Capítulo 26 — El registro de bombas
A la mañana siguiente, cuando bajé a desayunar, Iria estaba sentada junto a la ventana del comedor.
Tenía un libro abierto delante y una taza entre las manos, pero no levantó la cabeza al oír mis pasos.
Sabela había colocado dos platos en el extremo de la mesa donde solíamos sentarnos juntos.
Cogí uno y me instalé cerca de Darío, que discutía con Leandro sobre el tiempo que tardaría en llegar una pieza de recambio.
Nadie comentó el cambio de sitio. Esa discreción me produjo alivio y, al mismo tiempo, la impresión de que todos habían visto algo que preferían no nombrar.
Darío tenía una herida en el dorso de la mano.
—¿Te la hiciste en la avería?
—Una abrazadera decidió defenderse. Pásame la sal.
Le pregunté por el actuador que habían sustituido. Darío dijo que el circuito respondía, pero todavía faltaba el recambio definitivo: no pensaba dar por buena la solución por una mañana sin alarmas. Leandro seguía enfrente. Dejé las demás preguntas para el taller.
Al terminar mis ejercicios fui al cuarto de mantenimiento. Darío me vio desde la puerta y dejó de limpiar una carcasa.
—Puedes sentarte aquí. La ruta ya está revisada. Las tareas de dentro siguen conmigo.
Señaló la silla junto a la entrada. No me entregó una herramienta. Me senté y saqué el cuaderno.
—Quiero aprender a leer los registros de presión —dije.
—Ya sabes leerlos.
—Los actuales. No entiendo cómo se comparan con los antiguos.
Darío dejó la carcasa a un lado. No me miró enseguida. Se limpió los dedos con un trapo y señaló un archivador gris junto a la mesa.
—Empieza por las tablas de calibración. Si comparas números de aparatos distintos sin saber cómo estaban ajustados, vas a descubrir fantasmas.
Me alegró que no se negara. Sacó dos carpetas, una reciente y otra de hacía varios años, y me enseñó cómo se anotaban las lecturas de entrada y retorno.
Los equipos habían cambiado, pero las magnitudes seguían siendo las mismas.
Algunas tablas incluían correcciones por temperatura y otras mostraban la diferencia entre presión medida y presión esperada.
Durante casi una hora hablamos de instrumentos, no del accidente.
Darío parecía cómodo en aquel terreno. Yo también.
Había algo tranquilizador en una explicación que podía comprobarse con una fórmula.
Cuando se levantó para buscar una llave, me dejó las carpetas abiertas.
En la más antigua encontré una referencia a la sustitución de una compuerta de recirculación.
No pertenecía al periodo del accidente, pero incluía el número de una serie anterior.
Le pregunté dónde se guardaban los registros históricos.
Darío me indicó un armario bajo, lleno de archivadores con etiquetas de colores.
Me advirtió que algunos estaban incompletos porque, después de las reformas, habían retirado equipos y cambiado los códigos.
Trabajé con las referencias de las dos carpetas. Darío reparaba una bomba en la otra mesa; lo llamé cuando confundí una lectura absoluta con una diferencial. No abrí más archivadores hasta que me indicó el armario histórico.
Los formularios antiguos llevaban manchas de humedad y dobleces. Busqué el año 2016 en las etiquetas, sin pasar por todas las revisiones de los filtros.
A media tarde Darío salió a comprobar una lectura en la sala de máquinas.
Me pidió que cerrara el archivador antes de marcharme.
Cuando me quedé solo, busqué el periodo del accidente en las carpetas que todavía no había revisado.
La mayoría de las hojas seguían un orden regular hasta llegar a una semana en la que aparecían varias sustituciones de equipos.
Había un salto de fechas en los partes diarios y una hoja de incidencias con el encabezado parcialmente arrancado.
En ella figuraba una modificación de presión registrada durante la noche.
Diecisiete de noviembre de 2016, 22:14. El código era R-4 y la lectura llevaba la unidad Pa.
La hoja del agua tenía otra escala; no podía sumar aquellos números como si midieran lo mismo.
La hoja registraba una lectura fuera de intervalo, una corrección posterior y una firma abreviada que no reconocí. Era el retorno, no la alimentación. Un obstáculo o una compuerta podían alterar esa diferencia; no bastaba para saber cuál. Busqué el esquema del tramo.
La hoja siguiente, del día posterior, registraba la sustitución de una compuerta de recirculación y pedía revisar el conjunto antes de devolverlo al servicio.
No encontré la comprobación final. Al dorso figuraba «Comprobación C2, 23:26, apertura de prueba R-4».
Compartía el número de parte con la lectura de la noche.
En la casilla de solicitud ponía «Dirección».
Copié también esa palabra. No indicaba quién había realizado la prueba ni si C2 era la segunda confirmación de la que hablaban los adultos.
Copié fecha, hora, línea, intervalo y referencia de la pieza. Con la tabla de calibración, la lectura seguía fuera del intervalo; marqué el cálculo para enseñárselo a Darío.
Darío regresó cuando yo estaba guardando las carpetas.
