Capítulo 36 — La salida #2
Dejé los sobres A y B en un armario cerrado del taller, con Darío como testigo, y ayudé a Sabela a llevar agua y mantas al comedor.
Sabela no me preguntó por qué llevaba la maleta. La vio junto a la puerta y me ofreció una bolsa para guardar la ropa de abrigo. Mientras revisábamos una caja de linternas, le dije que iba a salir de Nivalta.
Dejó de contar las baterías.
—Ya lo veo —respondió.
Esperé una advertencia, una pregunta sobre Mara o una recomendación para que aplazara la marcha hasta que el edificio estuviera estable. Sabela cerró la caja y la apartó.
—Si necesitas que te acompañe hasta la puerta, te acompaño. Si prefieres que no, me quedo aquí.
—¿No vas a decirme lo que debería hacer?
Me miró con una tristeza que no intentó disimular.
—Ya hemos hecho demasiado de eso.
Volvió a su trabajo. Le pregunté si había sabido lo de las evaluaciones.
Dijo que no las había leído, pero que había oído hablar de preparar una salida y había aceptado que la aplazaran.
«Te preguntaba si habías comido. Tendría que haberte preguntado si querías seguir aquí».
Después siguió contando las linternas; no estaba pidiéndome que la tranquilizara.
La salida de las personas del ala norte se organizó sin prisas innecesarias.
Darío verificó los accesos y Leandro autorizó un traslado preventivo a la zona de recepción, donde podían esperar vehículos de apoyo si eran necesarios.
No hubo una evacuación dramática. Hubo listas, abrigos que faltaban, un sensor con la batería agotada y discusiones sobre quién debía llevar una caja demasiado pesada.
Yo ayudé a transportar material y descubrí que podía ser útil sin que nadie me tratara como a un paciente incapaz de decidir.
Cuando el circuito se estabilizó provisionalmente, Darío abrió el armario del taller.
Cotejamos el índice y firmó la fecha y la relación de copias.
A quedaba bajo su custodia; Iria metió B en la mochila, para entregarlo por el contacto de su madre y solicitar la conservación de los originales.
Guardé mis informes clínicos en una carpeta aparte.
El teléfono sonó antes de cerrar el armario. Darío apuntó la confirmación del vehículo y de la primera acogida coordinada por protección.
—Nos recogen en recepción. Yo voy contigo hasta el centro médico.
Miré el papel. Tenía un lugar para esa noche; no una respuesta sobre dónde viviría después.
—Esto no termina hoy —dijo Darío.
—Lo sé.
—Puede que algunos documentos no signifiquen lo que pensamos.
—Entonces tendrán que explicarlo con los demás delante.
Darío asintió. Me entregó una linterna pequeña y me recordó que el camino de servicio tenía un tramo sin iluminación. Después me abrazó. Fue un abrazo breve, torpe, como si ninguno de los dos hubiera ensayado nunca una despedida.
Mara estaba en el corredor de la enfermería.
No llevaba la bata. Tenía las manos vacías y una expresión agotada.
Al vernos, se acercó lo suficiente para hablar sin levantar la voz.
Me preguntó si había preparado mis medicaciones y si llevaba los informes para que otro profesional pudiera revisarlos.
Le mostré la carpeta. No intentó comprobarla.
—La recepción de hoy está confirmada. Han recibido los informes. No voy a cambiarla —dijo—. Puedo ayudarte a pedir las siguientes citas.
—Quiero pedir las citas yo. Necesitaré ayuda para organizarlas, pero no quiero que vuelvas a decidir por mí.
Mara asintió. Sus ojos se detuvieron en la llave que asomaba de mi bolsillo. Pareció a punto de decir algo más. No lo hizo. Le pregunté si estaría dispuesta a entregar las versiones completas de mis evaluaciones cuando se las solicitaran.
—Sí —respondió—. Y explicaré las correcciones.
Quise creerla. No pude hacerlo todavía. Le dije que era lo que esperaba y seguí caminando. No me pidió que volviera. La oí respirar detrás de mí y comprendí que también para ella aquella puerta iba a abrirse de una forma que ya no podía controlar.
Iria me esperaba al comienzo del corredor de servicio.
Me preguntó si quería que me acompañara hasta el exterior.
Asentí. Caminamos juntos por la ruta que Mara me había descrito, dejando atrás las puertas de mantenimiento y el olor familiar de los filtros.
La luz se volvía más clara a medida que nos acercábamos a la salida.
En el último tramo había una ventana alta desde la que se veía una parte de la carretera.
No era la primera vez que la observaba, pero sí la primera en que no necesitaba inventar una razón para justificar que quisiera alcanzarla.
Introduje la llave en la cerradura. Giró con dificultad. Tuve que intentarlo dos veces, sosteniendo la maleta con la otra mano. Cuando el pestillo cedió, permanecí inmóvil. Iria no me animó ni me empujó. Se limitó a esperar.
Al abrir la puerta entró una corriente de aire frío que olía a tierra húmeda y hojas.
Oí un vehículo a lo lejos, el roce del viento contra una barandilla y algo que no supe identificar.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi pensamiento: contuve la respiración, busqué con la mirada una rejilla, intenté calcular cuánto tiempo llevaba expuesto.
Había hecho lo mismo junto a la compuerta diez días antes.
La diferencia era que ahora reconocía el impulso y podía decidir qué hacer con él.
Saqué la pinza del pulsioxímetro. Comprobé la saturación una vez y la guardé. La cifra no medía el aire de fuera ni prometía que nunca tendría una crisis. No iba a renunciar a los controles que necesitara. Pero hoy habría alguien fuera que pudiera explicármelos sin cerrar después la puerta.
Iria bajó el primer escalón y se volvió hacia mí.
Más allá, el camino descendía hasta recepción y la carretera.
Darío nos esperaba junto al vehículo; llevaría mi carpeta hasta la profesional que había confirmado la valoración y la estancia provisional.
No había allí una respuesta definitiva sobre dónde viviría después ni sobre la investigación.
Sí había un lugar para aquella noche y personas que sabían que llegaba.
Llevaba una maleta demasiado pequeña y una historia que empezaba a comprender cuando ya no podía recuperar el tiempo perdido.
Di un paso. Después otro.
Cuando llegué al camino me detuve. El edificio quedaba a mi espalda, con sus ventanas cerradas y sus conductos trabajando todavía.
Desde que llegué a Nivalta, había creído que el aire era algo que otros debían administrar para mantenerme a salvo.
Levanté la cabeza. El frío me rozó la garganta y sentí que el pecho se expandía sin que nadie contara los segundos.
Respiré.