Capítulo 27 — Darío habla hasta donde puede
Darío no me buscó al día siguiente. Lo vi durante el desayuno, sentado junto a Leandro, y más tarde cruzó el patio interior con una caja de herramientas.
Hablaba con Sabela sobre una puerta que se atascaba cuando llovía.
Si alguien hubiera observado su comportamiento desde fuera, no habría encontrado nada extraño.
Yo, en cambio, recordaba cada pausa de la conversación del taller y la manera en que había pronunciado la frase sobre el accidente.
Busqué en los manuales el retorno del esquema de Darío. Encontré ejemplos de fallos limitados a una sala y de evacuaciones que no vaciaban todo el edificio. Dejé señalada una pregunta: por qué habían evacuado en Nivalta.
A media tarde fui al taller. Darío estaba sentado frente a una mesa cubierta de piezas pequeñas.
No pareció sorprendido al verme. Me señaló una silla y siguió ajustando un mecanismo durante unos minutos.
Yo esperé. Había aprendido que interrumpirlo cuando estaba concentrado solo conseguía que repitiera el trabajo desde el principio.
—He revisado lo que me explicaste —dije cuando dejó la herramienta.
—Ya me lo imaginaba.
Le enseñé mis notas. Había separado los datos de las hipótesis y marcado las partes que no podía comprobar. Darío las leyó despacio. Corrigió una flecha del esquema y me dijo que la presión no se comportaba siempre como yo había dibujado. Después señaló una de mis preguntas.
—Esto sí importa.
Había escrito: «¿Por qué se evacuó si el problema estaba en un circuito?
». Darío dejó el lápiz sobre la mesa y se levantó para cerrar la puerta del taller.
No echó la llave. Se limitó a comprobar que el pestillo encajaba.
El gesto me hizo pensar en todas las veces que habíamos hablado allí sin preocuparnos por quién podía escucharnos.
—Hubo vapor donde solo debía pasar aire —dijo—. Una fuga en la línea que calentaba el agua de tratamientos, junto al retorno de Galería 4. Al principio no sabíamos cuánto había entrado en el conducto.
Darío dibujó una flecha desde la fuga hacia el retorno y otra hacia las salas.
—Por aquí podía ir el aire caliente antes de volver a mezclarse. Intentamos cortar la línea y separar los ramales. Algunos pacientes ya salían; otros necesitaban ayuda.
Le pregunté por los filtros. Negó con la cabeza.
—El filtro no cierra una fuga ni quita el calor.
—¿Y por qué se habló de un accidente geológico?
Darío apoyó las manos sobre la mesa. Me dijo que después de la evacuación se habían mezclado explicaciones técnicas, decisiones de seguridad y mensajes destinados a tranquilizar a las personas que permanecían en el centro.
Algunas versiones habían simplificado lo ocurrido hasta convertirlo en algo distinto.
No sabía quién había elegido las palabras exactas que llegaron a mí.
Tampoco quiso atribuir la decisión a una sola persona.
—Pero tú sabías que no era cierto —dije.
—Sabía que el problema empezó dentro.
La respuesta me obligó a callar. Había esperado que Darío negara su participación o que acusara a Leandro. En lugar de eso, aceptaba una parte de responsabilidad sin explicarme cómo había convivido con ella durante tantos años.
Me habló de los sensores. No todos habían dejado de funcionar durante el incidente.
Algunos registraron valores coherentes entre sí, mientras otros mostraban lecturas que resultaban difíciles de interpretar.
Había habido discusiones sobre qué instrumentos eran fiables y sobre la conveniencia de detener determinados equipos.
Darío no recordaba todos los números, pero sí el desacuerdo.
Me dijo que una instalación podía parecer estable desde un panel de control y estar comportándose de otra manera en un punto concreto.
—Entonces alguien vio el problema antes de que evacuaran —dije.
Darío asintió. No añadió nada. Le pregunté si había sido él. Se quedó mirando el esquema y negó con la cabeza.
—Yo estaba revisando otra sección cuando empezaron las llamadas.
—¿Quién avisó?
Tardó en responder. En el pasillo se oyó el ruido de un carro y una voz que no distinguí. Darío esperó a que se alejara.
—Brais Soria insistió en que había una lectura que no cuadraba —dijo.
Brais Soria. La fotografía de la segunda fila, la lona que Iria había vuelto a colocar, la chapita en su bolsillo. Darío acababa de situarlo junto a una lectura que había pedido revisar.
—¿Qué lectura? —pregunté.
—Una diferencia de presión en el retorno. No era la única, pero fue la que más discutieron.
—¿Por qué discutieron?
Darío me explicó que el instrumento había dado problemas y que se discutió si detener equipos o comprobar primero. Brais pidió revisar el tramo.
