Capítulo 22 — La primera verdad
Dejé la fecha copiada junto al control reciente. No volví a comparar el número. El seis de junio estaba antes del diecisiete de noviembre aunque yo no supiera qué hacer con ello.
La frase de Iria me había acompañado hasta la habitación.
Sujeto experimental. No era una expresión que desconociera; aparecía en algunos textos científicos y Mara me había explicado la diferencia entre un tratamiento probado y uno que todavía se estudiaba.
Pero siempre la había relacionado con personas que aceptaban participar en investigaciones, con autorizaciones, controles y resultados comparados.
No con la manta que recordaba de pequeño ni con la mano de mi madre sosteniéndome durante una prueba respiratoria.
Cuando por fin me acosté, dejé el cuaderno debajo de la almohada. No había tomado esa precaución nunca. El roce del papel contra la funda me mantuvo despierto más tiempo que el ruido de las bombas.
A la mañana siguiente Iria me encontró en la terraza cubierta.
Sabela había dejado allí unas macetas para que aprovecharan las horas de luz y el olor a tierra húmeda resultaba más fuerte que de costumbre.
Yo estaba sentado en el banco con una hoja de ejercicios sin terminar.
Iria no hizo ninguna broma sobre mi falta de concentración.
Se sentó a mi lado, sacó dos mandarinas del bolsillo y me ofreció una.
La piel estaba fría y tenía una pequeña mancha oscura cerca del tallo.
La pelé despacio, agradecido por una tarea que no exigía decidir nada.
—Ayer dijiste que pudieron usarme en un experimento —empecé.
Iria separó un gajo y lo dejó sobre la palma de su mano. Tardó un poco en contestar.
—Dije que era posible.
—Parecías saber algo más.
—Sé que aquí hicieron tratamientos que no eran normales.
—Ya había leído algo antes de venir —dijo—. Sobre programas clínicos y una investigación tras un accidente. Después dejaron de estar algunos papeles.
—¿De qué accidente?
Miró el gajo que tenía en la mano.
—Los informes no contaban lo mismo.
—¿Dónde leíste esos informes?
Iria dejó la piel de la mandarina sobre una servilleta. Miró hacia las ventanas antes de responder.
—En copias de fuera.
—¿Quién te las enseñó?
—No quiero meterte en una historia que quizá no tenga nada que ver contigo.
La frase me molestó. Ya estaba dentro de aquella historia, fuera cual fuera. Iria pareció darse cuenta y se volvió hacia mí.
—Tu nombre estaba en esa hoja —dijo—. Eso sí lo vimos los dos.
Me quedé con el gajo en la mano. Iria me había ayudado a encontrar mi historial; ahora estaba eligiendo qué nombres darme.
—Dime solo lo que sabes con seguridad —le pedí.
—El balneario realizó procedimientos experimentales. Hubo una investigación tras el accidente de las instalaciones. No sé cómo acabó.
—¿Con niños?
—Hay referencias. No sé cuántos.
Miró el gajo que yo seguía sosteniendo.
Volví a pensar en las marcas de estatura y en mi nombre dentro del sobre. Quería preguntarle por los otros niños, pero ella tampoco sabía cuántos habían sido.
—Si hubo una investigación, alguien tuvo que preguntar a los pacientes —dije.
—O a sus familias.
—Yo no recuerdo que nadie me preguntara nada.
—Eras pequeño.
Miré hacia el cristal de la terraza. Más allá solo veía el patio interior y una franja de cielo que cambiaba de color según la hora.
Había pasado casi toda la vida que recordaba midiendo los límites de lo que podía hacer dentro de Nivalta.
De repente me pregunté si aquellas restricciones habían comenzado como una medida para protegerme o como una manera de impedir que alguien me encontrara. No conseguí decirlo en voz alta.
Me preguntó qué me habían contado del accidente.
—El terreno cambió. Salieron sustancias al aire. Era peligroso para los que estábamos enfermos.
Iria esperó.
—Por eso había que quedarse —añadí.
No tenía un informe que enseñarle.
—Puede que parte de eso ocurriera —dijo Iria—. Pero la fecha de tu historial es anterior.
—Quizá ya estaba enfermo.
—Quizá. Eso tampoco explica por qué te contaron que llegaste después.
Recordé la cama pequeña, la canción de Sabela, el juguete de Darío. Mara estaba en casi todas aquellas escenas. Apreté la piel de la mandarina hasta que me humedeció los dedos.
