NIVALTA: Todo es por tu bien Capítulo 32 — Galería 4
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Capítulo 32 — Galería 4

Darío sujetó la puerta con una cuña antes de permitir que avanzáramos, y ese gesto sencillo me hizo comprender que no había entrado en una habitación abandonada, sino en una parte de Nivalta que todavía podía afectar al resto del edificio.

La linterna iluminaba una sucesión de soportes de acero, conductos de distintos diámetros y un pasillo de servicio que desaparecía detrás de una pared de hormigón.

En el suelo había marcas antiguas de pintura amarilla.

Algunas seguían el recorrido de las tuberías; otras terminaban frente a una puerta que alguien había cegado con una plancha metálica.

Darío nos indicó el espacio despejado junto a la pasarela. El conducto de retorno atravesaba la sala por encima de nuestras cabezas y descendía al fondo, donde se dividía en dos ramales. Uno había devuelto aire hacia el ala de tratamientos; el otro permitía desviarlo hacia la extracción.

—Ese es el que hemos abierto —dijo Darío, señalando el segundo ramal—. Saca el aire sin obligarlo a volver por el tramo bloqueado.

Nos mostró la caja de control sin abrirla. Había cables nuevos conectados a bornes antiguos, etiquetas sustituidas y fechas de dos reparaciones. La tapa estaba colocada otra vez. Iria recorría con la vista las señales y los números, como si intentara reconciliarlos con las fotografías de su padre.

El actuador no había respondido desde el panel. Darío señaló la protección cerrada: debajo estaba el volante con el que él y el operario habían completado la maniobra. Por radio confirmaron que las rejillas seguían funcionando. Yo conservaba el plano, pero ya no tenía una tarea que hacer allí.

Leandro preguntó por radio si podían devolver el tramo al servicio.

—La maniobra provisional está hecha. Hay que observarlo —respondió Darío.

Después Leandro quiso saber si habíamos visto señales del antiguo incidente. Darío miró las paredes.

—He encontrado una instalación que no se ha revisado como debía —dijo—. Ahora mismo eso me preocupa más.

Leandro no contestó. Darío siguió hacia el volante sin guardar la radio.

Darío señaló la marca roja del volante.

—Estaba atascado. Por eso bloqueamos la alimentación y comprobamos que no podía moverse antes de trabajar —dijo Darío—. Vosotros no tenéis que probarlo.

Seguí en el plano la pequeña línea que pasaba por debajo. Terminaba en el símbolo del desagüe de agua, separado del conducto de aire.

Mientras Darío señalaba las referencias del plano, mi mirada se desvió hacia una pared lateral.

Había una franja oscura a la altura de mi hombro, interrumpida por marcas de limpieza.

No parecía una mancha uniforme. En algunos puntos seguía el contorno de una antigua instalación retirada.

Me acerqué lo suficiente para ver que los soportes habían sido cortados y que quedaban tornillos embutidos en el hormigón.

Recordé los planos del archivo: en esa pared figuraba una conexión hacia una sala de tratamiento.

En la realidad, la abertura estaba sellada.

—Aquí había otra puerta —dije.

Darío levantó la cabeza. Miró la pared y asintió.

—Un acceso de servicio. Se cerró después.

—¿Después del accidente?

—Sí.

Me acerqué al borde de la plancha. Su unión con el muro era más reciente que la pintura de las tuberías; las juntas tenían polvo.

En el plano, aquel acceso comunicaba con tratamientos.

Si había estado abierto, permitía llegar al corredor de servicio por un paso separado de los equipos, sin cruzar el corredor principal del que había hablado Leandro.

Seguí la conexión en el plano y pregunté si habían usado esa ruta durante el accidente. Darío no recordaba todos los movimientos. Señaló la plancha y el paso separado de los equipos. Iria acercó la luz al dibujo para que pudiéramos compararlos.

Le señalé a Iria la conexión que acabábamos de seguir.

Observó la plancha, el suelo y la altura de los soportes.

Después señaló una línea de pintura que continuaba hacia la puerta sellada.

Parecía una antigua señal de evacuación, aunque la flecha estaba casi borrada.

No dijo nada sobre su padre. La vi tocar el borde de la pared con dos dedos y retirarlos al notar el polvo.

Por la radio llegó la voz de Leandro. El panel central y las rejillas confirmaban que el flujo seguía estable. Darío le recordó que era provisional: faltaba sustituir el actuador antes de devolver el sistema al funcionamiento habitual. Guardó la radio y nos condujo al segundo mando.

Esa derivación estaba en el extremo opuesto de la galería.

Caminamos hacia ella siguiendo una pasarela estrecha.

Bajo nuestros pies había una canaleta de drenaje cubierta por rejillas oxidadas.

En la pared se sucedían números de equipos y flechas de dirección.

Algunos estaban pintados con la misma plantilla; otros habían sido añadidos a mano.

Reconocí el código de la línea de retorno que aparecía en los registros de la noche del accidente.

Darío nos mostró el segundo mando desde la pasarela. Bajo una protección con el vidrio roto había un volante y un indicador mecánico.

—Este aislamiento no se puede hacer desde control —dijo.

Le pregunté si había sido igual en 2016. Miró la referencia y me señaló dónde cotejarla con el plano antiguo. El cierre quedaba sujeto mecánicamente; desde fuera podían comprobar la posición, no cambiarla.

Miré la marca roja del volante. Estaba desgastada, como si hubiera sido utilizada más de una vez. En el metal había pequeñas muescas junto al punto de bloqueo. Darío me pidió que no las tocara. Se inclinó para comprobar que el indicador no hubiera cambiado.

—¿Durante el accidente se cerró desde aquí? —pregunté.

Darío no respondió de inmediato. Examinó la posición de la palanca y señaló un indicador mecánico que todavía conservaba una escala antigua.

—El registro dice que se aisló este ramal —contestó—. Si el mecanismo era el mismo, alguien tuvo que hacerlo desde dentro.

Volví a mirar el volante. Leandro había hablado del control central; aquel mando exigía que alguien estuviera allí.

Seguí el ramal hacia tratamientos y el que llevaba a extracción.

—Si cerraron este, ¿el aire podía seguir saliendo por el otro?

Darío asintió y señaló ambas líneas. Eso no decía quién había girado el volante. Dejé el lápiz junto a la referencia que necesitábamos contrastar.

Iria permanecía en la pasarela. Había sacado la linterna y la dirigía hacia una pequeña placa, fuera de la zona marcada alrededor del equipo.

Cambió el ángulo de la luz. Bajo el polvo aparecieron unas palabras escritas con rotulador oscuro, casi borradas por los años.

No eran una instrucción oficial. La letra era irregular, como si alguien hubiera escrito deprisa sobre el metal.

Iria se quedó inmóvil. Le pregunté qué había encontrado. No respondió enseguida. Sin salir de la pasarela, iluminó la placa desde un lado y leyó en silencio. Darío levantó la cabeza al notar que habíamos dejado de seguir sus indicaciones.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Iria señaló la anotación. La frase decía «Cerrar retorno».

Era breve y estaba acompañada por una flecha que apuntaba hacia la derivación manual.

No entendí por qué le había afectado tanto hasta que la vi sacar del bolsillo la pequeña chapita metálica que llevaba desde el almacén.

La sostuvo junto a la placa, como si necesitara comparar algo que no podía medirse con una regla.

—Es su letra —dijo.

La miré. Tenía los ojos fijos en el panel y la voz apenas le salía.

—La de mi padre.