las manos sobre la mesa—. Para que el proyecto sea viable, la comunidad tiene que autorizar el uso turístico de las viviendas.

Desde la reforma de la ley de propiedad horizontal hace falta el voto favorable de tres quintas partes de los propietarios, que además representen tres quintas partes de las cuotas.

En un edificio de ocho viviendas, eso son cinco votos.

Ahora mismo contamos con cuatro: el nuestro, por el cuarto B; los dos del señor Mena; y los Ortega, del segundo B, que están dispuestos a vender.

Inés hizo la cuenta.

—Y el quinto soy yo.

—El quinto puede ser usted. O la señora Alcalá, o el señor Andreu, o el propietario del cuarto A, que vive en Huesca y no contesta los correos.

—Nuria sonrió apenas—. Pero sí: el tercero B es el que tiene más sentido.

Si usted nos vende, el voto viene con la vivienda.

Si no nos vende, puede votar a favor igualmente, y le seguiremos ofreciendo comprar más adelante.

—¿Y si voto en contra?

—Entonces no se aprueba, Brisa se retira del Olmo 17, vende el cuarto B y busca otro edificio.

—Lo dijo sin dramatismo—. Y los Ortega, que tienen un bebé de cuatro meses y una hipoteca a treinta años, se quedan sin una venta que les cambiaba la vida.

No se lo digo para presionarla. Se lo digo porque es así.

Inés miró por la cristalera. Una mujer cruzaba la plaza con un perro que tiraba de la correa hacia las palomas.

—¿Roberto cobra algo?

Nuria no apartó la mirada.

—El señor Mena actúa como mediador en la operación.

Tiene firmado con nosotros un contrato de intermediación con unos honorarios por cada vivienda que se compre.

Es perfectamente legal y está declarado.

—Hizo una pausa—. Y no tiene nada que ver con su voto como propietario de dos viviendas. Son dos cosas distintas.

—Pero le interesa que yo venda.

—A todos nos interesa que usted venda, Inés. A mí la primera. —Nuria cogió por fin la taza y bebió un sorbo—. No le voy a engañar.

Hubo un silencio. En la mesa de al lado, dos señoras mayores discutían sobre un nieto que no estudiaba.

—Mi madre no quiso escuchar la oferta —dijo Inés.

—Lo sé. Hablé con ella en marzo, una vez. —Nuria dejó la taza en el plato con cuidado—. Fue muy amable y muy clara. Me dijo que no vendía, que ese piso no estaba en venta mientras ella viviera y que no me lo tomara como algo personal. No le insistí.

Mientras ella viviera. Inés sintió una punzada en el estómago que no esperaba.

—¿Hay algo en el edificio que le preocupe a su empresa? —preguntó—. Algo de su historia.

Nuria inclinó un poco la cabeza.

—¿Se refiere al incendio de 2017?

—Sí.

—Lo hemos revisado, claro. Es lo primero que se mira.

—Volvió a coger la tableta y pasó varias pantallas con el dedo hasta llegar a una lista de documentos—.

Tenemos el informe de los bomberos, el auto de archivo del juzgado, la inspección técnica posterior, las certificaciones de la reforma del cuarto de contadores y de la nueva salida de evacuación, y la documentación de la comunidad.

Las actas de esos años. Nuestro seguro no habría cubierto la operación si hubiera algo pendiente.

—¿Las actas dicen algo de la salida trasera?

—El acta de la junta de octubre de 2017, la que aprobó la obra, recoge expresamente que la salida al patio permanecía operativa durante los trabajos y que la obra estaba supervisada por un técnico de prevención.

—Nuria lo dijo de memoria, sin mirar la pantalla, con la soltura de quien ha repetido esa frase en varias reuniones—.

Es importante, porque fue lo que se discutió en la investigación.

Hubo una vecina que dijo a la prensa que estaba cerrada, y el juzgado no lo consideró acreditado.

Inés notó que el corazón se le aceleraba. Se obligó a no mover las manos.

—¿Usted ha visto esa acta?

—En el libro de actas de la comunidad, sí. El señor Mena nos facilitó el acceso y nos dio copias certificadas. Está firmada por quien correspondía. —Nuria la miró con más atención—. ¿Por qué lo pregunta?

—Porque mi madre fue tesorera aquellos años. Y estoy ordenando sus papeles.

—Ah. —La abogada esperó a que dijera algo más.

Como Inés no lo dijo, añadió con tono neutro—: Cualquier propietario tiene derecho a consultar el libro de actas, por supuesto.

Lo custodia el secretario de la comunidad, que en este caso es el señor Mena, como presidente-administrador.

Si quiere verlo, solo tiene que pedírselo.

—Lo haré.

