NIVALTA: Todo es por tu bien Capítulo 23 — El exterior no mata
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Capítulo 23 — El exterior no mata

La avería comenzó con un ruido que no había oído nunca.

No fue una explosión ni el golpe seco de una pieza al romperse, sino una vibración grave que recorrió el suelo de la sala de lectura y se mantuvo durante varios segundos.

Las lámparas parpadearon. En el pasillo alguien dejó caer una bandeja y oí la voz de Sabela preguntando qué había ocurrido.

Levanté la cabeza del libro. Iria estaba junto a la ventana y había apoyado la mano sobre el marco para notar la vibración.

Darío apareció poco después, caminando deprisa.

Nos pidió que permaneciéramos en la zona habitada y que no utilizáramos los grifos del ala antigua.

Llevaba una radio pequeña sujeta al cinturón y hablaba con un operario al otro lado.

Por la conversación entendí que había fallado el actuador de una compuerta del circuito de ventilación y que estaban aislando un tramo para evitar que la presión se distribuyera de manera irregular.

No mencionó ningún peligro exterior. Sin embargo, cuando me vio mirar hacia el corredor técnico, añadió que no debíamos acercarnos hasta que terminara la reparación.

Obedecí durante la primera hora. Ayudé a Sabela a recoger los platos que habían caído de la bandeja y después me senté con Iria en la sala de lectura.

El zumbido habitual de los ventiladores había cambiado de tono.

En algunos momentos desaparecía por completo y el edificio parecía demasiado silencioso; luego regresaba con una vibración breve, como si alguien pusiera en marcha un motor y lo detuviera enseguida.

Mara pasó por el corredor varias veces. En una de ellas se detuvo para preguntarme si notaba alguna molestia.

Le dije que no. Me recomendó quedarme allí y esperar.

Iria cerró el libro.

—Darío ha dicho que están aislando un tramo. ¿Lo has oído?

Asentí. Le expliqué que durante una reparación podían abrir compuertas para liberar presión o llegar a una sección.

—¿Hacia fuera?

—Depende del diseño.

No conocía todas las modificaciones del sistema.

Nos quedamos callados. Yo había escrito la noche anterior que tenía que salir, y ahora una avería podía estar alterando las barreras que siempre me habían separado del aire exterior.

La coincidencia me produjo una inquietud que no sabía distinguir del deseo de aprovecharla.

No quería poner en peligro a nadie ni interferir en una reparación.

Tampoco podía soportar la idea de que todo volviera a funcionar sin haber comprobado nada.

Cuando Sabela nos pidió que lleváramos unas mantas al cuarto de ropa, aceptamos.

Desde allí se accedía a un corredor que conectaba con el pasillo de mantenimiento.

No teníamos intención de cruzar las zonas señalizadas, pero quería ver si las compuertas del plano seguían cerradas.

Iria caminaba a mi lado sin hacer preguntas.

Al llegar a la curva, oímos voces y nos detuvimos.

Darío discutía con el operario sobre una lectura de presión.

Una puerta metálica estaba abierta al fondo y dejaba pasar una corriente de aire más fría que la del edificio.

Nos apartamos antes de que nos vieran. Iria me miró. Le dije que esperaríamos: todavía no sabíamos adónde daba aquella puerta.

Regresamos a la sala de lectura. Pasé el resto de la tarde escuchando los cambios de sonido de las máquinas.

Cada vez que alguien abría una puerta, levantaba la cabeza.

Mara me trajo una bebida caliente y me preguntó si estaba nervioso.

Le dije que el ruido de la avería me molestaba.

Me explicó que Darío estaba controlando la situación y que las zonas habitadas permanecían protegidas.

Habló con la seguridad de quien conoce una instalación y confía en sus procedimientos.

Quise preguntarle qué significaba exactamente estar protegido.

En lugar de hacerlo, sostuve la taza entre las manos hasta que dejó de quemarme.

Al anochecer Darío anunció que el circuito principal volvía a funcionar, pero que una sección permanecería aislada hasta la mañana siguiente.

Leandro pidió que nadie utilizara el pasillo de servicio durante la noche.

Sabela protestó porque tendría que dar un rodeo para llegar a la lavandería.

Darío prometió dejarle una ruta libre antes del desayuno.

Todos parecían cansados. Yo también lo estaba, aunque apenas había hecho nada.

Después de cenar abrí el cuaderno. Tengo que salir. Podía esperar a que terminara la reparación y pedir otra explicación a Mara. Pasé el pulgar bajo la frase sin borrarla.

Llamaron suavemente a la puerta. Iria entró con una chaqueta doblada sobre el brazo.

Me dijo que había visto a Darío llevar las herramientas al taller y que el corredor de servicio estaba vacío.

No me propuso salir. Se limitó a dejar la información sobre la mesa, como si supiera que yo necesitaba decidir sin que nadie lo hiciera por mí.

—Si vamos, no tocamos nada —dije.

—De acuerdo.

—Y si hay una señal de peligro, volvemos.

Iria asintió. Me puse el jersey y guardé el cuaderno en el cajón. No quería llevar documentos que pudieran perderse ni distraerme buscando una prueba escrita. Lo que necesitaba comprobar no cabía en una hoja.

El corredor estaba iluminado por las lámparas de emergencia.

Caminamos despacio, atentos a los sonidos del edificio.

