Capítulo 25 — Lo que Iria sabía
Iria siguió de pie junto al banco. Detrás, las gotas descendían por el cristal. Esperé a que dijera algo.
—Sabías mi nombre —repetí.
—Sí.
—Antes de llegar a Nivalta.
Asintió. Me molestó que no intentara defenderse. Había esperado una explicación, quizá una negación que pudiera desmontar con los documentos. Su respuesta convertía en inútiles las preguntas que había preparado durante el camino desde el archivo.
Iria se sentó en el extremo del banco y dejó espacio entre nosotros.
No me pidió que hiciera lo mismo. Dijo que había encontrado mi nombre en unas notas relacionadas con su padre, mucho antes de venir al balneario.
No sabía entonces quién era yo ni qué había ocurrido conmigo.
Había buscado información sobre Nivalta porque en su casa el nombre del centro aparecía unido a conversaciones que terminaban cuando ella entraba en la habitación.
—¿Tu padre te habló de mí?
—No directamente.
—Entonces, ¿cómo supiste que estaba aquí?
Iria se pasó una mano por la frente. Me explicó que había reunido fragmentos: una referencia a un paciente infantil, un número de expediente y el nombre de Ivo Luján en una copia de documentación que su familia conservaba.
No había podido acceder a los historiales completos.
Cuando supo que Nivalta seguía funcionando y que algunas personas permanecían allí, intentó averiguar si yo era una de ellas.
Su madre había seguido en contacto con Leandro para pedir información sobre Brais.
Fue ella quien gestionó la visita: unos días, con autorización y las pruebas de Ávila, para conocer el lugar donde había trabajado su padre.
Leandro había aceptado acompañarla por las zonas abiertas y revisar con ella los papeles de la familia.
Iria no le había dicho que pensaba buscar otros.
Tampoco se lo había dicho a su madre. La estancia inicial se había alargado con otra llamada de su madre.
Mara seguía enviándole resultados normales; el motivo declarado continuaba siendo completar la visita y revisar los papeles familiares.
Ella había seguido los fragmentos antes de conocerme. Llegó con mi nombre en la cabeza. Yo le había hablado de mis filtros y de la lluvia como si acabáramos de encontrarnos por casualidad.
—¿Viniste por mí? —pregunté.
—Vine por mi padre. Pensé que tú podías ayudarme a entender qué pasó.
Me senté al otro extremo del banco. No porque quisiera acercarme, sino porque me temblaban las piernas de cansancio.
Había pasado la noche anterior pendiente de mi respiración y la mañana examinando documentos.
Ahora tenía que aceptar que una de las pocas personas con las que podía hablar de todo había elegido cuidadosamente qué parte de su historia contarme.
Iria explicó que Brais Soria había trabajado en las instalaciones técnicas de Nivalta.
No sabía con exactitud todas sus responsabilidades.
Había encontrado referencias a revisiones de presión, mantenimiento de equipos y controles de seguridad, pero los documentos que conservaba estaban incompletos.
Su padre había muerto tras el accidente de aquellas instalaciones.
Durante años, la familia había recibido explicaciones que cambiaban según quién las contara.
Unas hablaban de un fallo de instalaciones; otras, de una evacuación y de decisiones tomadas demasiado tarde.
Ninguna respondía a la pregunta que ella llevaba tiempo haciéndose: por qué Brais había seguido trabajando aquella noche y qué había ocurrido antes de su muerte.
En los papeles familiares había un informe del hospital: quemaduras y lesión por inhalación.
No decía qué maniobra estaba haciendo cuando se produjo el daño.
Su madre había pedido los partes técnicos para entenderlo y nunca había recibido una secuencia completa.
—¿Crees que murió por mi culpa? —pregunté.
Iria levantó la cabeza con una expresión de sorpresa que me pareció sincera.
—No. Tú eras un niño.
—Pero crees que murió por lo que me hicieron.
No respondió inmediatamente. Se quedó mirando las plantas, como si necesitara ordenar las palabras antes de decirlas.
