NO ABRAS ESA FOTOGRAFÍA CAPÍTULO VIII LA EMBOSCADA EN EL CAMINO
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CAPÍTULO VIII LA EMBOSCADA EN EL CAMINO

El eco de la última frase de su padre todavía flotaba en el ambiente cuando un sonido sordo y metálico interrumpió la tensión de la caseta de aperos.

Clac.

No fue el crujido de una rama ni el golpeteo de la lluvia.

Fue el sonido inconfundible de unas luces de alta intensidad barriendo los eucaliptos del exterior.

Un haz de luz blanca y cegadora atravesó de golpe las rendijas de las maderas podridas, iluminando el interior del todoterreno y dejando al descubierto los rostros pálidos de los tres.

—Apaga el motor, ¡apágalo ya! —siseó Rubén, agachándose por debajo de la línea de las ventanillas con los músculos en tensión.

El padre de Laura no necesitó la orden. Giró la llave y el motor se apagó al instante, sumiendo la cabina en una oscuridad parcial, rota únicamente por los fogonazos de los faros que se detenían justo frente a ellos.

Afuera, el sonido de los neumáticos pesados sobre el barro húmedo confirmó lo peor: los habían encontrado. No había sido una casualidad; el todoterreno viejo debía llevar un localizador o los habían rastreado desde el maldito apeadero.

—Nos han acorralado —murmuró su padre, buscando con rapidez en la guantera y sacando un viejo revólver de metal oscuro que hizo que a Laura se le cortara la respiración.

Cara a cara con el pasado

Antes de que ninguno pudiera moverse, una ráfaga de disparos silenciosos —silenciadores acoplados a las armas— hizo añicos los cristales laterales del todoterreno. Los pedazos de vidrio llovieron sobre los asientos traseros como granizo afilado.

—¡Al suelo, todos al suelo! —gritó Rubén, cubriendo el cuerpo de Laura con el suyo mientras el olor a pólvora volvía a impregnar el aire.

Las puertas del todoterreno se abrieron de golpe desde el exterior, arrancadas con una fuerza descomunal.

Un par de manos enguantadas —las mismas manos, la misma chaqueta oscura que habían visto en el apeadero— tiraron de la puerta del conductor, sacando al padre de Laura a rastras hacia el barro bajo la lluvia.

—¡Papá! —gritó Laura, intentando abalanzarse hacia delante, pero Rubén la sujetó con los brazos cruzados alrededor de su cintura, negando con la cabeza con desesperación.

Laura levantó la vista a través del marco roto de la ventanilla.

Bajo la luz parpadeante de los faros del coche atacante, un hombre alto, con el rostro parcialmente oculto por la sombra de una gabardina y una cicatriz profunda en la mejilla, sujetaba al padre de Laura contra el capó del vehículo.

Y en su muñeca izquierda, brillando con una insolencia macabra, estaba la pulsera de cuero con la cruz metálica.

—Se acabó el juego, Carlos —dijo una voz fría, cortante como el hielo, que parecía resonar por encima de la tormenta—. Veintiséis años corriendo es demasiado tiempo para un simple funcionario.

El padre de Laura escupió sangre al suelo, pero mantuvo la barbilla alta, con una sonrisa desafiante en los labios.

—Llegas tarde, Víctor... El expediente ya no está en tus manos. Su hija lo sabe todo.

El hombre llamado Víctor desvió lentamente la mirada hacia el interior del todoterreno. Sus ojos oscuros se clavaron directamente en Laura a través del cristal roto.

—¿De verdad crees que eso importa? —respondió Víctor con una media sonrisa calculadora, sacando un arma y apuntando directamente al pecho del padre de Laura—. Si la chica sabe demasiado, simplemente cerramos el círculo donde empezó.

El momento de plantar cara

El tiempo pareció detenerse. Laura miró el cañón del arma, luego el rostro de su padre, y finalmente a Rubén, que tenía los nudillos blancos de apretar una llave de cruz de rueda que había logrado pescar bajo su asiento.

Sabía que no había a dónde huir. La mentira bajo la que había vivido toda su vida se desmoronaba, pero si iba a morir, no lo haría acobardada en el fondo de un coche.

—Abre la puerta, Rubén —susurró Laura con una frialdad que la sorprendió incluso a ella misma.

Rubén la miró a los ojos y asintió.

Con un movimiento coordinado y salvaje, Rubén empujó con fuerza su puerta rota hacia fuera, golpeando de lleno las piernas de uno de los hombres que custodiaban el flanco, mientras Laura saltaba por el lado del copiloto con la llave metálica en la mano, directa hacia la espalda de Víctor.

La trampa se había cerrado, pero la partida por la verdad apenas acababa de comenzar.