Capítulo 24 — La fotografía
La mañana después de la avería desperté antes de que se encendieran las luces del corredor.
Permanecí un rato boca arriba, escuchando mi respiración.
No había dolor, ni opresión en el pecho, ni esa sensación de fatiga que Mara me había enseñado a reconocer como el primer aviso de una crisis.
Tenía frío en los pies porque durante la noche había apartado la manta, y me dolía ligeramente el cuello por haber dormido en una postura incómoda.
Eran molestias tan corrientes que me costaba aceptarlas como el resultado de haber pasado varios minutos respirando aire del exterior.
Me lavé la cara, comprobé el pulso y anoté la hora y los valores. Debajo escribí que no había sufrido el daño inmediato que me habían anunciado. Me detuve antes de seguir. La frase parecía una acusación.
Mara me esperaba en la enfermería actual después del desayuno.
Había preparado la prueba que anunció el día anterior y me pidió que me sentara junto a la ventana.
Durante la medición mantuvo la misma expresión concentrada de siempre.
Me indicó cuándo inspirar, cuándo detenerme y cuándo dejar salir el aire.
Al terminar, comparó los resultados con los de la semana anterior.
—Hoy estás bien —dijo.
Me preguntó si había dormido y si había sentido alguna molestia durante la noche.
Contesté que había dormido poco, pero no tenía síntomas.
Era cierto. Mara anotó algo en la hoja de seguimiento, revisó una cifra y me sonrió con alivio.
Quise preguntarle cómo podía saber que el exterior seguía siendo peligroso.
La vi colocar el sensor en su caja con el cuidado de siempre.
Me había protegido muchas veces con aquellas manos. Esperé a que cerrara la tapa.
Al salir me crucé con Leandro y Darío. Discutían sobre el cierre definitivo del circuito averiado. Leandro me preguntó cómo estaba y pidió un informe escrito antes del mediodía.
—Todavía falta revisar un tramo de recirculación —dijo Darío.
Seguí caminando. La palabra se quedó conmigo.
Iria me encontró en la sala de lectura. Llevaba el pelo recogido de cualquier manera y una taza de té que parecía haberse enfriado. Me preguntó por la prueba. Le enseñé las cifras sin darle demasiada importancia. Las miró y me devolvió la hoja.
—Entonces no has empeorado.
—No.
—¿Y qué vas a hacer?
No tenía una respuesta. Había pensado que salir cambiaría todo de inmediato, que el edificio se volvería imposible de habitar después de descubrir que una de sus reglas fundamentales podía ser falsa.
Sin embargo, seguía necesitando desayunar, hacer ejercicios y esperar a que Sabela encontrara una taza limpia.
La vida de Nivalta no se había detenido para reconocer mi descubrimiento.
Le dije que quería revisar los registros antiguos desde el principio.
Iria propuso buscar la documentación del accidente.
No se trataba ya de comprobar si existía una carretera o si Darío podía salir.
Necesitábamos saber por qué habían construido una historia sobre un peligro que, al menos en la forma inmediata que me habían descrito, no había aparecido.
Pasamos la mañana en el archivo secundario.
Darío había dejado la puerta abierta y había colocado sobre la mesa varios manuales de ventilación.
No tocamos esos documentos. Buscamos en el armario de las carpetas antiguas, siguiendo las fechas del historial pediátrico y los años que aparecían en los protocolos de hidroterapia.
Encontramos inventarios de material, listas de mantenimiento y registros de personal con páginas arrancadas.
La mayor parte de los documentos se referían a tareas ordinarias.
Había nombres de técnicos, firmas de recepción y horarios de turnos que no parecían esconder ningún secreto.
Iria revisaba una caja de carpetas cuando me llamó.
Había encontrado un sobre de papel grueso detrás de un álbum de fotografías del antiguo balneario.
El sobre no estaba cerrado y contenía varias copias impresas.
Algunas mostraban habitaciones antes de las reformas, con camas alineadas y ventanas abiertas.
Otras recogían actividades del personal: una comida en el comedor antiguo, una entrega de equipos y una fotografía de grupo tomada delante de la entrada principal.
La sostuve por los bordes. Reconocí la fachada de Nivalta, aunque faltaban las modificaciones que Darío había realizado después.
La verja era más baja y la carretera se veía al fondo.
Delante del edificio había unas veinte personas colocadas en dos filas.
Algunas llevaban batas; otras, ropa de trabajo.
Un hombre sostenía una carpeta contra el pecho y una mujer había cerrado los ojos justo cuando se tomó la imagen.
La escena parecía tan corriente que por un momento olvidé por qué la estábamos mirando.
En el reverso había una fecha y una lista de nombres escrita con tinta negra.
