Capítulo 30 — La versión de Leandro
La respuesta de Mara seguía escrita en mi cuaderno cuando Leandro me pidió que fuera a su despacho.
No envió a nadie a buscarme. Me encontró en la sala de lectura, donde intentaba reconstruir una serie de mediciones antiguas, y se detuvo junto a la mesa hasta que levanté la vista.
Tenía la chaqueta puesta, aunque el edificio estaba demasiado cálido para necesitarla, y sostenía entre los dedos una llave pequeña que hacía girar sin darse cuenta.
—Cuando termines, ven a verme —dijo—. Hay cosas que deberíamos hablar.
No pregunté cuáles. Desde la conversación con Mara había esperado que alguien apareciera para explicarme por qué había empezado a revisar los archivos sin permiso.
El hecho de que Leandro utilizara un tono casi cordial me inquietó más que una reprimenda.
Cerré el libro, dejé una señal entre las páginas y lo seguí por el corredor.
Al pasar frente a la enfermería vi a Mara al fondo, inclinada sobre una mesa. No levantó la cabeza.
El despacho de Leandro daba al patio interior.
Había entrado allí muchas veces para recoger material de estudio o pedir autorización para utilizar una sala.
Recordaba el olor de las carpetas nuevas, la planta junto a la ventana y el reloj de pared que adelantaba dos minutos.
Esa mañana la mesa estaba despejada salvo por una jarra de agua, dos vasos y una carpeta sin título.
Leandro señaló una silla y se sentó frente a mí. No abrió la carpeta.
—Mara me ha dicho que has encontrado documentos del antiguo programa clínico —empezó.
—He encontrado mi historial.
—Lo sé.
La facilidad con que aceptó la afirmación me dejó sin una de las preguntas que había preparado.
Leandro sirvió agua en los dos vasos y me explicó que durante los primeros años de Nivalta se habían tomado decisiones en circunstancias que yo no podía recordar.
Algunas habían sido clínicas; otras, técnicas.
Después del accidente, añadió, se había intentado mantener la estabilidad de un centro que albergaba a personas vulnerables.
Hablaba sin prisa, como cuando explicaba una norma nueva a alguien que ya conocía las anteriores.
El teléfono interrumpió la explicación. Leandro confirmó un turno del ala norte y pidió que le pasaran una revisión concertada fuera. Después volvió a mi vaso.
—Yo llevaba el funcionamiento y las comunicaciones con la propietaria. La medicación correspondía a los responsables clínicos.
Las estancias del norte seguían pagando parte del edificio. Mi expediente, en cambio, salía resumido y volvía a su mesa.
—Quiero saber por qué me contasteis que hubo un movimiento del terreno —dije.
Leandro sostuvo el vaso sin beber. Me respondió que aquella expresión se había utilizado para describir una alteración del entorno que no podían evaluar con seguridad en ese momento.
Le recordé lo que Darío había dicho sobre una acumulación localizada en el circuito. Leandro no negó el fallo técnico.
—Una cosa no excluye que se consideraran otros riesgos —contestó—. En una emergencia no puedes esperar a conocer todas las causas antes de proteger a la gente.
—Pero sí puedes contar después lo que ocurrió.
Dejó el vaso sobre la mesa. Me miró con una paciencia que antes me habría tranquilizado.
Dijo que la información había llegado fragmentada, que algunos instrumentos mostraban valores contradictorios y que las primeras decisiones se tomaron mientras el personal intentaba distinguir un fallo real de una lectura defectuosa.
Según él, no existía un relato sencillo que pudiera transmitirse sin provocar confusión.
Le pregunté por la lectura de Brais. Leandro abrió la carpeta, pero no me la acercó. Uno de los sensores había dado problemas durante las semanas anteriores. Según él, pedir otra comprobación había evitado una interrupción innecesaria de equipos mientras se preparaba el traslado.
—En el parte pone que la pidió dirección —dije.
—Era el procedimiento.
—No pone quién la hizo.
Volvió a la hoja que tenía subrayada.
—¿Se hizo esa comprobación?
—Se intentó.
—¿Antes de que aumentara la presión?
Leandro colocó la mano sobre la carpeta.
—No puedes interpretar una noche entera con dos hojas que has encontrado en un archivador.
Darío me había enseñado a comparar las hojas. Leandro había puesto la mano encima. Le pregunté qué se decidió al recibir la primera lectura anómala.
Leandro se levantó y fue hasta la ventana.
Desde allí se veía el banco del patio donde Sabela dejaba a veces las macetas durante el invierno.
Permaneció un rato observándolo antes de responder.
Me habló de una evacuación parcial, de pacientes que no podían desplazarse sin asistencia y de trabajadores que necesitaban mantener los sistemas activos mientras se cerraban determinadas salas.
Dijo que detenerlo todo de inmediato también habría tenido consecuencias.
Había personas conectadas a equipos y procedimientos que no podían interrumpirse sin preparación.
Miré la puerta del despacho. En el ala norte había personas que no podían llegar a recepción sin ayuda. Volví a la carpeta que Leandro seguía sin acercarme.
—¿Mi tratamiento seguía en marcha? —pregunté.
Se volvió hacia mí.
