NIVALTA: Todo es por tu bien Capítulo 19 — La misma mano
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Capítulo 19 — La misma mano

Mara había dejado en mi escritorio la hoja de seguimiento de la semana. Me entregaba una copia después de cada control para que aprendiera qué cambios merecían atención. Solía guardarlas por fecha. Aquella mañana miré primero una corrección azul en el margen.

Abrí la carpeta de controles. Mara dejaba visibles las cifras tachadas y trazaba una flecha cuando no le cabía la corrección. Busqué una de aquellas flechas.

Saqué hojas antiguas de Mara y busqué sus correcciones. Puse al lado el cuaderno donde había copiado la anotación del protocolo. Las iniciales no eran C. V.

Iria llegó después de la clase de la mañana.

Había traído un lápiz nuevo y una revista que Sabela le había prestado.

Cuando vio los papeles extendidos, dejó ambas cosas sobre la silla y preguntó si me encontraba mal.

Le expliqué que quería comprobar algo del protocolo.

No mencioné a Mara hasta que ella se inclinó para leer una de las hojas.

—¿Estas son tus pruebas?

—Algunas.

—¿Y qué tienen que ver con la cámara?

Le señalé la corrección.

—La del archivo se parece.

—Allí pone C. V.

—Estoy mirando la letra.

Iria se sentó en el borde de la cama y pasó las páginas más antiguas.

Se detuvo en una que llevaba una anotación de Mara sobre un cambio de rutina.

La frase estaba escrita a mano, sin casillas impresas.

Me preguntó si siempre utilizaba aquella manera de formar las letras.

Le dije que sí, al menos desde que yo podía recordar.

Después colocó la hoja junto a mi cuaderno y señaló una palabra que yo había copiado del protocolo.

—Esto no sirve —dijo—. Has escrito tú las dos.

Guardé las hojas.

—Vamos al archivo.

—¿Y luego? —preguntó Iria.

No supe responderle.

Durante la comida Mara escribió una nota sobre un medicamento que debían pedir. Seguí la mano hasta que me preguntó si había dormido.

—Poco.

Me recomendó descansar después de comer.

La tarde avanzó despacio. Darío trabajaba en otra zona y el corredor de oficinas permanecía vacío, pero Leandro había dejado la puerta de su despacho abierta.

No queríamos pasar dos veces por delante de él con la misma excusa.

Iria sugirió llevar a Sabela unas carpetas que había pedido ordenar; así podríamos cruzar el pasillo sin detenernos.

La ayudamos a separar recibos y manuales antiguos en la mesa de la sala de lectura.

Cuando terminó, nos encargó devolver una caja de papeles al cuarto de inventario.

Aceptamos demasiado deprisa, y Sabela nos miró con sospecha divertida.

—No sé qué os ha dado con los archivos. Antes tenía que perseguirte para que ordenaras un cajón, Ivo.

Le dije que ahora sabía dónde estaban las cosas. Se rio y nos dejó marchar.

Entramos en el archivo secundario con la caja entre los dos.

La dejamos junto a la mesa y abrimos el armario B.

Encontré la carpeta de HT-04 exactamente donde la habíamos dejado.

Busqué la hoja de la corrección y la extendí sobre el catálogo de piezas, sin desprenderla de las anillas.

Iria vigiló la puerta mientras yo abría mi carpeta de controles y buscaba una anotación de Mara que contuviera letras semejantes.

Puse una corrección de Mara junto al protocolo: la línea ascendente al tachar y el siete con barra. La tinta antigua estaba desvaída. Acerqué las hojas a la luz sin separar la del protocolo de las anillas.

Iria dejó de vigilar la puerta para mirar.

—¿Tú qué ves? —le pregunté.

—Que puede ser la misma persona —respondió—. Pero aquí pone C. V.

—Quizá alguien revisó lo que ella escribió.

—No me pidas que reconozca una letra que no conozco —dijo Iria.

Guardamos los documentos. Antes de cerrar el armario, revisé el encabezado: supervisión clínica y una revisión aprobada. No aparecía el nombre de Mara. Iria copió la fecha en una hoja separada y la dobló en cuatro.

Salimos con la caja hacia inventario. En la ventana, Iria la apoyó para cambiar de mano.

—¿Te ha hablado alguna vez de su trabajo aquí?

—De los pacientes. No de un día en esa cámara.

—Igual nunca se lo has preguntado.

—Me interesan muchas cosas que nadie me cuenta —respondí.

Me arrepentí del tono.

—Lo de la escalera sí que tenía que habértelo preguntado —dije.

Iria apoyó la caja en el suelo. Esperé a que me dijera que no importaba.

—La próxima vez me preguntas —respondió.

La levantamos entre los dos y la llevamos al cuarto de inventario. Sabela había dejado una nota: «Gracias por las carpetas. Las otras no se ordenan solas». La guardé en el bolsillo.

Al anochecer Mara vino a buscarme para el control habitual.

Llevaba una libreta y un bolígrafo azul.

Me pidió que me sentara junto a la ventana de la enfermería y me colocó el sensor.

Mientras esperaba la lectura, escribió una cifra, la tachó y la corrigió en la casilla siguiente.

Observé el movimiento de su mano con tanta atención que dejó de escribir.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Nada. Estaba viendo cómo apuntas los resultados.

Mara giró la libreta hacia mí.

—Te has movido al empezar. Esta es la lectura buena.

Señaló la casilla. Le pregunté por el intervalo; contestó y me dejó mirar hasta que le devolví la hoja.

En mi habitación coloqué la nota de Sabela junto a una hoja de Mara. «Gracias por las carpetas», con letras grandes y redondas, al lado de los números inclinados. Podía reconocerlas sin leer los nombres. Cerré la carpeta y dejé fuera las dos hojas.

En la cena Mara me observó varias veces mientras hablaba con Leandro.

No me preguntó nada delante de los demás.

Cuando terminé de recoger mi plato, se acercó y me acomodó el cuello de la camiseta, que se había doblado bajo el jersey.

Era un gesto tan sencillo que sentí vergüenza por haber pasado la tarde comparando su letra como si fuera la de una desconocida.

Antes de apartarse, me preguntó si quería contarle qué me preocupaba.

Le dije que estaba pensando en los ejercicios.

Mara no retiró la mano enseguida. Me miró con una atención que no supe sostener y respondió que podíamos hablar cuando quisiera.

Después volvió a la mesa. Yo me quedé junto a la puerta con la certeza de que había notado algo distinto en mí, aunque no podía saber cuánto.