Varios estaban acompañados por cargos abreviados.
Busqué a Mara, pero no la encontré en la primera lectura.
Había dos nombres que me resultaban familiares de los documentos de mantenimiento y uno que había visto en una etiqueta antigua.
Soria.
El apellido aparecía junto a un hombre de la segunda fila, situado cerca de la entrada.
Debajo de la fotografía alguien había trazado una línea fina desde su posición hasta la anotación del reverso.
Leí el nombre completo: Brais Soria. No recordaba haberlo visto antes en ningún documento, pero el apellido era el mismo que estaba escrito sobre la caja del almacén.
Iria se había quedado inmóvil a mi lado.
No miraba la lista de nombres. Tenía la vista fija en el hombre de la fotografía.
Su expresión había cambiado de una manera que reconocí de inmediato: era la misma que había tenido frente a la caja marcada SORIA, cuando me dijo que se trataba de un apellido común.
—¿Lo conoces? —pregunté.
Tardó en responder. Me dijo que el nombre le resultaba familiar y apartó la vista hacia las otras fotografías. No le creí. Había oído antes aquella forma de convertir una pregunta concreta en una coincidencia.
Volví a mirar al hombre. Tenía el pelo oscuro, una expresión seria y una mano apoyada sobre el hombro de un compañero.
No había nada extraordinario en su aspecto.
Podría haber sido cualquiera de los trabajadores que habían pasado por Nivalta antes de que yo tuviera recuerdos claros.
Sin embargo, Iria había dejado de buscar documentos.
Permanecía junto a la mesa, esperando que yo guardara la fotografía.
—Soria es tu apellido —dije—. Me lo dijiste en el almacén.
—Sí.
Lo dijo sin levantar la voz. No era el apellido lo que me había ocultado. Me acordé de la chapita metálica que guardó en el bolsillo y de las preguntas que no había querido contestar sobre los informes anteriores a su llegada.
—¿Y Brais Soria?
Iria respiró despacio. Miró hacia la puerta del archivo y después volvió a la fotografía. Sus dedos rozaron el borde del papel, pero no intentó quitármelo.
—Era mi padre.
La lámpara seguía encendida. El catálogo estaba abierto sobre la mesa. Miré a Iria y después a Brais. Ella había reconocido el apellido en el almacén; ahora yo tenía que reconocer a una persona que había llegado con preguntas anteriores a las mías.
—Trabajaba aquí —dije.
—Sí.
—Y tú lo sabías cuando encontraste la caja.
Iria bajó los ojos. No negó la afirmación.
El silencio me hizo recordar nuestra conversación en la terraza, cuando me había explicado que conocía historias sobre tratamientos experimentales y una investigación posterior al accidente.
Había hablado de archivos y de personas que guardaban documentos.
No me había dicho que una de aquellas personas pudiera ser su padre.
Guardé la fotografía dentro del sobre. No quería dañarla, aunque sentía el impulso de doblarla hasta que el rostro de Brais Soria desapareciera.
Iria me pidió que esperara. Le dije que no podía hablar allí.
Había pasado demasiadas horas buscando documentos en aquella habitación para convertirla en el lugar donde descubriría qué parte de nuestra amistad había sido una representación.
Salimos del archivo sin llevarnos el sobre.
Antes de cerrar, anoté la fecha de la fotografía y el nombre completo en mi cuaderno.
No sabía si Brais Soria había participado en los tratamientos o si solo había trabajado en el mantenimiento.
Brais había estado allí. Iria había reconocido su apellido mientras yo buscaba mi infancia.
En el corredor nos cruzamos con Sabela. Nos preguntó si habíamos encontrado lo que buscábamos. Iria respondió que todavía no. Yo asentí sin mirarla. Sabela nos observó un instante, quizá sorprendida por nuestra falta de conversación, y siguió hacia la lavandería.
Caminamos hasta la terraza cubierta. La lluvia había cesado y las macetas estaban colocadas junto al cristal.
Era el mismo lugar donde Iria me había ofrecido una mandarina y había hablado de los documentos que había visto antes de llegar.
Me detuve junto al banco. Ella permaneció de pie, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta.
—Quiero que me digas por qué no me lo contaste —dije.
Iria abrió la boca, pero no respondió enseguida. Había imaginado muchas veces que las personas de Nivalta me ocultaban cosas para protegerme. Nunca había pensado que también tendría que hacerle esa pregunta a ella.
—Tu padre trabajaba aquí —continué—. Sabías mi nombre antes de encontrar mi historial, ¿verdad?
La vi apretar los labios. No apartó la mirada.
—Sí —dijo.
Me quedé esperando. Iria seguía frente a mí y ya no podía fingir que no había oído la pregunta.