La vibración de los filtros había recuperado parte de su ritmo habitual, pero una zona permanecía silenciosa.

Al llegar a la curva encontramos una cinta amarilla que bloqueaba el acceso a las salas de tratamiento.

No la cruzamos. Seguimos por el pasillo de mantenimiento hasta una puerta lateral que aparecía en el plano como salida técnica. Estaba entornada.

Desde allí llegaba un olor que reconocí de la rejilla: tierra mojada, hojas y algo mineral que no sabía identificar.

No era el aire filtrado de Nivalta. Lo noté antes de ver el exterior.

La puerta conducía a una pequeña cámara de servicio, con suelo de hormigón y una segunda abertura al fondo.

Una compuerta metálica había quedado levantada para permitir la ventilación del tramo aislado.

Más allá se distinguía una franja de noche y el perfil de unos árboles.

Me detuve en el umbral. Había imaginado muchas veces ese momento, pero nunca con tanta sencillez. No había alarmas ni una barrera transparente. Solo una puerta abierta y una corriente fría que se movía entre dos espacios. Iria permaneció a mi lado. No me tocó ni me dijo que avanzara.

Respiré una vez. El aire entró con una sensación distinta, más seco en la garganta y más frío al llegar al pecho.

Esperé a notar el dolor que Mara me había descrito cuando hablaba de una exposición peligrosa.

No apareció. Volví a respirar, despacio, como durante los ejercicios.

Sentí el pulso acelerado, pero podía atribuirlo al miedo.

Mis manos estaban frías y tenía la boca seca.

Nada de aquello se parecía a las crisis respiratorias que había aprendido a reconocer.

Di un paso hacia la compuerta. El suelo estaba húmedo cerca de la abertura y había pequeñas hojas arrastradas por el viento.

Podía oír un ruido lejano, quizá un vehículo en la carretera.

La idea de que alguien estuviera conduciendo mientras yo permanecía allí, tratando de averiguar si el aire podía matarme, me pareció absurda y dolorosa.

Me quedé inmóvil el tiempo suficiente para contar varias respiraciones completas. Iria me observaba sin intervenir.

—¿Cómo estás? —preguntó al fin.

—Asustado.

—¿Te duele algo?

Negué con la cabeza. Mara había hablado de una reacción inmediata. Yo seguía allí. El frío me rozaba la cara y podía llenar los pulmones. Una exposición breve no demostraba que cualquier lugar fuera seguro; no sabía qué ocurriría después.

Avancé hasta el borde de la compuerta. No salí a la carretera ni me alejé del edificio.

Me limité a colocar una mano sobre el marco exterior.

El metal estaba mojado por la lluvia y tenía una rugosidad que no conocía.

Al levantar la vista vi la ladera oscura y, entre las ramas, un pequeño punto de luz que podía pertenecer a una casa.

El mundo no terminaba en la verja de Nivalta.

Continuaba allí, indiferente a mi presencia.

Permanecimos varios minutos en la cámara.

No los conté con exactitud. Escuché mi respiración, comprobé que podía hablar sin dificultad y observé cómo el vapor de mi aliento se deshacía en la oscuridad.

Iria me preguntó si quería volver. Le dije que sí, aunque no porque me encontrara mal.

Necesitaba tiempo para entender lo que acababa de hacer.

Cerramos la puerta interior con cuidado y regresamos por el mismo pasillo.

No tocamos la compuerta ni modificamos la instalación.

Al llegar a la zona habitada, el aire me pareció más cálido y uniforme que antes.

Me detuve junto a una rejilla y escuché el sonido de los filtros.

Durante años había asociado aquel ruido con la posibilidad de seguir vivo.

Ahora sabía que había respirado al otro lado sin sufrir la reacción que me habían anunciado.

Iria caminó conmigo hasta la sala de lectura.

Allí se sentó frente a mí y esperó a que hablara.

Le conté lo que había sentido: frío, miedo, el olor de la tierra, el pulso rápido.

Le dije también lo que no había ocurrido.

No intentó convertirlo en una victoria. Me preguntó si quería que avisáramos a Mara para que comprobara mis constantes.

La propuesta me sorprendió. Una parte de mí deseaba hacerlo, porque siempre había acudido a ella después de una prueba.

Otra sabía que, si le contaba dónde había estado, nuestra investigación cambiaría de forma irreversible.

—Mañana —respondí—. Primero quiero ver si sigo bien.

Iria aceptó.

—Si notas algo, avisamos —dijo.

Le prometí que lo haría.

En mi habitación me quité el jersey y lo dejé sobre la silla.

Tenía un olor leve a humedad y a hojas mojadas.

Me senté en la cama sin encender la lámpara.

Desde el corredor llegaban los pasos de Sabela y el sonido de una puerta que se cerraba.

Todo seguía funcionando dentro de Nivalta.

Mara prepararía mis controles, Darío terminaría la reparación y Leandro volvería a hablar de seguridad.

Yo había regresado sin que nadie pareciera notar la diferencia.

Abrí el cuaderno. Bajo la frase de la noche anterior anoté la hora aproximada, el frío, el olor, el pulso. Escribí «sin dolor ni dificultad respiratoria». Me detuve antes de añadir nada más. La ventana de mi habitación seguía cerrada.

No necesitaba que me concedieran permiso para hacerme la siguiente pregunta.