Capítulo 21 — Enfermería
La cruz del plano quedaba después de la curva, frente a un armario empotrado. Iria comparó el dibujo con el recorrido que recordábamos y marcó la puerta con el lápiz.
No fuimos esa mañana: Darío trabajaba en las conducciones y Mara había adelantado mi prueba. Al terminar la secuencia, le pregunté por los resultados.
—Pequeñas variaciones —dijo, retirando el sensor—. Déjame compararlas.
Después de comer, Iria y yo ayudamos a Sabela a trasladar unas mantas al cuarto de ropa.
Había decidido revisar los armarios antes de que llegara el frío de noviembre y se quejaba de que cada año aparecían más fundas que mantas.
Aprovechamos el trabajo para recorrer el corredor de oficinas sin llamar la atención.
Desde allí podíamos ver una parte del pasillo técnico.
Darío había dejado sus herramientas junto a la sala de bombas y estaba hablando con Leandro cerca de la escalera de servicio.
No parecía que fuera a entrar en el ala antigua durante un rato.
Esperamos a terminar la tarea. Sabela nos ofreció unas galletas y nos mandó descansar antes de inventarnos otro trabajo. Iria aceptó dos, me dio una y salió conmigo hacia la sala de lectura. Solo cuando estuvimos fuera de su vista cambiamos de dirección. Me guardé la galleta sin probarla.
El corredor de las salas antiguas estaba más oscuro que la última vez.
Una de las lámparas de emergencia parpadeaba y el suelo conservaba una franja de polvo junto a la pared.
Pasamos frente a la cámara terapéutica sin detenernos.
La placa de hidroterapia seguía allí, con las letras rayadas y la pegatina de fuera de servicio.
Iria avanzó hasta la curva y se agachó para examinar una cruz roja pintada sobre un azulejo.
La pintura estaba desgastada, pero correspondía al símbolo del plano.
La puerta de la enfermería era más estrecha que las demás.
Tenía una ventana pequeña a la altura de los ojos, cubierta por dentro con una lámina opaca.
El tirador estaba frío y no cedió cuando lo probé.
Había una cerradura antigua debajo de una placa sin nombre.
Iria observó el marco y descubrió que la puerta no encajaba bien en la parte superior.
No intentamos forzarla. Buscamos otra entrada en el plano y encontramos una línea que conectaba la habitación con un cuarto de material situado detrás.
La puerta del cuarto de material estaba abierta.
Dentro había estanterías vacías, una camilla plegada y varios recipientes de plástico cubiertos de polvo.
En la pared del fondo, detrás de una cortina enrollada, encontramos una segunda puerta con un pestillo interior.
La madera estaba hinchada por la humedad, pero el pestillo se movió cuando lo levanté.
Empujamos despacio. La hoja rozó el suelo y dejó una marca semicircular sobre el polvo.
La enfermería tenía camilla, lavabo con pedal y armario de cristal. Sobre la mesa había una lámpara sin bombilla. El desinfectante había penetrado en los muebles; reconocí el olor antes que la distribución.
El armario tenía un pestillo pequeño, sin cerradura.
Iria lo levantó. Dentro había carpetas de cartón, algunas vacías y otras llenas de formularios.
En los cajones de la mesa encontré termómetros antiguos, etiquetas sin usar y un sello del balneario.
El último cajón contenía hojas de seguimiento sujetas con una goma reseca.
Las primeras estaban en blanco; las siguientes tenían anotaciones incompletas.
—Aquí también guardaban registros —dije.
Iria me acercó el paquete: código de sesión, sala, observaciones, responsable. Pasé las fechas sin separar las hojas hasta encontrar HT-04.
Había varias referencias. Una hoja mencionaba la cámara de hidroterapia y otra incluía el código que Iria había copiado del panel.
El apartado de resultados estaba vacío, pero había una nota al margen que remitía a un expediente individual.
Me pregunté si los niños cuyas alturas habíamos visto en la pared tenían documentos semejantes.
No sabía cuántos habían pasado por aquella sala ni qué les había ocurrido después.
Iria abrió una carpeta estrecha del armario.
Contenía separadores alfabéticos y varios sobres de papel marrón.
Algunos estaban vacíos. Otros guardaban copias de documentos, dobladas para caber en el espacio.
Me llamó para que comprobara una referencia escrita en uno de los sobres.
Era la misma que figuraba en la hoja de seguimiento.
Lo abrimos sobre la mesa, sin romper el cierre.
Dentro había un fragmento de historial. La parte superior estaba cortada y faltaban las páginas anteriores.
Se conservaba una tabla con fechas, medidas y observaciones, seguida de una sección titulada «Seguimiento pediátrico».
Leí las primeras líneas sin reconocer nada.