—Tu situación era especialmente delicada.
—Eso no responde.
—Había mejorado, Ivo. Y habíamos aprendido lo rápido que podías empeorar.
Me habló de los resultados clínicos que yo mismo había comprobado.
No intentó negar la mejoría ni las reacciones adversas.
Dijo que el programa había ofrecido una oportunidad cuando las alternativas eran limitadas y que quienes trabajaban allí habían tenido que decidir entre riesgos imperfectamente conocidos.
Algunas decisiones, reconoció, se habían revisado después.
Otras se habían mantenido porque nadie podía asegurar que cambiar las condiciones fuera seguro.
La mejoría era real. Yo había visto las tablas. Leandro seguía hablando de aquella mejoría como si explicara todos los años que vinieron después.
—¿Y cuando dejé de ser un niño? —pregunté—. ¿Quién decidió que siguiera aquí?
Leandro admitió que las medidas temporales habían durado más de lo previsto. No dijo cuánto más ni quién había fijado el límite. Una exposición breve y mis controles normales, añadió, no descartaban todos los riesgos.
—Entonces, ¿por qué no preparasteis una valoración fuera?
Miró el vaso.
—Podríais haberme explicado los riesgos —dije—. Podríais haberme dejado participar.
Leandro bajó la mirada hacia sus manos. Durante unos segundos dejó de parecer el responsable que siempre encontraba una norma para cada problema.
—Debimos preparar esa valoración antes —dijo.
—Quiero pedirla ahora. Fuera. Con mis informes completos.
Leandro acercó la carpeta a su lado de la mesa.
—Podemos revisar primero lo que tienes con Mara.
—Eso ya lo estoy haciendo. Quiero que me vea alguien que no haya decidido que me quede aquí.
No me dio un teléfono ni una fecha. Se quedó con la mano sobre la carpeta.
Leandro dijo que una visita fuera requería organizar los cuidados y que no iba a improvisarla en el despacho. Le pregunté qué necesitaba para empezar. Respondió que reuniría los informes. Lo anoté junto a mi petición, dejando la casilla de fecha vacía.
Volví a la noche del accidente. Le pregunté a qué hora se había ordenado la evacuación. Leandro respondió después de una pausa breve.
—Poco después de las veintitrés. Recuerdo que acabábamos de recibir la segunda confirmación.
Lo dijo con una seguridad que me hizo pensar en el reloj de pared.
En mis notas, C2 estaba fechada a las 23:26.
No era solo una apertura de retorno: el reverso del parte la identificaba como apertura de prueba para esa comprobación, con el mismo número de registro.
Si Leandro hablaba de C2, aquella hora aproximada no encajaba bien con la secuencia.
Le pedí que repitiera la hora. Lo hizo, con una precisión menor: alrededor de las once. Le pregunté si estaba seguro de que hablaba de la orden de evacuación y no de una comprobación posterior. Leandro frunció el ceño.
—Fue una noche complicada. Puede que recuerde mal el minuto exacto.
No insistí. La hora que recordaba era aproximada; todavía no podía convertirla en una diferencia de minutos.
Tampoco quería revelar qué documentos había copiado antes de revisarlos de nuevo.
Leandro cerró la carpeta y me preguntó si había hablado con Iria de todo aquello.
Le dije que últimamente no investigábamos juntos. Asintió sin mostrar sorpresa.
—Su padre era un buen técnico —dijo—. Lo que pasó con él fue una desgracia.
Le pregunté qué hizo Brais después de advertir la anomalía. Leandro dijo que no quería especular sobre una persona fallecida. Dejó la carpeta cerrada entre los dos. No la abrió cuando me levanté.
Al salir del despacho pasé por el taller.
Darío estaba revisando un panel de control portátil.
Me preguntó si había visto a Leandro. Asentí.
Quise contarle la contradicción horaria, pero había dos operarios trabajando cerca de la puerta.
Darío siguió ajustando el panel y me indicó que no me acercara a los cables.
Su voz sonaba normal, aunque tenía una arruga de concentración entre las cejas.
En mi habitación cotejé el número de parte: la apertura de prueba de R-4 correspondía a C2, a las 23:26.
Escribí tres posibilidades bajo el recuerdo aproximado de Leandro: una hora imprecisa, otra confirmación, una secuencia contada al revés.
Dejé sitio para el registro de comunicaciones.
Sin él no podía fijar la hora de la orden.
Estaba anotando esa diferencia cuando el sonido de la ventilación cambió.
Al principio fue un descenso leve, como el que había oído durante la avería anterior.
Después llegó un golpe metálico desde el corredor técnico y las lámparas parpadearon.
Esperé a que el sistema recuperara su ritmo. No lo hizo.
Abrí la puerta. El aire del pasillo parecía inmóvil.
A lo lejos se oyó a Darío llamar a alguien por la radio.
Una alarma breve sonó dos veces y se interrumpió.
Sabela apareció desde la lavandería con una cesta en las manos y preguntó si habían vuelto a romperse las máquinas.
Antes de que pudiera responderle, las rejillas del techo dejaron de emitir el zumbido habitual.
Esta vez el silencio no duró unos segundos. Se extendió por todo el corredor.