Nuria apagó la tableta. Durante un momento no dijo nada; tamborileó una sola vez con dos dedos sobre la funda de cuero. Luego habló en un tono un poco distinto, más bajo, menos de presentación.

—Inés, déjeme decirle una cosa como abogada, no como parte.

—Hizo una pausa—. Mi trabajo es que esta operación se cierre bien.

Bien significa sin sorpresas. Si usted, ordenando los papeles de su madre, encuentra algo que afecte a la documentación de la comunidad, me interesa saberlo.

Antes que a nadie. No para taparlo. Para saber qué estoy comprando.

—¿Y si lo que encuentro no le gusta?

—Entonces lo sabré antes de firmar, que es mucho mejor que saberlo después. —Nuria sacó una tarjeta del bolso y la dejó sobre la mesa, junto a la taza de Inés—. Mi móvil personal. Para cualquier cosa.

Era una tarjeta gruesa, con el nombre impreso en relieve, el número de colegiada, la dirección de un despacho en el paseo de Sagasta. Una tarjeta en regla, pensó Inés, con todo lo que tiene que tener.

Nuria se levantó, se puso el abrigo y le tendió la mano otra vez.

—Piénselo con calma. Tiene hasta el día treinta.

—Me ha dicho que no era una presión artificial.

—No lo es. —La abogada sonrió entonces de verdad, una sonrisa breve, casi cómplice—. Pero sigue siendo una presión. No le voy a decir que no.

Pagó los dos cafés en la barra al salir, sin preguntar.

Inés se quedó un rato más mirando la tarjeta, luego la plaza, luego su propia taza vacía.

La salida al patio permanecía operativa durante los trabajos.

En el maletero de su coche, en una caja de folios sin etiqueta, había un cuaderno escrito por su madre donde ponía otra cosa. Y una foto. Y un pago a una cerrajería.

Una de las dos versiones estaba en un libro oficial, legalizado, custodiado por el secretario de la comunidad, firmado por quien correspondía , revisado por una abogada, un fondo de inversión, un seguro y un juzgado.

La otra estaba en un cuaderno escolar de tapas verdes, escrito por una enferma terminal con letra temblorosa.

Inés sabía, por oficio, cuál de las dos tendría más peso en cualquier despacho. Y sabía también, por oficio, que el peso de un documento no tiene nada que ver con que diga la verdad.

Al salir de la cafetería sacó la cuartilla de teléfonos de su madre, que llevaba fotografiada en el móvil, y llamó al de la Cerrajería Delicias.

Una locución le informó de que el número marcado no existía.

Buscó el nombre en internet: una ficha de empresa en un directorio, con una dirección de la calle Delicias, y una reseña de 2020 de alguien que decía que habían cerrado por jubilación del dueño.

Llamó al número de Mateo Prieto. Sonó la misma locución.

Lo apuntó todo en la libreta, de pie en la acera, con el cierzo pasándole las hojas.

Cuando volvió al Olmo 17 eran casi las siete y ya era de noche.

En el portal, la luz se encendió con el minutero nuevo y aguantó encendida el tiempo suficiente.

Las flores de Vera habían desaparecido; alguien las había retirado, y en el terrazo, junto a la puerta del cuarto de contadores, solo quedaba una gota de cera blanca.

En el tablón de anuncios, entre un aviso de la empresa de limpieza y un folleto de clases de inglés, habían colgado la convocatoria de la junta. Una hoja impresa, con el membrete de la comunidad y la firma de Roberto Mena al pie, como presidente.

Junta general extraordinaria. Lunes, 17 de noviembre de 2025, a las 19:00 en primera convocatoria y a las 19:30 en segunda, en el cuarto comunitario.

Orden del día: 1.º Propuesta de autorización del uso turístico de las viviendas del inmueble (art.

17.12 LPH). 2.º Información sobre las ofertas de adquisición recibidas.

3.º Aprobación de presupuesto de pintura de la caja de escalera.

4.º Renovación y expurgo del archivo comunitario: destrucción de documentación contable anterior a 2018 que no sea de conservación obligatoria. 5.º Ruegos y preguntas.

Inés leyó el punto cuarto tres veces.

Luego hizo una foto de la convocatoria, con la luz del portal reflejándose en el plástico del tablón, y miró la puerta de madera del cuarto comunitario, al otro lado del portal. Una puerta normal, pintada de marrón, con una cerradura y un cartelito de plástico: Comunidad de propietarios. Privado.

Lo que falta está con las derramas.

La luz del minutero se apagó.

Inés no se movió. Se quedó en la oscuridad del portal, con el resplandor de la calle entrando por la puerta de cristal, mirando aquella puerta marrón que no podía abrir, y dejó de pensar en qué querían de ella para pensar en qué tenía tiempo de hacer.

Faltaban siete días para la junta.