Dejó las herramientas sobre la mesa y me preguntó si había encontrado algo interesante.
Le enseñé primero una discrepancia menor en una hoja de mantenimiento, para comprobar que entendía mi razonamiento.
La examinó, corrigió un signo en mi cálculo y me dijo que era un error de transcripción sin importancia.
Después le mostré la lectura de la noche del accidente.
No reaccionó de inmediato. Sostuvo la hoja por una esquina y la acercó a la lámpara.
Leyó la fecha, la referencia del circuito y la anotación del día siguiente.
Sus dedos se quedaron inmóviles sobre el papel.
Yo esperaba que me explicara el fallo como había explicado todos los anteriores, pero tardó tanto en hablar que tuve que preguntarle si el valor estaba mal copiado.
—No —dijo—. Está bien.
—Entonces hubo una subida de presión.
—Hubo una diferencia de presión que no debía estar ahí.
La precisión me recordó sus lecciones. Le pregunté si podía deberse a un sensor defectuoso. Darío dejó la hoja sobre la mesa y abrió la carpeta de calibración. Comprobó la referencia del instrumento, recorrió la columna de correcciones y cerró el archivador con cuidado.
—Con estos datos no puedes saber qué pasó.
—Pero puedes descartar algunas cosas.
—Puedes decir que quedaba fuera del intervalo previsto. No que el captador funcionara bien en cada instante.
Darío se levantó para guardar el trapo.
—Mira lo que falta del circuito antes de decidir por qué cambiaron la pieza.
—¿Fue esa la noche del accidente? —pregunté.
Darío se quedó de espaldas a mí. El ruido de la ventilación llenó el taller durante unos segundos. Cuando se volvió, ya no tenía el trapo en la mano.
—¿Quién te ha dado esa fecha?
—La he comparado con los registros de la enfermería antigua.
Me miró de una manera que no le había visto antes.
Le expliqué que había encontrado un historial con mi nombre anterior al periodo que Mara me había contado y que, desde entonces, necesitaba ordenar las fechas.
No mencioné a Iria. Tampoco hablé de la compuerta abierta ni de la noche en que respiré aire exterior.
Darío se sentó frente a mí. Durante un momento observó las manos que yo mantenía apoyadas sobre el cuaderno.
—Hay cosas de aquellos años que no están bien contadas —dijo.
La frase me produjo más inquietud que una negativa. Le pregunté si se refería a los registros o a la historia de Nivalta. Darío miró hacia la puerta del taller y después volvió a la hoja de incidencias.
—A las dos.
Quise saber si la modificación de presión había ocurrido antes de la evacuación.
No respondió. Le pedí entonces que me dijera algo que pudiera comprobar, aunque fuera pequeño.
Darío cogió un lápiz y dibujó un circuito sencillo: entrada, retorno, una compuerta de recirculación y dos puntos de medición.
Señaló la zona donde podía producirse una acumulación si el flujo cambiaba de dirección.
No puso nombres de personas ni habló de pacientes.
Me explicó cómo una lectura aislada podía parecer un fallo de instrumento y cómo varias lecturas simultáneas podían mostrar un problema real.
—¿Y aquella noche? —pregunté.
Darío dejó el lápiz sobre la mesa. La lámpara iluminaba la cicatriz pequeña que tenía junto al pulgar, una marca que yo recordaba desde niño.
—Aquella noche hubo un problema en la instalación —dijo—. No fue un movimiento del terreno.
Miré el circuito que acababa de dibujar. El retorno estaba allí, en el taller, al otro lado de las tuberías que yo conocía. No debajo de la carretera ni fuera de Nivalta.
—Entonces Mara me mintió.
Darío no respondió enseguida. Miró el esquema y pasó el dedo por la línea de retorno.
—Mara te contó lo que creyó que podía contarte.
—No es lo mismo que la verdad.
—No —admitió.
Darío me pidió que guardara las hojas y leyera con él el circuito completo antes de volver a hablar con Leandro.
—Faltan los partes de maniobra y los de traslado —dije.
Anotó junto a mi dibujo dónde se archivaban las incidencias de las derivaciones.
—Buscaremos por el número de parte. No mezcles una sustitución del día siguiente con lo que alguien hizo esa noche.
Guardé la referencia sin prometer que dejaría de preguntar.
Cuando salí del taller, Iria estaba al fondo del corredor. Me vio con el cuaderno bajo el brazo y se apartó para dejarme pasar. No me siguió. Agradecí que respetara lo que le había pedido, aunque me dolió descubrir que una parte de mí esperaba que me preguntara qué había encontrado.
En mi habitación copié el esquema de Darío con más cuidado.
Debajo escribí la fecha de la modificación de presión y la referencia de la compuerta sustituida.
No añadí la palabra accidente hasta que terminé de revisar las cifras.
Después recordé la frase de Darío y la anoté tal como la había oído: «No fue un movimiento del terreno».
Permanecí un rato mirando aquellas palabras.
Había empezado el día intentando demostrar que podía investigar sin Iria.
Lo había conseguido, pero el resultado no me hizo sentir menos solo.