NIVALTA: Todo es por tu bien Capítulo 20 — La habitación revisada
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Capítulo 20 — La habitación revisada

Encontré el cajón abierto al volver de la enfermería.

Apenas sobresalía dos dedos del escritorio, lo suficiente para que la esquina de una carpeta impidiera cerrarlo por completo.

Al principio pensé que lo había dejado así por la mañana.

Era una posibilidad bastante razonable: había salido tarde, con el jersey a medio poner, después de escuchar a Sabela llamarme desde el comedor.

Pero la carpeta estaba colocada al revés.

Yo guardaba las hojas con las perforaciones hacia la pared, porque de ese modo podía sacarlas sin engancharlas en el tirador. Ahora los agujeros miraban hacia mí.

Abrí el cajón. Las fechas de Darío seguían en matemáticas y el calendario estaba doblado por octubre. No faltaba ninguna hoja que pudiera reconocer.

La caja bajo la cama estaba más cerca de la puerta. La saqué y busqué entre las dos hojas donde había guardado la etiqueta de fruta, la tarde de las fechas de Darío. No estaba allí ni entre los envoltorios. Recordaba el proveedor y el lote, pero no había copiado toda la impresión.

Me senté en el suelo con la tapa sobre las rodillas.

Podía haber perdido la etiqueta. Sabela podía haberla tirado, aunque rara vez tocaba mis cajas sin preguntarme.

Pensé en Mara acomodándome el cuello del jersey la noche anterior.

Me avergonzó sospechar de ella por un cajón mal cerrado y un papel que no encontraba.

La puerta estaba abierta. Desde el corredor llegaba el sonido de platos y la voz de Sabela discutiendo con alguien sobre el detergente.

Me levanté, volví a guardar la caja y salí a preguntarle si había limpiado mi habitación.

La encontré junto a un carro de ropa, separando fundas de almohada.

Me dijo que había cambiado las sábanas la mañana anterior y que no pensaba volver a hacerlo hasta que dejara de convertir la cama en una biblioteca. Después me miró con atención.

—¿Has perdido algo?

—Una etiqueta.

—¿De qué?

—De una caja de fruta.

Sabela me miró.

—Recogí papeles del suelo hace dos días. Te los dejé en la mesa. Una etiqueta no recuerdo.

Apartó las fundas.

—Vamos a mirar.

Le dije que ya aparecería y me fui antes de que cogiera el carro.

Las fechas seguían en el cuaderno. Preparé otro sobre para las copias y lo metí en geometría.

Iria llegó cuando yo estaba volviendo a ordenar el escritorio.

Se detuvo en la puerta, observó la cama sin hacer y las carpetas abiertas y preguntó si me había vuelto loco con los ejercicios.

Le conté lo del cajón. Al principio creyó que me preocupaba la desaparición de una etiqueta cualquiera.

Cuando le expliqué de dónde procedía, dejó el libro que llevaba y cerró la puerta sin hacer ruido.

—¿Y el cuaderno? —preguntó.

Se lo enseñé. Las tres fechas seguían allí, escritas con mi letra, y también el dibujo de la cámara terapéutica.

Iria pasó las páginas hasta encontrar el código de la sala.

No tocó las anotaciones. Me preguntó si alguien más sabía que guardaba esos papeles.

Le dije que todos habían visto las tres fechas en la cena.

Darío conocía mi costumbre de anotar; ni él ni Mara sabían qué había copiado después del protocolo.

—Si alguien buscaba tus notas, habría podido llevárselas —dijo.

—A menos que no supiera cuáles eran.

Iria se apoyó contra el escritorio. Le pregunté si había entrado mientras yo estaba en la enfermería. Me sostuvo la mirada y dijo que no. Después señaló la caja bajo la cama.

—¿La dejaste ahí esta mañana?

—Más hacia el fondo.

—Yo no la he tocado. Pregúntale a quien haya entrado aquí.

Me senté en la cama. No quería preguntárselo a Mara. Iria se quedó junto al escritorio, esperando.

Al mediodía me encontré con Mara en la enfermería.

Estaba preparando una bandeja de material y revisaba una lista con el bolígrafo azul.

Me preguntó si había descansado después del control.

Respondí que sí. Cuando me pidió que me acercara para comprobar una pequeña irritación en la muñeca, obedecí sin discutir.

Me sostuvo el brazo bajo la lámpara, examinó la piel y me recomendó no ajustar tanto la correa del reloj.

Todo fue tan normal que me resultó difícil mantener la sospecha mientras la veía buscar una crema y explicarme cómo aplicarla.

Antes de irme, preguntó si había encontrado el libro.

—Sí —dije.

No había buscado ningún libro. Me quedé un momento con la mano en el tirador; podía habérselo contado Sabela.

Iria me pasó las fechas para que las copiara. Dejé una copia en el cuaderno y guardé los originales con el dibujo en geometría.

—Esto no me lo enseñes —dijo, volviéndose hacia la ventana.

Iria me ayudó a ordenar el escritorio sin preguntarme dónde guardaba cada cosa.

Cuando terminamos, se sentó en el suelo junto a la ventana y me contó una historia sobre un profesor que había perdido los exámenes de toda una clase.

Los alumnos habían celebrado la desaparición hasta descubrir que tendrían que repetirlos.

Me reí más de lo que merecía la anécdota.

Era agradable escuchar algo que no tuviera que ver con puertas, firmas o documentos antiguos.

Durante unos minutos hablamos de escuelas, de lo extraño que me parecía tener que desplazarse cada mañana hasta un edificio lleno de desconocidos y de la manera en que ella echaba de menos ciertos trayectos sin echar de menos las clases.

Cuando se marchó, la habitación parecía igual que siempre. La cama estaba hecha, el escritorio despejado y la caja de cartón había vuelto a su sitio. Pero yo sabía dónde había escondido los papeles y por qué lo había hecho. Esa diferencia no se veía desde la puerta.

Después de cenar, Mara vino a buscarme para hablar de los controles de la semana.

Me dijo que quería adelantar una prueba porque había observado una pequeña variación en uno de los registros.

Le pregunté si era importante. Contestó que no parecía serlo, pero prefería comprobarlo.

Mientras hablaba, recorrió la habitación con la vista.

Se detuvo un instante en el escritorio, donde había dejado el cuaderno abierto por una página de ejercicios. No hizo ningún comentario.

Cuando se alejó, no abrí geometría. Me acosté mirando el cajón cerrado.

A la mañana siguiente Iria me encontró revisando un plano del ala antigua.

Le dije que quería buscar una explicación para las referencias de los protocolos y que el archivo secundario ya no me parecía un lugar seguro para guardar nuestras preguntas.

Ella se quedó mirando el dibujo de la cámara y después señaló una estancia pequeña al otro lado del corredor, cerca de las habitaciones de tratamiento que habían cerrado años atrás.

Al pasar por inventario encontré la puerta del archivo secundario cerrada con una llave que no solía estar allí.

Leandro había pedido ordenar el acceso a los expedientes.

Desde entonces ya no bastaba con esperar a que el pasillo quedara vacío.

—¿Y donde atendían a los pacientes? —preguntó.

—La enfermería actual está al otro lado del edificio.

—No hablo de esa. Hablo de la antigua.

La había visto señalada en un plano, pero nunca había tenido motivo para buscar su puerta. Iria esperó a que yo levantara la cabeza. Esta vez no propuso entrar de inmediato. Me preguntó si sabía cómo llegar.