—Lo vi hablando con Leandro antes de que volviera a la zona técnica —añadió—. Yo iba a otra sección. No oí lo que acordaron.
Le pregunté si la lectura probaba ya la fuga. Negó con la cabeza: el parte de la tubería y la temperatura del conducto habían permitido relacionarla después.
Esperé a que continuara. Darío no apartó la vista del esquema. Tuve que hacer la pregunta que había evitado hasta entonces.
—¿Brais murió esa noche? —pregunté.
Darío bajó la mirada. No respondió de inmediato. Cuando habló, lo hizo con una voz más baja.
—Murió a consecuencia de lo que ocurrió entonces.
No añadió detalles. Le pregunté si había estado en la zona afectada durante la evacuación.
Dijo que no podía reconstruir todos sus movimientos.
Había habido confusión, cambios de órdenes y personas que regresaron a buscar equipos o documentos.
No sabía qué parte de aquello correspondía a Brais.
Lo único que podía afirmar era que había advertido una anomalía y que su preocupación no había sido tomada como una simple extravagancia por todos los técnicos.
Pensé en Iria y en la chapita. Darío acababa de nombrar una petición de su padre que ella quizá llevaba años sin poder confirmar.
—¿Y mi historial? —pregunté—. ¿Sabes por qué aparezco en los registros anteriores al accidente?
Darío negó con la cabeza. Me dijo que conocía la existencia de tratamientos especiales, pero no había participado en las decisiones clínicas ni tenía acceso a los expedientes de pacientes.
Sabía que algunas instalaciones se habían adaptado para procedimientos concretos.
No podía decirme quién había autorizado cada sesión ni qué resultados se esperaban.
Cuando mencioné la expresión «respuesta favorable», frunció el ceño y respondió que era una fórmula clínica demasiado general para interpretarla desde un parte de mantenimiento.
—Mara sí lo sabe —dije.
Darío miró hacia la puerta. Dijo que Mara había atendido a pacientes durante aquellos años, pero se negó a describir su papel con más detalle. No conocía de primera mano todas sus decisiones. Volvió al esquema.
Le pregunté por Leandro. Darío dijo que estaba al tanto de la preparación del traslado.
—Estaba con Brais —le recordé.
—Sí. Lo que le pidió tiene que decirlo él. Yo puedo contar que los vi.
Señaló la referencia de las incidencias que habíamos anotado el día anterior. Los partes de maniobra debían cotejarse con las listas, no solo con las bombas.
—Eso ya lo he hecho —respondí.
—Entonces sabes que las piezas no encajan todavía.
Asentí. Mi historial y los partes de bombas tenían fechas que podía cotejar. La decisión de mantenerme allí seguía sin aparecer.
Darío abrió la puerta del taller y me pidió que le ayudara a llevar unas cajas al almacén.
Acepté. Trabajamos durante un rato sin hablar del accidente.
Me indicó dónde colocar las piezas más pesadas y se quejó de que los fabricantes cambiaran los nombres de los recambios cada vez que actualizaban un catálogo.
La normalidad de la tarea me permitió respirar con menos esfuerzo.
No había notado que estaba conteniendo el aire durante parte de nuestra conversación.
Al separarnos, Darío me detuvo junto al corredor.
—La avería estaba dentro. Eso lo sabía. No vi los informes que proponían sacarte después. Me conformé con que Mara dijera que todavía no se podía. Tendría que haber preguntado qué había cambiado.
Le dije que iba a seguir buscando. No me pidió que dejara de hacerlo.
Encontré a Iria junto a Sabela. Esperé a que terminara de hablar y le pregunté si podía enseñarle una cosa. No la llamé al taller.
—Darío dice que tu padre pidió comprobar una lectura del retorno —le dije, abriendo el cuaderno.
Iria leyó la frase.
—¿Lo oyó?
—Eso me ha dicho. Vio a tu padre hablando con Leandro. No oyó qué acordaron.
Me pidió la referencia del parte. Se la copié en una hoja y se la di. No cogió mi cuaderno.
—Esto no arregla lo que te oculté —dijo.
—No te lo estoy dando para eso.
Dobló el papel. No me preguntó si quería sentarme con ella.
En la cena, Leandro anunció que Darío había terminado de revisar la avería y que el circuito funcionaba.
Mara preguntó por mis síntomas. Dije que no tenía.
Darío escuchó sin levantar la vista del plato.
Iria estaba al otro lado de la mesa. Yo había crecido creyendo que todos hablábamos del mismo Nivalta.
Después de cenar marqué la referencia que le había dado a Iria. Había escrito lo que Darío decía recordar, no una conclusión sobre el accidente.
Dejé el cuaderno abierto mientras preparaba la ropa del día siguiente. Desde la habitación ya no podía saber si Iria seguía leyendo la hoja o si la había guardado. No fui a buscarla.