Capítulo 34 — Diez años
A la mañana siguiente llevé el cuaderno al desayuno. La ventilación había recuperado su ruido. En la página del accidente estaban el mando y mi traslado; en la siguiente, el informe que aún tenía que pedir a Mara. Iria vino a buscarme antes de que pudiera abrirla.
—¿Para qué? —dijo—. Lleva años hablando.
Le enseñé mi hoja. No quería otra versión de aquella noche; quería que respondiera quién había pedido la comprobación.
Leandro nos hizo pasar. Dejó el teléfono cerca de la mano y empezó a explicar que los registros debían interpretarse juntos. Iria puso el parte sobre la mesa.
—Aquí la pidió dirección. ¿Fuiste tú?
Leandro acercó la hoja, sin cogerla.
—Dirección coordinaba las comprobaciones. Esa casilla no dice lo que se habló.
—La primera lectura podía ser un fallo del captador. Había que comprobar.
—¿Se lo pediste tú a mi padre?
Leandro giró la hoja hacia él.
—Brais pidió revisar el retorno. No voy a convertir eso en una orden que el papel no recoge.
Iria mantuvo los dedos en el borde.
—Te estoy preguntando a ti.
Señalé el reverso de C2: apertura de prueba, solicitada por dirección.
—Cuando vine solo dijiste que pedir otra comprobación evitaba parar equipos. Darío os vio hablar antes de que Brais volviera. No oyó qué acordasteis.
Leandro miró la hora.
—Ya te dije que no recuerdo el minuto.
—No te estoy pidiendo el minuto —dije—. Esta prueba se pidió. ¿Hablaste tú con él o se lo pidió otra persona?
Iria retiró los dedos, pero dejó la hoja delante de Leandro. Él no la apartó.
—Hablé yo con él. Brais había pedido revisar el retorno. Le encargué la comprobación. La aceptó.
Iria deslizó la hoja hasta dejarla entre los dos. Yo tenía preparada la pregunta por la hora, pero la dejé sin hacer.
—Después volvió a la galería —dije—. ¿Sabías que iba a bajar?
—Conocía la instalación —respondió Leandro—. Él decidió cómo aislar el ramal.
Iria señaló mi nota de la comunicación de las 23:41.
—Sabemos que lo aisló. Dijo que el paso se podía usar.
Dejé C2 junto a la nota, sin superponerlas.
—La apertura de prueba y el cierre no son lo mismo —dije—. Antes de que lo aislara, ¿quién decidió que volviera allí?
Leandro dejó de mirar las hojas.
—Me dijo que no podía contrastar aquel punto desde control. Tenía que ir allí. Le dije que fuera y avisara.
Iria retiró la mano del papel.
—¿Le dijiste que volviera?
—Sí.
El teléfono vibró sobre la mesa. Leandro no lo cogió. Iria se quedó de pie, apoyada en el respaldo de la silla que no había usado.
—Cuando salió de aquí, ¿qué sabías del vapor? —pregunté.
—No sabía cuánto vapor había entrado. Necesitaba comprobar. Había gente que no podía moverse sola.
—¿Y cerrar el ramal?
—No le di esa instrucción. Me avisó de que iba a aislarlo. Eso lo decidió allí.
No teníamos una grabación de aquella conversación. Darío había oído después la confirmación del cierre. Anoté lo que Leandro acababa de decir en otra columna, lejos de la hora del parte.
—Podías haberlo dicho antes —murmuró Iria.
Leandro se pasó la mano por la boca.
—Sí.
—No era solo que estuviera allí cuando se rompió una máquina.
—No. Yo le pedí que volviera. No le pedí que muriera.
Iria apartó la silla sin sentarse. La frase había llenado el despacho; no nos había dado una respuesta sobre lo que Brais sabía al entrar.
—Eso último no te lo hemos preguntado —dije.
Leandro miró el teléfono. Lo giró boca abajo.
—Pude decidir otra cosa antes de pedir otra comprobación. No lo hice.
Iria cogió la hoja por las esquinas. Yo le pedí a Leandro que incluyera lo que acababa de decir cuando entregara su versión fuera del centro. Contestó que prepararía una relación de hechos.
—Tu declaración —precisé—. Los partes no dicen todas esas palabras.
Asintió. Salimos sin darle la copia. En el corredor Iria se detuvo junto a la ventana.
—Mi padre aceptó comprobar —dijo.
—Eso ha dicho Leandro.
—Y luego hizo otra cosa.
Le señalé la comunicación de las 23:41. Iria miró la hora hasta que bajé el cuaderno.
—Ya la veo —dijo.
Se sentó en el banco del corredor. Yo me quedé de pie, con los papeles abiertos. Al cabo de un rato los cerré y me senté en el otro extremo.
Sacó el móvil. En la pantalla apareció el nombre de su madre, pero no llamó.
—¿Quieres que…?
—Ahora no.
