NO ABRAS ESA FOTOGRAFÍA CAPÍTULO IX EL REFLEJO DEL BUCLE –DESENLACE-
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CAPÍTULO IX EL REFLEJO DEL BUCLE –DESENLACE-

El golpe de la puerta contra el flanco del atacante sacó a Víctor de concentración por una fracción de segundo. Fue el único margen que necesitaban.

Laura se lanzó sobre él con el peso de toda su rabia, clavando la llave de hierro en el antebrazo con el que sostenía el arma.

Víctor soltó un grito ahogado y el revólver cayó al barro con un ruido seco, hundiéndose en la tierra oscura.

Al mismo tiempo, Rubén salía del coche de un salto, derribando al segundo hombre en una pelea cuerpo a cuerpo sobre la hierba mojada, entre jadeos y golpes sordos.

El padre de Laura, liberado por fin de la presión que lo mantenía inmovilizado, tosió con fuerza, doblándose sobre sí mismo y arrodillándose en el fango mientras intentaba recuperar el aliento que el miedo y los golpes le habían arrebatado.

—¡Laura, coge el arma! —gritó Rubén con desesperación, forcejeando con su atacante a pocos metros de distancia.

Laura se agachó rápidamente y palpó el barro a ciegas hasta que sus dedos cerraron la empuñadura fría del revólver.

Se incorporó de inmediato con el pulso desbocado, apuntando directamente al pecho de Víctor, que se sostenía el brazo herido mientras la lluvia intensa empapaba sin tregua su gabardina oscura.

—Se acabó —exigió Laura, con la voz firme a pesar de que las manos le temblaban de arriba a abajo, reflejando el pánico que amenazaba con desbordarla—. ¿Quién eres? ¿Qué queréis de nosotros? ¿Por qué esta persecución absurda?

Víctor la miró fijamente. En lugar de mostrar el pánico propio de alguien que tiene un cañón apuntándole, una sonrisa extraña, casi compasiva y cargada de un profundo cansancio, se dibujó lentamente en los labios del hombre.

—¿De verdad crees que esto va de expedientes gubernamentales, de adopciones ilegales o de un pasado oculto, Laura?

—su voz sonaba hueca, desprovista de amenaza, como la de alguien que ha repetido esa misma escena demasiadas veces en su vida—.

¿Crees de verdad que tu padre huyó para salvarte del ministerio?

Laura bajó un instante la mirada hacia su padre, que seguía en el suelo negando con la cabeza en silencio, con el rostro pálido, descompuesto por el terror y cubierto de sudor y lluvia.

—Cállate... —espetó ella, sintiendo que sus propias certezas empezaban a agrietarse.

—Pregúntale por qué las fechas de tu infancia nunca encajan de verdad si te detienes a pensarlas —continuó Víctor, dando un paso al frente con total lentitud, desafiando el arma con una seguridad que desconcertaba—.

Pregúntale por qué los recuerdos de tu pasado cambian de matiz cada vez que intentas aferrarte a ellos, y por qué tu supuesto padre no huía de la justicia, sino de los ingenieros que diseñaron esta misma realidad en la que crees vivir.

Laura sintió que el aire se le congelaba de golpe en los pulmones.

Un eco extraño, una sensación de déjà vu absoluto, resonó con fuerza en su mente: la incómoda sospecha de que las piezas de su vida nunca terminaban de encajar.

Giró lentamente la cabeza hacia Rubén, que acababa de deshacerse de su atacante y se acercaba despacio, respirando con dificultad.

—No la escuches, Laura —suplicó Rubén, extendiendo las palmas de las manos hacia ella con una calma estudiada, con una expresión de dolor fingido que rompía el alma—. Está intentando desestabilizarte. Es una trampa psicológica para hacernos perder el control. Nos quieren separar.

—¿Como siempre? —repitió Laura, deteniéndose de golpe en esas dos palabras, sintiendo que algo dentro de su lógica interna se rompía para siempre.

—Mírale la muñeca, Laura —susurró Víctor con urgencia, señalando con la barbilla al hombre que había compartido su lecho—. Mira lo que lleva ocultando bajo la manga desde que empezó "todo esto".

Laura bajó los ojos lentamente hacia Rubén.

En la oscuridad de la noche, bajo los destellos lejanos de los faros que morían en la llanura, Rubén estiró los brazos para calmarla. Pero en ese movimiento, impulsado por la tensión del momento, la manga de su chaqueta se deslizó hacia atrás unos centímetros.

En su muñeca izquierda no estaba el reloj de pulsera que ella misma le había regalado por su cumpleaños hacía ocho meses.

Estaba la pulsera de cuero negro con la cruz metálica. La misma maldita pulsera que aparecía en las sombras de las fotografías antiguas, en el apeadero y en las manos de los intrusos.

