Capítulo 31 — El edificio falla
Sabela dejó la cesta sobre el suelo y se quedó mirando la rejilla más cercana.
Durante un instante ninguno de los dos se movió.
El edificio seguía iluminado, pero el silencio de la ventilación tenía una presencia física, como si alguien hubiera cerrado una puerta invisible entre nosotros y el resto de las habitaciones.
En Nivalta siempre había algún motor funcionando.
Incluso de noche, cuando los pasos desaparecían y las luces se reducían, las bombas y los ventiladores mantenían un murmullo constante.
Sin él, podía oír el roce de la ropa de Sabela y mi propia respiración con una claridad incómoda.
Darío apareció al fondo del corredor. Llevaba la radio en una mano y una linterna en la otra.
Nos pidió que fuéramos al comedor y que mantuviéramos cerradas las puertas de las habitaciones.
No parecía asustado, pero hablaba más deprisa de lo habitual.
Sabela recogió la cesta y le preguntó si debía apagar los equipos de la lavandería.
Darío respondió que sí y siguió hacia el panel de control.
Fui con Sabela al comedor. Leandro pedía lecturas por teléfono y Mara revisaba los sensores portátiles.
Iria estaba junto a la ventana, con una chaqueta sobre el brazo.
Nos habíamos hablado de un parte y de una cesta de ropa; no de lo que ella me había ocultado.
Cuando me acerqué a la mesa dejó sitio para el plano, no para mí.
Leandro nos explicó que una parte del sistema de ventilación había dejado de responder y que debíamos permanecer juntos mientras Darío comprobaba el alcance del fallo.
No mencionó evacuación. Mara me pidió que me sentara y me preguntó si notaba alguna molestia.
Le dije que no. Me colocó un sensor en el dedo y observó la lectura.
Estaba dentro de mis valores habituales.
Cuando terminó, se volvió hacia Sabela para comprobar que no hubiera dejado a nadie en las habitaciones.
Pasaron veinte minutos. Darío regresó con la camisa manchada de polvo y una expresión que no le había visto durante la avería anterior.
Se acercó a Leandro y habló en voz baja.
No pude distinguir todas las palabras, pero oí «retorno», «compuerta» y «no responde».
Leandro le pidió que repitiera la última lectura.
Darío sacó una hoja doblada del bolsillo y la extendió sobre la mesa.
—El tramo norte no puede sostenerse así —dijo al fin, lo bastante alto para que lo oyéramos—. Si forzamos el ventilador auxiliar, podemos perder también la recirculación del sector habitado.
Leandro le preguntó cuánto tiempo tenían.
Darío respondió que no podía prometer una cifra.
Algunas salas conservaban ventilación residual, pero el circuito principal estaba detenido y la presión seguía cayendo.
Necesitaban abrir una ruta de servicio para acceder al punto de bloqueo.
La ruta habitual estaba cerrada por una compuerta que no respondía desde el panel.
—¿Qué ruta? —pregunté.
Darío me miró. Durante un segundo pareció dispuesto a decirme que no era asunto mío. Después señaló el plano que llevaba doblado bajo el brazo.
—La antigua conexión con el ala de tratamientos.
Leandro negó con la cabeza antes de que terminara de hablar. Dijo que esa zona llevaba años clausurada y que no podían abrirla sin revisar antes las condiciones. Darío apoyó el plano sobre la mesa y señaló dos corredores.
—La otra opción es sacar a todos por recepción y dejar este tramo parado —respondió—. Ya lo estamos preparando. Recuperar aire nos daría tiempo para mover a los del norte sin hacerlo a oscuras ni a toda prisa.
Mara pidió lecturas de las habitaciones alejadas. Los sensores fijos del norte no transmitían datos fiables; Darío necesitaría medir a mano y preparar una salida si la situación empeoraba. Leandro se quedó ante el plano.
Nos dividieron en tareas sencillas. Sabela reunió agua, mantas y linternas.
Mara preparó los controles portátiles y revisó los síntomas de quienes estaban en el comedor.
Leandro llamó a los operarios y pidió que nadie entrara en los corredores clausurados sin autorización.
Darío fue a buscar herramientas. Yo me ofrecí a ayudarlo con el plano.
Uno de los operarios comprobó la ruta de recepción con las auxiliares; el otro acompañaría a Darío.
Mara llamó al servicio de apoyo sanitario antes de volver a los controles.
Las tareas no iban a esperar a que Leandro decidiera cómo llamar a la avería.
—Conoces las referencias antiguas —dijo—. Las miramos desde el descansillo. Las herramientas las llevamos nosotros.
Acepté. Había aprendido suficiente para saber que una instalación averiada podía volverse peligrosa precisamente cuando alguien intentaba arreglarla con demasiada confianza.
Iria se acercó a la mesa y señaló una puerta lateral del plano.
Dijo que la había visto pocos días después de llegar a Nivalta y que recordaba un pasillo estrecho que conducía a una escalera de servicio.
Darío examinó la ruta y le preguntó si estaba segura.
Iria describió una pared con azulejos verdes y un armario empotrado al final.
Él asintió: la escalera seguía existiendo, aunque no sabía si la puerta inferior estaba libre.
Leandro negó con la cabeza cuando Iria pidió bajar.
—Los operarios conocen el recorrido.
—Yo vi el armario verde —dijo ella—. En ese plano la puerta casi no se distingue.
Darío le pidió que lo señalara desde el descansillo. Él y el operario pasarían la puerta inferior; nosotros nos quedaríamos arriba. Leandro exigió la radio encendida. Cogí el plano. Volver a escuchar a Iria me costaba, pero no iba a dejar sin marcar una referencia que ella había visto.
