NIVALTA: Todo es por tu bien Capítulo 33 — Lo que hizo Brais
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Capítulo 33 — Lo que hizo Brais

Iria mantuvo la linterna sobre la anotación mientras Darío se acercaba.

La luz oblicua hacía visibles los trazos que quedaban bajo una capa de polvo: una flecha, una abreviatura de la línea de retorno y dos palabras escritas con prisa.

No parecían un mensaje destinado a sobrevivir durante años.

Eran una indicación técnica, de esas que alguien deja junto a una máquina para recordar una operación que todavía no ha terminado.

Darío cotejó el panel y la compuerta en el plano. Iria iluminó otra vez la nota.

—Hace las erres así —dijo—. Mira cómo bajan. En casa tenemos listas suyas de herramientas.

Darío no aseguró reconocer la letra. Iria guardó la chapita antes de que yo pudiera pedírsela.

La radio volvió a sonar. Leandro preguntó por la segunda derivación.

Darío respondió que mantenía la posición y que el operario debía seguir contrastando las lecturas arriba.

Iria se quedó junto a mí en la pasarela mientras Darío miraba el indicador, sin mover el volante.

El edificio había recuperado el camino del aire; todavía había que comprobar que no volviera a perderlo.

Darío informó a Leandro del estado de las derivaciones.

Desde el comedor confirmaron que algunas rejillas habían vuelto a funcionar.

Mara pidió por la radio una comprobación adicional antes de trasladar a nadie.

Darío aceptó y nos indicó que regresáramos por la misma ruta.

Iria miró una última vez el panel. No le pedí que se apresurara.

Sabía que estaba intentando memorizar cada detalle, igual que yo había hecho al encontrar mi nombre en el historial.

En el corredor, Iria me preguntó si creía que su padre había accionado la compuerta aquella noche. Le dije que la nota no bastaba para situarlo allí.

—Busquemos la fecha —respondió. Se guardó la linterna, pero no el plano.

Regresamos al comedor cuando la ventilación empezaba a recuperar su zumbido habitual.

Sabela había preparado bebidas calientes y había colocado mantas sobre las sillas, aunque la temperatura ya no descendía.

Mara revisó mis valores y los de Iria. Leandro habló con Darío junto a la puerta.

No pude oír toda la conversación, pero vi que Darío le enseñaba el plano de la galería y señalaba el panel manual.

Leandro se quedó mirando la referencia durante varios segundos.

Iria se sentó al otro extremo de la mesa. Le llevé un vaso de agua. Dio las gracias sin mirarme. Me quedé a su lado mientras Sabela mandaba a un operario que comiera antes de volver al trabajo.

Iria pidió a Darío los partes de la derivación manual. Él dijo que primero debía comprobar la estabilidad del circuito.

—Dime dónde los guardas. Puedo esperar aquí —respondió ella.

Leandro exigió cotejarlos con los informes de evacuación. Abrí el cuaderno y anoté ambas referencias. Darío asintió: cuando terminara con las lecturas, llevaría las copias al taller.

Pasamos la tarde en el taller. Darío había extendido sobre la mesa varios planos y partes de mantenimiento.

Iria se quedó junto a la ventana, con la chapita metálica entre los dedos.

Yo ordené los documentos por fecha y hora.

Busqué primero la referencia del panel manual y después los registros de presión del ramal que conducía al ala de tratamientos.

La sesión HT-04 de mi código había terminado a las 22:32.

Después me mantuvieron en observación dentro del ala, no conectado a la tubería que se rompió.

Leandro había hablado de tratamientos y equipos como si detenerlos y movernos fueran la misma cosa. Aquella hoja los separaba.

El parte situaba la fuga en una conducción de vapor junto al retorno. Después de la maniobra disminuía el flujo hacia tratamientos y se recuperaba parcialmente en la línea de extracción. Darío siguió ambos ramales con el dedo.

—El cierre no quitaba el calor. Impedía seguir devolviéndolo hacia las salas.

Anoté la referencia al lado del mando. Los números mostraban un efecto, no el nombre de quien lo había hecho.

Seguimos el índice de incidencias de la derivación hasta la carpeta de repuestos.

Darío sacó la hoja correspondiente: tenía otra numeración que los partes diarios, pero remitía al mismo ramal.

En el margen figuraban las iniciales B. S.

y las 23:41: «R-4 aislado. Paso lateral disponible».

Iria se inclinó sin tocarla. La letra se parecía a la del panel; Darío cotejó la fecha antes de dejarla junto al plano.

—Es él —dijo.

Darío no la contradijo. Comprobó la fecha y señaló una referencia a la ruta de evacuación del ala de tratamientos.

La anotación indicaba que el ramal había sido aislado y que se había habilitado un paso provisional hacia el corredor de servicio.

No aparecían nombres de pacientes. Había seis personas trasladadas en ese grupo, según una cifra escrita a mano, y una observación sobre la necesidad de mantener abierta la puerta lateral hasta completar el movimiento.

En el plano recorrí con el lápiz el paso que terminaba en la pared sellada. No cruzaba el corredor principal. Dejé una marca en la lista de traslados para buscar después los códigos del grupo.