El documento hablaba de tolerancia al esfuerzo, adaptación a un protocolo y controles periódicos.
Después encontré un nombre escrito a máquina.
IVO LUJÁN.
Lo leí dos veces. «Ingreso residencial y primera atención: 6 de junio de 2016.
Edad: cuatro años». El accidente que Mara usaba como comienzo de nuestra historia tenía otra fecha, diecisiete de noviembre de aquel año.
Acerqué el papel a la luz de la puerta. No había confundido un seis con un ocho.
Entre una fecha y otra cabían cinco meses de tratamiento.
Le mostré la fecha a Iria. La historia de Mara tenía un orden: accidente, protección, aislamiento. Mi nombre estaba registrado en aquella sala antes del accidente.
—¿Puede ser de otra persona? —preguntó Iria.
Comprobamos el nombre completo y la edad.
No había un segundo apellido visible, pero el documento incluía un número de identificación clínica que aparecía también en una de mis hojas de control recientes.
Lo reconocí porque Mara me había enseñado a copiarlo cuando empecé a ordenar mis propios registros.
Busqué la hoja que llevaba en el bolsillo y comparé los números. Coincidían.
Me apoyé en la mesa. La lámpara sin bombilla se movió ligeramente cuando la rocé y golpeó el soporte con un sonido seco. Iria la sujetó para que no siguiera balanceándose. Le pedí que me dejara leer el resto. No quería que me explicara nada todavía.
La última observación visible decía «respuesta favorable» y remitía a un seguimiento posterior. El papel estaba rasgado y no conservaba el detalle del tratamiento ni de la respuesta. Copié las dos palabras y la referencia.
Iria encontró una hoja adicional doblada detrás del historial.
No llevaba mi nombre, pero sí una lista de códigos de pacientes y referencias a sesiones.
Algunas estaban tachadas. En una esquina había un sello del programa de tratamiento, el mismo que aparecía en los protocolos del archivo secundario.
No había una explicación de qué buscaban conseguir con aquellas sesiones.
Solo una secuencia de fechas y procedimientos que alguien había considerado necesario registrar.
Oímos un golpe de puerta en el corredor.
Guardamos el fragmento en su sobre y devolvimos la carpeta al armario.
No intentamos llevarnos el historial. Yo había copiado el número de identificación, la fecha y las dos palabras que necesitaba comprobar; si faltaba un documento tan concreto, alguien podría darse cuenta.
Iria cerró el pestillo del armario y se acercó a la salida del cuarto de material.
Esperamos hasta que dejaron de oírse pasos.
Volvimos por los filtros. Toqué el bolsillo: llevaba la hoja de hoy y, en el cuaderno, el número y la fecha antigua. No quería sacar nada en el pasillo.
En la sala de lectura, Iria esperó a que pasara los datos a una hoja limpia.
—¿Qué recuerdas?
—Una manta. Sabela cantando.
Dejé espacio junto a las fechas. No sabía dónde poner aquellos recuerdos.
—Tal vez te trajeron aquí antes de que ocurriera lo que te contaron —dijo.
—Entonces alguien cambió el orden de la historia.
Iria miró el número de identificación que había copiado. Dejé junto a él la hoja del control de aquella mañana. Ahora la fecha antigua quedaba entre las dos.
Al anochecer Mara vino a buscarme para cenar.
Me encontró junto a la ventana, con el cuaderno cerrado sobre las rodillas.
Preguntó si había terminado los ejercicios y le dije que sí.
Me ofreció la mano para levantarme, como hacía cuando era pequeño, y durante un instante estuve a punto de preguntarle por la fecha del historial.
No lo hice. Caminé con ella hasta el comedor mientras me contaba que Sabela había preparado una sopa distinta porque faltaba uno de los ingredientes habituales.
Después de cenar, Iria me acompañó hasta la puerta de mi habitación. No habíamos hablado del historial delante de nadie. Ella se apoyó en el marco y miró el cuaderno que llevaba bajo el brazo. Su expresión era seria, pero no parecía sorprendida por lo que habíamos encontrado.
—Hay algo que no estás diciendo —murmuró.
Le respondí que no sabía qué pensar. Iria bajó la voz todavía más.
—El papel dice que ya eras paciente —respondió—. Antes del accidente.
Esperé a que terminara. Tenía la sensación de que iba a decir algo que yo llevaba toda la tarde evitando formular.
—Puede que te usaran como sujeto experimental —añadió.
No contesté. Iria se apartó del marco para dejarme entrar y se marchó hacia la sala de lectura.
Cerré la puerta, dejé el cuaderno sobre la mesa y saqué la hoja del control de aquella mañana.
El número de identificación seguía allí, impreso debajo de mi nombre.
Lo había visto cientos de veces sin pensar que pudiera pertenecer a una historia anterior a la que me habían contado.