A mediodía comimos con los demás. Sabela había preparado lentejas y se quejaba de que Darío hubiera vuelto a dejar una herramienta sobre el aparador.
Él respondió que la había puesto allí para no olvidarla y que, por tanto, el método funcionaba.
Leandro preguntó por la reparación del circuito de agua templada.
Mara habló de una entrega de material médico prevista para la semana siguiente.
La conversación se desarrolló con la naturalidad de siempre.
Yo participé lo suficiente para que nadie me preguntara qué me ocurría.
Mientras recogíamos, Mara me recordó que al día siguiente repetiríamos una medición.
Me explicó qué parte del registro quería comprobar y me pidió que descansara bien.
Asentí. Me pregunté si habría dado instrucciones parecidas cuando yo era el niño del historial antiguo.
La idea no cambió su voz ni la manera en que me acercó un vaso de agua.
Era yo quien la escuchaba de otra forma.
Después de comer, Darío llevó dos cajas de repuestos a la mesa de la sala de lectura para clasificarlas.
Me preguntó si quería ayudarlo allí. No había abierto el taller para mí.
Me senté frente a las cajas y le enseñé dos juntas que parecían iguales; respondió que al calor no lo eran.
Las separé antes de preguntarle si las instalaciones antiguas eran más complicadas.
—Más aparatos no siempre significan una mejor instalación —respondió—. A veces significa más cosas que se rompen.
—¿Y las salas de tratamiento?
Darío dejó una junta en su caja y me miró.
—Había equipos que ya no merecía la pena reparar. Otros se retiraron cuando cambiaron los procedimientos.
—¿Y la investigación? —pregunté.
Darío buscó otra junta en la caja.
—Eso no está en el inventario.
Me pasó dos referencias para que las anotara. Esperé; no añadió nada.
Por la tarde Iria llevó a la mesa una hoja con tres columnas. En la primera pusimos la fecha del historial, el código clínico y HT-04. En la segunda quedaron las sospechas. Iria golpeó la tercera con el lápiz.
—Los nombres, Ivo. Quién firmó. Quién decidió que te quedaras.
Anoté también el accidente y las páginas que faltaban.
—También necesitamos saber por qué viniste tú —dije.
Iria dejó el lápiz.
—Había oído historias del centro. Vine a ver si eran ciertas.
—¿Por qué te importan?
Miró las columnas.
—No sé todavía qué parte puedo contarte —dijo.
Iria bajó la vista hacia la hoja. Recordé el apellido Soria escrito sobre la caja y la chapita. Estuve a punto de preguntar de nuevo. No quería que se levantara de la mesa.
Cuando cayó la tarde, fuimos hasta el corredor de las ventanas altas.
Desde una de ellas se veía la parte superior de la verja y, más allá, una ladera cubierta de árboles.
Había llovido durante la mañana y las hojas brillaban bajo una luz pálida.
Iria me habló de los caminos que rodeaban el edificio, de las curvas de la carretera y de las casas que había visto al llegar.
Yo conocía esos lugares por mapas y por algunas fotografías, pero escucharla describirlos me produjo una sensación distinta.
No hablaba de un territorio peligroso ni de una zona de exclusión.
Hablaba de un sitio por el que se podía caminar.
—Si lo que dices es cierto, alguien fuera podría saber qué pasó —dije.
—Puede que sí.
—Yo no sé qué les contaron fuera. Quiero que me vean a mí.
—¿Vas a preguntárselo a Mara?
Negué.
—Otra vez me hablará de mis síntomas.
Iria señaló la verja.
—Podemos empezar por mirar —dijo—. Y si no puedes seguir, paramos.
Miré la verja. Los papeles podían esperar otra tarde; el aire del otro lado no cabía en ninguna carpeta.
Volvimos al comedor antes de que nos echaran de menos. Durante la cena apenas hablé. Escuché a Sabela contar una anécdota sobre un huésped que se había llevado por error una llave de la lavandería y a Leandro explicar que algunas puertas antiguas debían permanecer cerradas por seguridad.
Esa noche guardé la hoja de las tres columnas dentro del manual de geometría.
Después abrí el cuaderno por una página limpia y escribí una frase que no pertenecía a ninguna de las categorías de Iria: «Tengo que salir».
La leí varias veces. No añadí ninguna cifra debajo. Todavía no sabía cómo cumplirlo.