—Creo que el programa en el que estabas pudo tener relación con el accidente —dijo al fin—. Y creo que mi padre murió porque algo salió mal allí. No sé si las dos cosas son la misma historia.
Yo había abierto puertas y copiado fechas. Iria me había acompañado. También había preguntado por planos y salas que yo no conocía. No había dicho que yo provocara el accidente, pero mi historial podía contener una respuesta sobre Brais.
—¿Por eso me preguntabas por los planos? —dije.
—Al principio, sí. Quería saber qué partes del edificio seguían abiertas.
—¿Y la caja Soria?
Iria bajó la vista hacia el bolsillo de su chaqueta.
Sacó una pequeña pieza metálica con un agujero en una esquina y restos de adhesivo amarillento.
Era la chapita que había escondido en la terraza.
La colocó sobre el banco, entre nosotros.
En una cara quedaban letras desgastadas y un número de inventario; en la otra se distinguía parte del apellido.
—La cogí del almacén —admitió—. Pensé que podía pertenecer a una herramienta de mi padre.
—Me dijiste que no valía para nada.
—No sabía si valía para algo. No quería enseñártela hasta comprobarlo.
La respuesta me recordó mis propias notas escondidas en el manual de geometría.
Yo también había decidido guardar información sin compartirla.
La diferencia era que nunca había llegado a Nivalta con una historia preparada sobre ella.
No había utilizado su confianza para entrar en habitaciones donde buscaba respuestas sobre alguien de mi familia.
—Podrías habérmelo dicho —respondí.
—Sí.
La palabra cayó entre nosotros con una sencillez insoportable.
Iria no intentó justificar cada silencio.
Me contó que al principio había temido que yo contara a Mara o a Leandro para qué buscaba los archivos y que le impidieran seguir preguntando.
Ellos sabían quién era su padre; lo que no sabían era cómo pensaba averiguar lo que le había pasado.
Después, cuando empezamos a investigar juntos, le resultó más difícil encontrar el momento.
Cada descubrimiento parecía acercarnos a una respuesta, y cada día que pasaba hacía más grave la mentira anterior.
—No todo fue por eso —añadió.
La miré. Tenía los ojos enrojecidos, aunque no lloraba.
Me dijo que había disfrutado hablando conmigo de cosas que no tenían relación con su padre: las escuelas, los viajes, las comidas que yo nunca había probado.
Recordó una tarde en que intenté calcular cuánto tardaría un autobús en recorrer una ciudad entera si se detenía en todas las paradas.
Sonrió apenas al mencionarlo. Yo también recordaba aquella conversación.
Había sido una de las primeras veces que me pareció posible imaginar una vida fuera del edificio sin sentir miedo.
—Eso también era verdad —dijo.
Quise creerla. La necesidad de hacerlo me enfadó más que sus explicaciones.
Si aceptaba que algunas cosas habían sido sinceras, tendría que decidir cuáles.
Y no tenía manera de comprobarlo. Durante aquellos días había aprendido a distinguir documentos de suposiciones, pero no sabía aplicar el mismo método a una persona.
—Cuando me dijiste que podía haber sido un sujeto experimental, ¿ya lo pensabas antes de encontrar el historial?
Iria dudó. Después admitió que había considerado esa posibilidad al leer las notas de su padre.
No sabía si todas las notas sin nombre se referían al expediente de Ivo Luján, ni si el programa había continuado después del accidente.
El historial de la enfermería había confirmado una parte de sus sospechas, pero no todas.
—Me dejaste descubrirlo como si fuera nuevo para los dos —dije.
—Era nuevo encontrar tu código en ese protocolo. Tu nombre ya lo sabía.
—No es lo mismo.
Iria asintió. Apoyó los codos en las rodillas. Se oía el canalón del patio. Pensé en ella junto a la compuerta, preguntándome si quería volver. No sabía si aquel gesto había sido cuidado o una forma de comprobar lo que su padre había escrito sobre mí.
—¿Querías que saliera para demostrar algo? —pregunté.
