NIVALTA: Todo es por tu bien Capítulo 36 — La salida
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Capítulo 36 — La salida

Dormí con la llave debajo de la almohada. Me desperté dos veces para buscarla con la mano. La segunda me quedé mirando el techo hasta que clareó. La ventilación seguía funcionando. No tenía que esperar a que fallara.

Había imaginado muchas salidas de Nivalta.

En algunas corría por un corredor mientras las alarmas sonaban a mi espalda.

En otras alguien abría una puerta y me anunciaba que todo había terminado.

Ninguna se parecía a aquella mañana, con mis zapatos junto a la cama y una maleta vieja que Sabela me había prestado hacía años para guardar libros.

No sabía qué debía llevar. Una parte de mí quería conservar cada objeto de la habitación; otra comprendía que esa necesidad tenía mucho que ver con el miedo a no regresar.

Metí dos mudas de ropa, el cuaderno y los documentos médicos que me pertenecían.

Dejé sobre la mesa la pieza de madera que Darío me había regalado cuando terminé una prueba de esfuerzo.

Después volví a cogerla. Era pequeña y cabía en el bolsillo.

La sostuve un momento, recordando la tarde en que me había enseñado a lijar sus bordes, y la guardé junto a la llave.

No pensaba salir sin avisar. Tampoco quería convertir mi marcha en una ceremonia que pudiera aplazarse si alguien encontraba las palabras adecuadas.

Fui al taller antes del desayuno. Darío tenía desmontado un panel de alimentación y trabajaba con una lámpara sobre la frente. Me miró al ver la maleta.

—¿Hoy? —preguntó.

—Quiero hacerlo hoy.

Darío dejó la herramienta y se quitó la lámpara. No preguntó si Mara estaba de acuerdo.

—¿Dónde vas a dormir? ¿Quién hará los controles?

Le enseñé los teléfonos que Iria había traído.

Quería una valoración independiente; no sabía quién podría hacerse cargo de mí.

Tenía catorce años. Darío acercó el teléfono y llamó al apoyo sanitario avisado por la avería.

Confirmaron una valoración fuera ese día y pidieron mis informes completos.

Después me pasó con una profesional de trabajo social.

Darío dijo mi edad y que mi madre me había mantenido encerrado. Ella quiso hablar conmigo. Mara no estaba en la llamada.

—Avisaré al servicio de protección de menores de la Xunta. Coordinaremos con ellos dónde pasas la noche después de la valoración.

Le pregunté quién decidiría lo demás. Quería que me explicaran dónde iba y que no lo acordaran solo con Mara. Ella escuchó mis preferencias antes de volver a hablar con Darío. La conformidad de mi madre al traslado no resolvía todavía quién asumiría mi cuidado.

—Podemos organizar un traslado seguro y pedir ayuda fuera del centro —dijo Darío—. Pero antes necesito saber cómo está el circuito. Después de lo de ayer no voy a dejar que alguien se quede en un ala sin ventilación por estar pendiente de otra cosa.

Me mostró las lecturas de la noche. La derivación que Darío y el operario habían abierto en Galería 4 mantenía el flujo, aunque el sistema necesitaba una reparación que no podía hacerse con el edificio ocupado como si nada hubiera ocurrido.

Había pedido revisar los accesos y preparar una salida escalonada de las personas que aún dependían de las instalaciones.

No utilizó la palabra evacuación hasta que le pregunté si creía que podía repetirse el fallo.

—No sé cuándo —respondió—. Precisamente por eso hay que prepararse.

Conté los medidores portátiles sin tocar los controles. Darío comprobó baterías y me pidió un índice: de dónde salía cada hoja, quién la había guardado, cuándo habíamos hecho la copia.

—Si entregamos un montón sin eso, tendrán que empezar de cero —dijo.

Encontré a Iria en la sala de lectura. Estaba sentada frente a una mesa llena de hojas ordenadas en montones. Había dormido poco; tenía los ojos enrojecidos y el pelo recogido de cualquier manera. Al ver la maleta junto a mi pierna, dejó el bolígrafo.

—¿Te vas?

—Sí. Pero antes quiero sacar esto.

Iria había separado los partes de presión, la comunicación de Brais y la lista de traslados.

Mis evaluaciones iban en otro montón. Al lado estaba la hoja donde yo había anotado lo que Leandro nos dijo: tenía su nombre y la fecha de la conversación, no un número de parte.

Iria dejó aparte documentos con datos de otras personas.

—Esto no sale así —dijo, señalándolos—. Tendrán que pedirlo quienes puedan guardarlo.

—Quiero que lo vea alguien de fuera —dijo—. No quiero que la historia de mi padre dependa otra vez de lo que Leandro decida contar.

Trabajamos casi una hora. Iria señaló referencias y yo las cotejé. Cuando nuestras manos coincidían sobre una carpeta, uno de los dos se apartaba. Le pasé una hoja por el extremo libre. Le pedí que revisara una fecha. Lo hizo antes de pasar a la siguiente hoja.

