NIVALTA: Todo es por tu bien Capítulo 28 — Respuesta favorable
74%

Capítulo 28 — Respuesta favorable

Volví a la enfermería antigua con una hoja de mis controles actuales y el esquema de Darío. Tenía una fecha para el ingreso y otra para la avería. Entre ambas seguía la expresión «respuesta favorable».

Ya le había contado a Iria lo que Darío recordaba de su padre. No habíamos vuelto a hablar de ello. En el desayuno se rio de algo que dijo Sabela. Estuve a punto de volverme. Seguí hasta mi sitio.

Mara me había citado por la tarde. Esperé a que Darío terminara de pasar con el carro y fui al cuarto de material. Necesitaba algo que pudiera poner delante de ella.

La antigua enfermería seguía oliendo a cartón húmedo y a desinfectante envejecido.

Entré por el cuarto de material, aparté la cortina enrollada y levanté el pestillo interior.

La lámpara de exploración proyectaba una sombra sobre la mesa aunque no tenía bombilla: la luz del corredor entraba por la puerta y recortaba su brazo articulado contra la pared.

No encendí la iluminación del techo. Me bastaba con acercar los papeles a la ventana estrecha, y prefería no dejar una señal visible de mi presencia.

Encontré el sobre en el mismo separador y comprobé el número de identificación. «Respuesta favorable». Al principio me había sonado a una fórmula para ocultar algo. Esta vez busqué los resultados que debían sostenerla.

Encontré una carpeta de tablas ordenadas por códigos.

Varias referencias coincidían con mi sobre.

Fecha, esfuerzo, saturación durante la prueba, recuperación: columnas que Mara todavía utilizaba conmigo.

En el anexo figuraban ejercicios graduados, hidroterapia y observación posterior.

HT-04 era el código de la sala; las tablas comparaban el tiempo y la intensidad de las sesiones.

La medicación estaba en otra hoja. Las puse una junto a otra para no mezclarlas.

Extendí tres hojas del mismo tipo de prueba. Al principio había suspensiones y recuperaciones largas; semanas después, mayor tiempo de esfuerzo y recuperación más rápida. Dejé aparte una hoja sin encabezado.

Puse la medicación junto al anexo de agua y ejercicios. Aquellas tablas no separaban qué parte de la mejoría se debía a cada cosa.

Me senté en la camilla. El vinilo frío crujió bajo mi peso. Recordé a Mara contando mis respiraciones durante una noche de fiebre. Había estado peor. Había mejorado. Dejé las hojas sobre mis rodillas, sin poder decidir qué pregunta hacerle primero.

Una hoja autorizaba continuar y remitía a anexos ausentes. La firma era ilegible. La dejé junto a los resultados, sin taparlos.

Al buscar el anexo encontré una serie de hojas de incidencias.

Eran formularios más estrechos, con espacio para describir reacciones durante las sesiones y medidas adoptadas después.

Algunas estaban en blanco. Otras mencionaban mareos, interrupciones del tratamiento y cambios de intensidad.

En una aparecía una anotación sobre una reacción respiratoria que había obligado a detener una prueba.

Sentí una punzada de reconocimiento al leerla.

Mara me había contado episodios parecidos de mis primeros años, aunque nunca los había relacionado con una sala de hidroterapia.

La hoja llevaba una corrección en tinta azul.

Una cifra estaba tachada y sustituida por otra.

Me acordé del protocolo HT-04 y de la letra de Mara.

Busqué la fecha de aquella incidencia en la tabla de seguimiento.

El registro general describía una sesión completada dentro de los parámetros previstos.

La hoja de incidencias, en cambio, anotaba una interrupción anticipada.

Podían corresponder a momentos diferentes de una misma sesión, pero ambas llevaban el mismo código y la misma hora de inicio.

En otra fecha encontré una reacción moderada reclasificada como leve. Copié ambos códigos y la hora de inicio. No tenía los criterios que permitieran decidir si la revisión estaba justificada.

Copié las dos incidencias y sus valores en el cuaderno y en una hoja para Mara. Devolví los originales y doblé la hoja antes de salir.

Cuando salí, Sabela estaba colocando una cesta de ropa en el corredor. Me preguntó si buscaba a Darío. Le dije que había estado revisando material antiguo. Me miró por encima de la cesta, evaluando la respuesta.

—No vayas a sacar una alergia de tanto polvo —dijo—. Luego Mara me culpa por no haberte dado un pañuelo.

Me ofreció uno de tela. Lo acepté y la ayudé a llevar la cesta hasta la lavandería. Durante el trayecto habló de una funda que había encogido en el lavado y de la paciencia que necesitaba para clasificar ropa de distintas épocas.

Por la tarde Mara me esperaba con el aparato de medición preparado. Me pidió que me sentara y colocó el sensor con la familiaridad de siempre. Mientras esperaba el resultado, le pregunté si recordaba cómo eran mis pruebas cuando era pequeño.

—Eran más difíciles para ti —respondió—. Te cansabas antes.

—¿Mejoré con el tratamiento?

Mara levantó la vista. No pareció sorprendida por la palabra, pero dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Sí. Mejoraste mucho.

—La manta te daba calor —añadió—. Tenía que cambiarla entre una prueba y otra. Y después pedías agua.

Puso el vaso al alcance de mi mano. No sabía dónde dejar la copia que llevaba doblada.

—Entonces estabas contenta —dije.

Mara tardó en responder.

—Cuando estabas mejor, sí.

Mara anotó el resultado actual.

—Lo que dije de los viajes de Darío no demostraba que yo pudiera irme con él —le dije.

Dejó la punta del bolígrafo sobre la casilla.

—No.

—Pero quiero que alguien me diga qué necesitaría para hacerlo. No solo que espere.

Mi madre señaló el resultado de hoy.

—Con todos los informes, Ivo.

—También con estos.

Dejé la copia doblada sobre la mesa y le pedí el control reciente antes de salir.

En mi habitación puse las fechas de las incidencias junto a las evaluaciones que autorizaban continuar. Las reclasificaciones se concentraban alrededor de ellas.

Alrededor de «respuesta favorable» marqué las fechas de las dos incidencias reclasificadas. Al día siguiente buscaría los criterios usados para cambiarlas.