Le pregunté a Darío si recordaba haber visto a Brais después de la primera alarma. Se sentó despacio. Durante unos segundos miró las manos que tenía sobre la mesa.

—Lo vi salir hacia el corredor de control —dijo—. Había discutido con los responsables de la lectura. Quería que se detuviera una operación hasta comprobar el retorno.

Darío recordaba haber visto a Brais con Leandro y después volver hacia la zona técnica, cuando preparaban los traslados. No había oído qué le pidió. Sí había escuchado su voz por radio desde la galería: el ramal estaba aislado y el paso lateral se podía usar. Iria acercó la hoja de las 23:41.

—¿Fue su voz? —preguntó Iria.

Darío asintió. La miró por primera vez desde que empezamos a revisar los documentos.

—Sí. Era Brais.

Iria no apartaba la vista de Darío. Él había oído a Brais. Yo miré la hora de la comunicación escrita en el margen.

Buscamos los informes de traslado. Leandro había insistido en que debíamos interpretarlo todo junto, y por primera vez agradecí esa exigencia.

Encontramos una lista incompleta de pacientes evacuados del ala de tratamientos.

Algunos aparecían identificados por código.

Reconocí el mío en una línea cercana al final.

La hora, 23:48, estaba escrita con una tinta distinta, quizá añadida después.

A su lado figuraba la referencia al corredor lateral.

Me quedé mirando el código. No había recuerdo alguno de aquella noche que pudiera confirmar el documento.

Había sido demasiado pequeño o estaba demasiado enfermo para conservar una imagen clara.

Pero la lista me situaba entre las personas que habían salido por la ruta que Brais ayudó a mantener abierta.

Iria se acercó a mi lado. No dijo nada. Le mostré la línea con mi código y después la referencia del corredor. Su respiración cambió, apenas perceptible. No se apartó cuando dejé la hoja sobre la mesa.

Darío colocó juntos el parte, el plano y la lista. Me señaló el código que había encontrado.

—No puedo decir que todos salieran por aquí ni que esta fuera la única medida. Este grupo sí está en el registro.

Volví a mirar la línea de mi traslado.

—Entre ellos yo —dije.

Darío miró la línea de mi código y asintió.

Iria se sentó. Dejó la chapita sobre la mesa y la observó como si hubiera perdido el sentido que le había dado durante años.

Después sacó la copia del hospital que traía de casa.

Brais había ingresado aquella noche con quemaduras extensas y daño respiratorio por inhalación de vapor; la fecha de fallecimiento era el dieciocho de noviembre.

En la carpeta de Darío encontramos el parte de rescate: lo habían hallado junto al mando, después de la llamada de las 23:41.

Los documentos llegaban hasta eso. No decían quién le había ordenado volver ni en qué momento lo alcanzó el vapor junto al mando.

Iria dejó la copia al lado de la lista. Me contó que en su casa se hablaba de su padre como de alguien que había quedado atrapado durante un fallo de instalaciones.

Algunas versiones sugerían que había sido imprudente; otras, que simplemente estaba en el lugar equivocado.

Nunca había sabido qué hacer con aquellas explicaciones.

—Volvió —murmuró.

No respondí. La llamada tenía una hora; la maniobra, un efecto. Ningún papel decía qué había pensado Brais al volver.

Iria se secó los ojos con el dorso de la mano.

No intentó ocultarlo. Me acerqué y me senté a su lado, dejando espacio entre nosotros.

Quise decirle que su padre me había salvado.

La frase parecía demasiado grande para los datos que teníamos y demasiado pequeña para lo que significaban.

Le dije que yo estaba en la lista de quienes salieron por aquella ruta. Ella asintió sin mirarme.

—No lo sabías —dijo.

—No.

—Yo tampoco.

Permanecimos un rato en silencio. Darío recogió los documentos que no necesitábamos y dejó sobre la mesa las copias relacionadas con la galería.

No nos pidió que nos marcháramos. Se limitó a volver a sus herramientas, como si entendiera que aquella habitación tenía que seguir siendo un lugar donde las personas podían permanecer sin encontrar las palabras adecuadas.

Cuando salimos del taller, el edificio había recuperado su ruido habitual.

La ventilación funcionaba y las luces del corredor ya no parpadeaban.

Sabela estaba colocando la cena y Mara hablaba con Leandro cerca de la enfermería.

Nada en sus gestos indicaba que acabáramos de reconstruir una parte decisiva de la noche que había cambiado nuestras vidas.

Iria caminó a mi lado hasta la escalera.

Antes de separarnos me preguntó si podía conservar una copia de los registros.

Le dije que sí y que Darío podía ayudarnos a prepararla.

Iria añadió que no esperaba que aquello arreglara lo que me había ocultado.

Le respondí que lo sabía. Al llegar a mi puerta me despedí. Iria siguió hacia la sala de lectura.

En mi habitación anoté el mando, la comunicación y mi código. Dejé después una línea para la pregunta de Iria: «¿Quién le pidió que volviera?». No podía contestarla con otra lectura de presión.

Antes de despedirnos, Iria me había dicho que no quería volver al despacho sola. Leandro hablaría de sensores; ella quería preguntar por su padre. Le dije que iría con ella. Dejé mi pregunta sobre los años de encierro en la página siguiente.