Capítulo 29 — Las correcciones de Mara
Durante dos días no volví a la enfermería antigua. Abrí los manuales de evaluación junto a la copia que conservaba: una prueba interrumpida por reacción respiratoria debía registrarse como incidencia y revisarse antes de autorizar la siguiente sesión.
No encontré esa revisión en el resumen. Al llegar a la corrección azul, dejé en blanco el espacio del nombre.
Busqué entre los manuales de la sala la instrucción sobre cambios de criterio. Exigía fecha, iniciales y motivo. Copié la referencia del apartado.
Aquella tarde pedí a Mara las referencias de los criterios antiguos. Me las dio junto al control de ese día. Advirtió que los aparatos de mi adolescencia no eran los de las primeras pruebas. Me llevé las referencias; todavía no le pregunté por las iniciales.
Al día siguiente pedí a Darío la llave para cotejar criterios con mis copias.
Leandro ya sabía que revisaba mi expediente.
En el archivo secundario puse las versiones por fecha: antes, una interrupción respiratoria exigía revisión; después, ciertas interrupciones podían ser tolerables si los valores volvían al intervalo durante la observación. Dejé ambas abiertas.
La modificación llevaba iniciales y fecha, y remitía a supervisión clínica sin nombre completo. No era la hoja de C. V. Busqué mi incidencia en el registro: el criterio cambió antes de que varias sesiones pasaran a aceptables.
En mis hojas el cambio estaba aplicado. No encontré si lo habían propuesto por mí o por otros pacientes.
Encontré también un registro de reacciones adversas.
Estaba incompleto, como tantos documentos de aquella época, pero conservaba varias líneas con mi código clínico.
En una de ellas aparecía una observación escrita a mano sobre un episodio de dificultad respiratoria.
La clasificación original había sido tachada y sustituida por otra menos grave.
Debajo figuraba una anotación breve: «Revisado por M.
L.». No era una firma completa. Sin embargo, la fecha coincidía con un día que Mara había mencionado cuando me contó que yo había mejorado después de una semana difícil.
Copié «Revisado por M. L.» junto a las dos incidencias y cerré los archivadores. Llevaba las referencias que Mara me había dado y el cambio fechado que acababa de encontrar.
Salí con la copia para Mara. Iria pasaba con una cesta de ropa; le abrí la puerta de lavandería. Me preguntó si volvía al taller.
—A enfermería. Voy a preguntárselo a ella.
Asintió y entró con la cesta. No le enseñé el cuaderno.
Mara estaba preparando una bandeja de material.
Cuando entré, me preguntó si había olvidado algo después del control.
Le dije que quería hablar de los registros antiguos.
Apartó la bandeja y abrió la carpeta de mi adolescencia por la gráfica del día en que terminé una prueba sin detenerme.
Sabela había hecho una tarta; Darío me había regalado una pieza de madera.
Yo también recordaba aquel día. Me senté.
Abrí el cuaderno por las dos incidencias. Puse al lado la referencia del criterio, sin cubrir la gráfica.
—Hay una reacción que aparece como moderada y después como leve —dije—. Y una prueba interrumpida que figura como completada en el resumen.
Mara apoyó las manos sobre la mesa. La luz de la ventana le marcaba pequeñas líneas alrededor de los ojos que yo no recordaba haber visto cuando era niño.
—Es el resumen —respondió.
—Por eso he buscado las hojas originales.
Le enseñé la copia de la anotación «Revisado por M. L.». Mara la observó durante un rato. No me preguntó dónde la había encontrado. Se limitó a cerrar los ojos un instante y a dejar el papel sobre la mesa.
—Yo revisé esos episodios —dijo.
Le pregunté si había cambiado la clasificación para que el tratamiento continuara. Mara miró las dos incidencias. Tardó en responder.
—Pensé que compensaba continuar. Con más vigilancia.
—¿Los demás también?
—No todos lo veíamos igual.
Le pregunté si habían registrado los desacuerdos. Mara dijo que no todos los documentos se conservaban. Señalé la fecha de los criterios y después C. V.