Salimos del comedor con dos linternas y el plano.
Darío y el operario iban delante, con los instrumentos y las herramientas.
Iria caminaba detrás de ellos y yo cerraba el grupo.
El corredor parecía más largo sin el ruido de los ventiladores.
En el descansillo Darío nos dejó la radio; al otro lado de la puerta estaba trabajando gente que sí podía tocar aquellos controles.
Iria reconoció los azulejos verdes y el armario empotrado.
Señaló el giro del plano. Darío y el operario bajaron, y nos quedamos tras la puerta del descansillo.
Desde abajo llegó el ruido de un pestillo antiguo.
Darío anunció por radio que habían abierto el corredor inferior.
Me senté en el escalón más alto, sin soltar el papel.
Dos números llegaron juntos entre chasquidos. Marqué el segundo con un interrogante y empecé a seguir la línea siguiente. Iria señaló la marca.
—¿Ese lo has oído?
Volví al botón de la radio y pedí que lo repitieran. Darío se detuvo. El operario contrastó la placa de la puerta antes de que nos dieran la referencia. Iria miró hacia abajo.
—Están perdiendo tiempo.
—No lo había oído bien.
Me apartó el lápiz de la hoja para que no siguiera trazando. La radio volvió a sonar; esta vez repetí el número completo. Darío confirmó y continuaron.
Encontraron un cierre bloqueado por una barra metálica. Darío pidió luz al operario. Oímos tornillos, un roce y después nada. Iria se levantó del escalón.
—Darío, ¿nos oyes? —preguntó.
La respuesta llegó entrecortada: seguían revisando el cierre. Nos pidió que dejáramos libre la radio. Iria volvió a sentarse sin apartar la vista de la puerta.
—No me gusta entrar a ciegas —murmuró.
Me quedé con el pulgar junto al botón. Quería preguntar qué significaba aquel silencio. Iria miró el plano a mi lado. No pulsamos.
Darío informó a Leandro de que habían llegado al corredor inferior. La respuesta tardó varios segundos. Leandro preguntó si podían dejar la galería cerrada. Darío dijo que el traslado seguía preparado, pero que el mando de la derivación estaba dentro.
—Entramos los dos. Los chicos siguen arriba —añadió.
La radio emitió un ruido seco. Después llegó la autorización. Esperamos mientras revisaban el corredor más ancho, con tuberías a ambos lados. El operario fue nombrando equipos y Darío corrigió dos referencias del plano. Iria se inclinó junto a mí para marcarlas a lápiz.
En una bifurcación, Iria señaló el giro a la izquierda. Busqué la referencia antes de transmitirla. Ella no retiró el dedo mientras yo comparaba las dos marcas. Darío confirmó la dirección. Le pasé el lápiz para que corrigiera el plano; nuestras manos no llegaron a tocarse.
Darío se detuvo junto al panel. Por la radio nos explicó que el bloqueo estaba cerca de la derivación antigua.
La conducción de vapor había sido retirada después del accidente; lo que seguía conectado era el aire.
No bastaba con saberlo por el plano: él y el operario comprobarían la instalación antes de abrir nada.
—¿Es la Galería 4? —pregunté.
Darío tardó en responder por la radio. Después dijo que estaba mirando una placa con la pintura levantada. Todavía podía leerse el número.
—Sí.
Iria escribió el número de la galería en el margen. Le enseñé la referencia de incidencias que Darío me había dado; ella puso la suya al lado. Habíamos pedido esos partes antes de que fallara la máquina. Ahora el mando estaba al otro lado de la puerta, y seguíamos arriba.
La reparación duró más de media hora. Nos pidieron dos códigos y después dejaron de llamar. Iria mantuvo el plano abierto. Cuando Darío regresó con polvo en el pelo y quiso doblar el plano, se lo sujeté por una esquina.
—¿Qué has visto allí?
El operario subió a cotejar las lecturas con el panel y las rejillas del comedor. Habían recuperado circulación por dos derivaciones manuales; el actuador averiado quedaría aislado. Darío esperó a recibir la confirmación antes de respondernos.
Darío dijo que había visto palabras junto a un mando.
—Quiero leerlas antes de que cierren —dijo Iria.
Leandro contestó por la radio que la visita podía esperar. Iria no soltó el plano.
—Si no podemos entrar, dilo —respondió Iria—. Pero apunta qué mando es antes de cerrar.
Darío pidió que le dejáramos terminar la comprobación. Iria bajó la radio y me devolvió el plano. El papel se me había doblado en una esquina; lo alisé sobre el escalón mientras esperábamos.
Darío llamó a Mara. Habían revisado la ruta, la temperatura y la ventilación; no quedaban líneas calientes en servicio ni trabajos eléctricos abiertos.
Los dispositivos seguían bloqueados para impedir una puesta en marcha desde el panel.
Podíamos llegar con él a la pasarela marcada, sin tocar equipos.
Mara vino al descansillo y me preguntó por los síntomas.
Le dije que no había notado ninguno. Miró a Darío antes de aceptar la visita corta.
—Detrás de mí. Por donde os indique —dijo Darío.
Al cruzar el corredor inferior vi los pestillos abiertos y la cinta que señalaba el recorrido.
Lo que había seguido en el plano volvía a tener paredes.
Entré en la galería después de Darío. La linterna reveló una sala larga, atravesada por tuberías y estructuras que no reconocí de inmediato.
Había marcas oscuras en algunas superficies y una hilera de válvulas junto a la pared.
El aire olía a metal frío y a humedad encerrada.
Iria cruzó el umbral detrás de mí y Darío dejó la puerta abierta a nuestra espalda.
Estaba dentro de la Galería 4.