Laura dio un paso atrás, sintiendo que el suelo firme se desmoronaba bajo sus pies, transformándose en un abismo. El revólver apuntaba ahora con una rigidez mortal directamente al pecho del hombre con el que había compartido su cama, sus risas y su hogar durante los últimos tres años.

—Tú... —el nombre se le atragantó en la garganta, convertido en un hilo de puro horror—. Tú llevas la pulsera.

Rubén detuvo su avance de inmediato. Bajó los brazos con lentitud, dejando caer la fachada de desesperación. En una fracción de segundo, la expresión de su rostro mutó hacia una frialdad absoluta, imperturbable, idéntica a la que ella había visto en el hombre de la fotografía junto a Clara.

—Lo siento, Laura —dijo Rubén, y su voz sonó completamente distinta, más profunda, limpia de toda la calidez afectiva que había fingido durante tanto tiempo—.

Intenté que esta vez tardaras un poco más en recordar.

Intenté que el ciclo durara lo suficiente para que encontraras la paz dentro del margen.

—¿Quién eres? —gritó Laura, con las lágrimas desbordándose por sus mejillas mientras la revelación la golpeaba como un martillo sin compasión—. ¡¿Quién eres tú en realidad?!

—No soy Rubén —respondió él con una calma aterradora, aceptando su verdadera naturaleza—.

El verdadero Rubén murió en el mundo real hace cuatro años, la misma noche en que Clara descubrió que todo era una simulación.

Yo soy el supervisor asignado a tu módulo de contención.

Mi trabajo diario era asegurarme de que el protocolo no colapsara y de que creyeras en esta farsa.

Laura negó con la cabeza una y otra vez, cayendo en una espiral de negación histérica, incapaz de procesar el volumen de la mentira.

—¡Eso es una locura absoluta! ¡Hemos vivido juntos, hemos comprado muebles, tenemos una casa, una rutina! ¡Te conozco!

—No, Laura —la corrigió su padre desde el suelo, interviniendo con una mezcla de infinita tristeza y derrota, asumiendo que ya no había coartada posible—.

No llevas tres años viviendo con él. Llevas atrapada en este bucle exactamente tres semanas.

Desde el momento exacto en que abriste la carpeta prohibida en el ordenador de la mesita.

El padre de Laura se incorporó ligeramente, apoyándose con dolor sobre sus rodillas manchadas de barro.

—Cada vez que investigas más de la cuenta, cada vez que descubres que los cimientos de tus recuerdos son artificiales y que el sistema hace aguas, el protocolo colapsa.

Te borran la memoria por completo, alteran tus parámetros neuronales y te devuelven al punto de partida: a la misma casa, con el mismo "novio", midiendo cuánto tiempo tardas en volver a desatar el nudo argumental.

Laura miró el revólver que temblaba en sus manos.

Miró a su padre, al que creía muerto desde hacía años, y finalmente al hombre al que había amado creyendo que era su pareja.

Las piezas del puzle, por fin, encastraban con una crueldad insoportable: las fechas imposibles, los reflejos ocultos en los cristales, la extraña sensación de familiaridad con el horror.

—¿Cuántas veces lo he hecho? —preguntó en un susurro apenas audible, con el alma completamente rota, suspendida en el vacío.

El hombre que había sido Rubén sonrió con una tristeza infinita, dando un último paso hacia ella, demostrando que no temía el cañón del arma.

—Esta es la centésima vez, Laura. Y cada iteración es milimétricamente idéntica a la anterior. Pero no te preocupes... en unos segundos el sistema se reiniciará y volverás a estar en casa, tranquila, sin recordar absolutamente nada de este dolor.

Antes de que Laura pudiera levantar el revólver con firmeza o disparar, una descarga sorda y seca resonó en la nuca de su padre, seguida de un fogonazo breve que iluminó los troncos de los eucaliptos. Su padre cayó al barro de inmediato, desplomado, sin emitir un solo sonido.

Laura lanzó un grito desgarrador, arrojando el arma al suelo como si quemara, y corrió desesperada hacia el cuerpo inmóvil.

Pero cuando giró la cabeza para maldecir al hombre que había sido su compañero, descubrió con pavor que la caseta de aperos, el todoterreno y los atacantes se desvanecían como humo espeso en el aire.

Cerró los ojos como quien quiere despertar de un mal sueño. Estaba sola.

Completamente sola, de pie en medio de una habitación oscura y silenciosa, con la luz fría de la pantalla de un teléfono móvil iluminando la mesita de noche.

Eran las dos y diecisiete de la madrugada.

Laura llevaba varios minutos mirando el teléfono de Rubén sin atreverse a tocarlo, mientras él dormía a su lado con la tranquilidad de quien no tiene nada que ocultar.