—Esa casilla es el visto bueno —dijo—. Mis revisiones son estas.
Movió una hoja, no la otra. La autorización pasaba por supervisión clínica; con dos iniciales no quiso darme un nombre. Anoté «registro de autorizaciones» junto a C. V. y volví a la fecha de mis sesiones.
Mara se levantó para cerrar la puerta de la enfermería. No echó la llave. Regresó a la mesa y se sentó frente a mí, sin el escritorio entre nosotros.
—Estabas muy enfermo, Ivo. Después mejoraste.
Acercó la hoja de evolución. No la retiré.
—Lo he visto —dije—. ¿Cuándo pude decidir yo?
—Al principio decidíamos nosotros —dijo—. Eras pequeño.
—Y después.
Mara pasó el dedo por la carpeta.
—Seguimiento. Prevención.
—¿Hasta cuándo?
—Nunca hubo un momento tan claro como te gustaría —dijo.
—¿Y por eso seguí aquí?
Mara se pasó una mano por el pelo. Me dijo que el accidente había cambiado las condiciones de seguridad y que durante mucho tiempo consideraron arriesgado alterar mi entorno.
Le recordé que había respirado aire exterior sin sufrir la reacción inmediata que me habían anunciado.
No le conté todos los detalles de la compuerta, pero sí que había estado expuesto durante varios minutos.
La expresión de Mara cambió. Se inclinó hacia mí y me preguntó cuándo había ocurrido, si había notado mareos, dolor o dificultad respiratoria y por qué no se lo había dicho.
Contesté a sus preguntas con la misma precisión que había utilizado en mis notas.
Ella escuchó, comprobó mi pulso y me pidió que le permitiera hacer una medición.
Accedí. Durante unos minutos volvimos a ser la madre y el hijo que conocían de memoria aquel procedimiento. La máquina registró valores normales.
—Una exposición breve no demuestra que todos los riesgos hayan desaparecido —dijo.
—Lo sé. Pero tampoco demuestra que tenga que vivir encerrado.
Mara dejó el sensor sobre la mesa. No discutió esa diferencia. Se quedó mirando los resultados como si esperara que la máquina le ofreciera una respuesta que no dependiera de ella.
Le pregunté entonces por Brais Soria. Había decidido hacerlo antes de entrar, aunque no sabía si me atrevería cuando llegara el momento. Mara levantó la cabeza. Su reacción fue mínima: una pausa, un movimiento de los dedos sobre el borde de la mesa. Pero había escuchado el nombre.
—Darío dice que advirtió una lectura anómala antes del accidente —continué—. Quiero saber qué pasó después.
Mara apartó la hoja de resultados.
—No puedo hablar de eso.
—¿No lo recuerdas o no quieres contármelo?
Mantuvo el bolígrafo sobre la mesa, sin escribir.
—De tus registros estoy hablando contigo. De Brais, ahora no.
Quise insistir. Señalé la hora de fin de mi sesión en las notas. Mara acercó la hoja, pero no volvió a hablar. La dejé sobre la mesa para que pudiera leerla.
Me levanté. Mara quiso acompañarme hasta el corredor, como hacía después de los controles.
Le dije que podía ir solo. Se quedó junto a la mesa y me pidió que volviera si notaba cualquier molestia.
Asentí, aunque no sabía si podía seguir escuchando aquella preocupación sin pensar en las hojas que había corregido.
En mi habitación guardé las copias. Tenía una admisión de Mara sobre mis registros y una pregunta que seguía sin contestar: qué ocurrió después de que Brais pidiera detener la operación.
Abrí el cuaderno y escribí su nombre. Debajo anoté la respuesta exacta de Mara: «De Brais, ahora no».
La palabra ahora me hizo detener el lápiz.
No era una negativa definitiva, pero tampoco una promesa.
Apagué la lámpara sin cerrar el cuaderno.
Por primera vez en mucho tiempo no me preocupaba tanto lo que había ocurrido con mi cuerpo como lo que los adultos habían sido capaces de decidir unos por otros.