Guardé el cuaderno. Desde recepción llegaba la voz de Leandro, otra vez al teléfono. Iria giró el móvil boca abajo sobre la rodilla.
Cuando Mara vino a buscarme para el control, me levanté. Iria no. Dejé la copia de la radio a su lado.
Mara me hizo el control de la mañana. Apoyé la mano para que colocara el sensor. Desde allí no podía saber si Iria seguía en el banco.
—¿Cuándo dejé de necesitar el tratamiento? —pregunté.
Mara mantuvo la mirada en la pantalla.
—No hubo un único día.
—¿Cuándo se confirmó que estaba estable?
Retiró el sensor y anotó el resultado.
—La estabilidad requiere seguimiento.
—Eso no responde a lo que te he preguntado.
Mara cerró la carpeta. Me dijo que tenía otras revisiones y que hablaríamos después. No discutí.
Darío abrió el archivo clínico de la enfermería antigua para que Mara entregara mi expediente completo.
Me dio la llave mientras ella terminaba los controles del norte.
Entré por la puerta, no por el cuarto de material.
Seguí mi número por los índices hasta las series de resultados y las evaluaciones de continuidad; las hojas recientes eran copias de formularios digitales, impresas y firmadas.
La caja de evaluaciones incluía las fechas de unas pruebas que sí recordaba: la tormenta, la lámpara del taller, la tarta de Sabela. Las puse junto a las recomendaciones que nadie me había enseñado.
Leí los informes por orden. Los primeros hablaban de respuesta sostenida y recomendaban vigilancia.
Más adelante desaparecían las referencias a intervención activa.
Los médicos que firmaban las revisiones utilizaban expresiones cada vez menos urgentes: mantenimiento de resultados, ausencia de deterioro, tolerancia adecuada al esfuerzo.
El seguimiento de diciembre de 2018 registraba estabilidad sin intervención intensiva.
Un documento del 14 de abril de 2020 recomendaba continuar el seguimiento clínico, pero no mencionaba aislamiento ambiental.
Otro proponía valorar una exposición gradual a condiciones exteriores controladas.
Me detuve en esa frase. No decía que pudiera abandonar Nivalta sin riesgo. Tampoco decía que debiera seguir encerrado. Describía un procedimiento posible, sujeto a evaluación, que nunca recordaba haber realizado.
Copié la fecha. Después busqué el informe siguiente. La recomendación volvía a aparecer, acompañada por una nota de que no existían contraindicaciones clínicas actuales para iniciar la valoración. Había una casilla destinada a registrar la decisión. Estaba vacía.
Seguí buscando. Encontré una evaluación del 9 de septiembre de 2021, firmada por dos profesionales externos.
El texto distinguía entre la necesidad de mantener controles médicos y la necesidad de permanecer en un entorno cerrado.
La primera continuaba. La segunda no estaba indicada con los datos disponibles.
Recomendaba una transición supervisada y revisiones posteriores, no una interrupción brusca de la atención.
Habían examinado las pruebas enviadas y hablado con Mara por videollamada; el informe pedía verme fuera para completar la valoración.
No constaba que supieran que yo llevaba años sin cruzar la puerta.
En el margen alguien había escrito «pendiente de decisión familiar e institucional».
La anotación no llevaba fecha. Detrás estaba el borrador de respuesta: «Se aplaza la valoración presencial».
Figuraban el nombre de Mara y la salida por dirección.
Había una copia del envío. No era solo una casilla olvidada.
La respuesta pedía esperar a nuevos controles, pero no proponía una fecha para la visita.
En lo que me habían dejado consultar no había una cita realizada ni una respuesta a aquel aplazamiento. No sabía qué se conservaba fuera.
Cinco años desde aquella evaluación. Seis desde la primera propuesta. Cerré los ojos y oí la puerta del armario al ceder bajo mi mano.
Busqué una indicación de aislamiento en aquellas hojas. No la encontré. Separé el borrador de respuesta de la evaluación para no volver a leerlos como si fueran un solo documento.
Darío vino a buscar un manual. Le mostré la propuesta de transición.
—Esto tiene que verlo alguien que te atienda fuera —dijo.
—¿Preparasteis alguna salida de prueba?
—Hubo conversaciones —respondió.
—¿Y nadie me habló de esas conversaciones?
Darío miró la fecha y asintió con lentitud. Habían pasado años desde entonces.
—Los accesos. Una zona donde hacer controles. Eso sí se habló.
—¿Y por qué no se hizo?
No respondió. Dejó el manual sobre la mesa y se sentó frente a mí.
—Pensé que lo habían pospuesto por tu salud.
—Eso es lo que me dijeron.
Le enseñé las otras fechas. Darío se quedó sentado. No abrió el manual.
Guardé la evaluación y el envío en el cuaderno. Al levantarme me olvidé de la llave. Darío me la alcanzó; se la devolví al terminar de cerrar el archivo.