NIVALTA: Todo es por tu bien Capítulo 18 — El archivo incompleto
47%

Capítulo 18 — El archivo incompleto

La mañana siguiente no pudimos volver a la cámara.

Darío había colocado dos caballetes delante del pasillo de mantenimiento y trabajaba con un operario al que yo apenas conocía, un hombre que llegaba algunos días para revisar instalaciones y desaparecía antes de la cena.

Desde la sala de lectura se oían golpes metálicos cada pocos minutos.

Iria fingió estudiar mientras yo terminaba una serie de ejercicios, pero cada vez que alguien cruzaba el corredor levantaba la cabeza.

Sabela entró con una pila de manteles y nos pidió que despejáramos una silla.

Nos contó que habían encontrado una fuga en el circuito de agua templada y que durante unas horas no debíamos abrir los grifos del ala antigua.

Iria preguntó si eso incluía las salas que ya no se utilizaban.

Sabela la miró por encima de los manteles.

—Las que no se utilizan llevan años sin necesitar agua, hija. Y tú procura no descubrir para qué servían todas, que luego me toca a mí quitar el polvo.

Sabela se echó a reír mientras doblaba el mantel. Cuando se marchó, Iria guardó el plano.

—Aquí no vamos a pasar —dijo.

Le hablé del archivo secundario, detrás de inventario. No estaba en el pasillo técnico. Darío me había mandado allí a buscar manuales.

—¿Y vas a contar luego que yo lo abrí?

—Lo del otro día no fue por ti.

—Pero dijiste mi nombre.

Aparté la hoja para que no quedara entre los dos.

—Quería que vieran que la carretera se usa.

—Eso ya lo tenías escrito. No necesitabas decidir por mí.

Le dije que no volvería a hacerlo. Iria se quedó con el plano cerrado.

El archivo quedaba en las oficinas antiguas, lejos de los caballetes. Recordaba haber buscado allí el manual de una caldera; aquella vez nadie me había pedido que explicara para qué.

Después de comer vimos a Darío cruzar el comedor con las herramientas. Iria recogió el libro. La seguí por el corredor de baldosas marrones.

La puerta del archivo estaba cerrada, aunque la llave permanecía puesta por fuera. Yo habría llamado a Darío para pedir permiso. Iria giró el pomo antes de que pudiera decirlo. La cerradura cedió con un chasquido y me miró como si acabara de demostrar que mi preocupación había sido innecesaria.

—No hemos roto nada —susurró.

Le respondí que una puerta abierta no significaba que pudiéramos revisar todos los papeles. Ella señaló los lomos de las carpetas visibles desde la entrada.

—Solo queremos saber cómo llamaban a una habitación.

La luz tardó en encenderse. Sobre la mesa había un catálogo de fontanería y una taza vacía. Iria se quedó cerca de la puerta mientras yo buscaba un índice.

Encontré HT entre las salas de hidroterapia. Seguí el dedo hasta HT-04: «Ver protocolo específico. Archivo secundario, armario B».

—Ese —le dije a Iria, señalando el armario.

Se lo enseñé a Iria. Ella ya estaba frente a un armario metálico con dos puertas estrechas.

Una permanecía sujeta por un cierre de presión y la otra tenía un pequeño pestillo interior.

Probó a levantarlo y la puerta se abrió sin resistencia.

Dentro había carpetas ordenadas por años, aunque varias habían sido desplazadas y otras estaban colocadas con el lomo hacia dentro.

No parecía un archivo que alguien consultara a menudo.

Seguimos los separadores hasta una carpeta crema: HT-04 y una letra casi borrada. Iria la sostuvo mientras yo apartaba los clips. La abrimos sobre el catálogo.

El primer documento describía una rutina de preparación: comprobación de temperatura, desinfección de superficies, revisión de sensores y registro de presencia.

No contenía nombres. En la segunda hoja aparecía una tabla con varias columnas de mediciones, pero algunas estaban vacías y otras habían sido tachadas con una línea fina.

El lenguaje me resultaba familiar. Reconocí palabras que Mara utilizaba en mis pruebas.

Todavía no había un nombre en esas hojas.

Las páginas no estaban numeradas de manera continua. Después de la tres venía la seis; más adelante aparecía la nueve y luego una hoja sin número. En el lomo quedaban señales de haber retirado papeles de una carpeta con anillas. Iria pasó los dedos por los agujeros de las hojas, sin tirar de ellos.

—Faltan páginas —dijo.

—Pueden estar en otra carpeta.

—O alguien las ha sacado.

Busqué el apartado de seguimiento en el índice. Remitía a las páginas ausentes. Volví a la preparación y pasé directamente al cierre; Iria puso la mano sobre la hoja para que no siguiera.

En una página aparecía una corrección manuscrita junto a una casilla impresa.

Alguien había tachado un intervalo y escrito otro encima, con tinta azul.

Debajo figuraban dos iniciales: C. V. No era una firma completa.

La casilla decía «Visto bueno». No identificaba necesariamente a quien había escrito el cambio.

Copié la corrección y las iniciales en el cuaderno.

Iria me preguntó si conocía a alguien que las utilizara. Negué con la cabeza.

Copié el número de hoja. Iria acercó el índice: el procedimiento que necesitábamos seguía sin estar allí.

En el reverso figuraban los puestos responsables: coordinación, supervisión clínica, mantenimiento, registro. Una nota remitía a la dirección médica del programa.

—¿Programa? —dije.

Iria siguió con el dedo las referencias: información para las familias, evaluación ética, otra carpeta. Buscó en el armario y volvió sin ella.

—¿Te hablaron de esto?

—No lo recuerdo.

Copié las referencias.

Iria cerró la carpeta. La manga le cubría el bolsillo donde guardaba la chapita. Miré de nuevo el encabezado.

—Puede ser de cuando atendían a más gente.

—Puede —dijo, sin soltarla.

Oímos pasos. Iria devolvió la carpeta al armario y yo guardé el cuaderno. Los pasos siguieron de largo. Antes de cerrar, ella comprobó el separador.

Volvimos a la sala de lectura por un camino distinto para evitar la oficina de Leandro. Iria quiso saber qué pensaba hacer con las iniciales. Le dije que primero necesitaba averiguar a quién correspondían. Ella sugirió preguntar a Sabela por los antiguos trabajadores.

Por la noche Mara llamó a mi puerta con el tratamiento habitual.

Entró después de oír mi respuesta y colocó el vaso de agua sobre la mesilla.

Me preguntó cómo habían ido los ejercicios, si había comido bien y si había notado cansancio.

Contesté sin mentir. Cuando se inclinó para comprobar la etiqueta del frasco, vi que llevaba un bolígrafo azul en el bolsillo de la bata.

Era uno de los que utilizaba siempre. Aparté la vista antes de que ella mirara dónde estaba mirando yo.

Tomé la medicación. Mara me apartó un mechón de la frente antes de recoger el vaso.

—¿Algo más?

Miré el bolígrafo azul y negué. Apagó la luz del escritorio.