Iria se volvió de inmediato.
—No. Quería que pudieras decidir por ti mismo.
—Pero sabías que podía servirte.
No lo negó. Me explicó que, si el peligro exterior estaba exagerado, también habría que revisar las razones por las que me habían mantenido allí.
Eso podía ayudar a entender qué ocurrió con los pacientes del programa y con las personas que trabajaban en él.
Su razonamiento era lógico. Precisamente por eso me dolía.
Había convertido una decisión que para mí significaba enfrentarme al miedo de toda una vida en una posible pieza de otra investigación.
Caminé hasta el extremo de la terraza. La ladera seguía húmeda. Yo había decidido avanzar hasta la compuerta, pero ella conocía una historia que había dejado fuera de mis preguntas.
Ella se acercó, pero se detuvo a varios pasos.
—No vine para hacerte daño —dijo.
—Eso no cambia lo que hiciste.
—Lo sé.
Le pregunté si alguien sabía que investigaba conmigo. Negó con la cabeza.
—No puedo comprobarlo.
—Lo sé.
Temía perder acceso a los documentos. Todavía hablaba de los documentos. Conservaba el teléfono del profesional que había ayudado a su madre a pedir los del accidente; lo llevaba escrito por si se quedaba sin batería.
—Puede ayudarnos a entregar esto. No a entrar donde queramos —dijo.
Volvimos al corredor cuando oímos la voz de Sabela llamando desde el comedor.
No quería que nos encontrara discutiendo en la terraza.
Iria caminó a mi lado sin tocarme. En la entrada se detuvo y me preguntó si podía hacer algo para arreglarlo.
Me quedé mirando la puerta de la sala de lectura, donde habíamos pasado tantas tardes ordenando fechas y dibujando planos.
—No sé —respondí.
Durante la comida nos sentamos separados.
Sabela lo notó y preguntó si habíamos discutido por un libro.
Iria dijo que estábamos cansados. Yo no añadí nada.
Mara me observó desde el otro extremo de la mesa, pero no me hizo preguntas delante de los demás.
Leandro habló de la reparación del circuito y de la necesidad de revisar los registros de mantenimiento.
Escuché la conversación con una atención que antes habría compartido con Iria mediante una mirada. Esta vez no la busqué.
Después de comer regresé a mi habitación.
Saqué las notas del manual de geometría y las extendí sobre el escritorio.
Había páginas escritas por mí y otras donde Iria había añadido códigos o correcciones.
Las separé. No destruí ninguna, porque todavía podían contener datos útiles, pero dejé las suyas en una carpeta distinta.
El gesto me pareció infantil y necesario al mismo tiempo.
Al caer la tarde alguien llamó a la puerta. Era Iria. No entró. Se quedó en el umbral con la chapita metálica en la mano y me preguntó si quería conservarla. Le dije que no. La guardó de nuevo en el bolsillo y permaneció allí un momento, como si esperara que le hiciera otra pregunta.
Había muchas. Quería saber qué documentos conservaba su familia, quién le había hablado de Nivalta y por qué no había mencionado antes el nombre de Brais Soria.
También quería preguntarle si alguna de las conversaciones que recordaba con cariño había sido completamente espontánea.
Pero no estaba dispuesto a seguir entregándole mis dudas para que eligiera cuáles responder.
—No vuelvas a seguirme —dije.
Iria bajó la cabeza. No discutió. Se marchó por el corredor y escuché sus pasos hasta que desaparecieron al doblar la esquina.
Cerré la puerta y me senté frente al escritorio.
Durante aquellos días había buscado respuestas con alguien que parecía conocer el mundo mejor que yo.
Ahora tenía que averiguar qué podía descubrir sin su ayuda.
Abrí el cuaderno por una página limpia y escribí el nombre de Darío.
Debajo anoté las palabras que había oído después de la avería: circuito, presión, recirculación.
No sabía todavía cómo se relacionaban con el accidente, pero eran cosas que podía comprobar por mí mismo.