Al terminar, teníamos una relación de documentos y dos juegos de copias.

El sobre A debía quedar con Darío en Nivalta para que nadie pudiera acusarnos de haber hecho desaparecer el expediente.

El sobre B saldría con Iria, junto con las referencias necesarias para solicitar la conservación de los originales.

Iria conocía un contacto externo que podía orientarnos sobre cómo entregar la documentación.

No me prometió una investigación inmediata ni un resultado concreto.

Me dijo que primero tendríamos que demostrar que los papeles eran auténticos.

Leandro apareció en la puerta antes de que pudiéramos guardar las carpetas. Llevaba el teléfono en la mano y parecía haber recorrido el edificio buscándonos. Su mirada pasó de la maleta a los documentos.

—Necesito hablar con vosotros —dijo.

No se sentó. Nos explicó que había recibido el informe preliminar de Darío sobre la avería y que estaba organizando una revisión técnica.

También había sabido que estábamos preparando copias del archivo clínico y de los partes antiguos.

Dijo que no podía permitir que salieran documentos incompletos, datos privados ni información que pudiera interpretarse de forma errónea.

—Precisamente por eso hemos hecho un índice —respondió Iria—. No vamos a publicar expedientes de otras personas.

Leandro se acercó a la mesa. Examinó las referencias sin tocar los originales.

—No se trata solo de privacidad. Hay informes que se contradicen. Y decisiones tomadas en circunstancias excepcionales. Si entregáis esto sin contexto, podéis perjudicar a personas que no tuvieron responsabilidad.

—Entonces entrega también el contexto —dije.

Leandro me miró. Durante años había utilizado ese gesto para indicarme que una conversación había llegado a su límite. Esta vez esperé.

—Hay documentos que deben revisarse antes de salir —insistió.

—Los hemos revisado —respondí—. Y los originales pueden quedarse custodiados. Pero no voy a aceptar que la revisión sea otra razón para no hacer nada.

Leandro dejó el teléfono sobre la mesa. Dijo que debía consultar con los responsables del centro y que cualquier entrega tendría que realizarse por los cauces adecuados.

No discutí que existieran procedimientos.

Le pedí que los iniciara y que nos diera una confirmación escrita. No pudo hacerlo en ese momento.

Iria le mostró la comunicación de Brais. Yo puse al lado mi nota del despacho.

—Falta lo que nos dijiste —señalé.

Leandro leyó las líneas. Dijo que no debíamos presentarlas como conclusión definitiva del accidente.

—Escribe entonces lo que recuerdas tú —respondí.

Pidió una hoja. Encabezó su declaración con su nombre y la fecha. Escribió que había encargado a Brais la comprobación y que le pidió bajar después de que Brais dijera que debía verificar allí. Se detuvo antes de añadir que no le había dado otra orden de aislamiento.

—Eso es lo que recuerdo —dijo.

—Ponlo así.

Añadió esas palabras y firmó. Iria no apartó nuestra nota: la dejó junto a la declaración. Le pedimos dos copias y que conservara el original con los registros. Las trajo antes de volver a la mesa. Añadimos una a cada juego y actualizamos el índice.

—No voy a decir que sabemos todo —continué—. Tu declaración es tuya. Los partes y lo que recuerda Darío tendrán que examinarse también. No quiero que vuelva a faltar quien tomó la decisión.

Leandro respiró hondo. Por un momento pareció mayor de lo que lo había visto nunca. Me preguntó si Mara sabía que iba a marcharme. Le mostré la llave que asomaba del bolsillo.

—Me la dio ella.

No respondió enseguida. Después dijo que el acceso de servicio no era una salida destinada a pacientes y que debía utilizarse con precaución.

Le expliqué que no pretendía atravesarlo solo ni renunciar a una evaluación médica.

Le pedí que facilitara el contacto con un servicio sanitario externo y con quien correspondiera para organizar mi cuidado fuera de Nivalta.

Darío ya había iniciado la recepción fuera.

Leandro podía facilitarla, no sustituirla por otro permiso para esperar.

Leandro miró la maleta y comprendí que ya no podía resolver la conversación con una instrucción.

La radio de Darío sonó desde el corredor.

La voz llegaba entrecortada. Pedía que Leandro fuera al cuarto de control porque la presión del ramal norte había vuelto a descender.

No era una alarma general, pero bastó para que todos miráramos hacia la puerta.

Leandro recogió el teléfono y salió sin terminar de hablar.

Iria guardó las copias en dos sobres. Leandro se había ido por otra lectura de presión. Yo había esperado una última prohibición. En el corredor, Darío volvió a llamarlo por radio.

Fuimos al cuarto de control. Darío había pedido a Sabela que reuniera a las personas del ala norte en el comedor y preparara los medidores.

Leandro discutía con los operarios sobre la posibilidad de mantener abierta la derivación mientras revisaban el tramo averiado.

Darío insistía en que no podía garantizar la estabilidad y que debían preparar el traslado de quienes necesitaran apoyo.

—Primero las personas —dijo—. Los papeles no van a respirar por ellas.