Capítulo 17 — La cámara vacía
Llegué al taller a la hora en que solía ayudar. Darío acababa de vaciar una bolsa de juntas. Acerqué un taburete, pero me dijo que las ordenaría él. Lo dejé contra la pared.
—Quiero mirar el plano de los filtros. Y la habitación que sale al fondo —dije.
Me preguntó cuál. Le mostré mi dibujo.
—No voy a pasar por la escalera.
—Lo sé. Vamos cuando deje esto cerrado.
Esperé sin tocar las bolsas. Iria vino con su cuaderno; Darío guardó las herramientas y nos llevó hasta la tabla de madera.
El plano estaba plastificado, bajo una lista de válvulas.
Las zonas conocidas tenían nombres; al otro lado del pasillo quedaban rectángulos grises.
Señalé la ruta del almacén. La escalera no aparecía.
—Puede que el plano sea anterior —dije.
Iria buscó una fecha en los márgenes. En la esquina inferior quedaba un sello casi borrado por la humedad, con un año que no conseguimos leer entero.
El plástico se había separado del papel y formaba pequeñas bolsas de aire.
A su lado aparecía una línea discontinua que salía del pasillo de filtros y terminaba en un rectángulo marcado con una letra.
No reconocía aquella derivación. Había pasado muchas veces por allí con Darío, pero nunca había seguido el muro hasta el fondo porque las herramientas se guardaban antes de llegar a la curva.
Copié el trazado en mi cuaderno. Iria quiso saber por qué una parte del plano estaba sombreada y otra no. Le expliqué que algunos edificios señalaban así las instalaciones retiradas de servicio. Lo había visto en manuales de mantenimiento. Iria señaló la línea discontinua.
—Vamos a mirar si sigue ahí.
Darío siguió la línea que habíamos copiado.
—Esa sala ya no trabaja. Desde el pasillo podéis verla conmigo.
Avanzamos junto a los filtros. Los motores nos obligaban a hablar más alto. En la curva quedaban dos tubos fluorescentes apagados y la luz verdosa de una lámpara de emergencia. Darío encendió su linterna.
La pared de la derecha tenía varias placas metálicas con números.
Algunas estaban cubiertas de pintura. Reconocí una flecha del plano junto a una tubería de agua templada y seguí el recorrido hasta una puerta ancha con una ventana rectangular.
La ventana estaba empañada por dentro, aunque la estancia parecía vacía.
En la placa de la puerta todavía podía leerse «HIDROTERAPIA», con las últimas letras rayadas.
Debajo había una pegatina más reciente que indicaba «FUERA DE SERVICIO».
Iria apoyó los dedos sobre el cristal. Darío le pidió que dejara libre el tirador y abrió. El pestillo no estaba echado. Salió olor a yeso húmedo y plástico antiguo, distinto del olor de la rejilla.
—¿Entramos? —preguntó Iria.
Darío iluminó el suelo y la bañera. Nos indicó que no tocáramos los equipos ni pasáramos por la puerta interior. Entramos detrás de él; dejó la puerta abierta.
La estancia era más grande de lo que sugería el plano.
Había una camilla baja junto a la pared y, en el centro, una estructura circular rodeada por una barandilla.
Al acercarme vi que se trataba de una bañera terapéutica vacía, con pequeños orificios distribuidos por el borde y un desagüe cubierto por una rejilla.
En el techo quedaban raíles de los que colgaban dos correas enrolladas.
Las paredes estaban revestidas de azulejos blancos hasta la mitad; por encima, la pintura se había levantado en algunas zonas y dejaba ver un color azul más antiguo.
Iria rodeó la bañera sin acercarse al borde.
Observaba las correas del techo y los soportes de una máquina que ya no estaba.
Me preguntó para qué se utilizaban. Le conté lo que sabía de los tratamientos con agua: cambios de temperatura, ejercicios de movilidad, presión controlada sobre músculos y articulaciones.
Eran explicaciones aprendidas de manuales, no recuerdos de haber visto aquella sala en funcionamiento.
En Nivalta todavía usábamos otras instalaciones para ejercicios, pero ninguna tenía una estructura como aquella.
—¿Y por qué la cerraron? —preguntó.
—Supongo que dejó de hacer falta.
La respuesta me sonó a Darío. Iria no se burló.
Se agachó cerca de un panel de mandos situado a poca altura.
Darío nos señaló los interruptores apagados, sin moverlos.
Había etiquetas de colores bajo algunos botones, con símbolos que reconocí de los controles respiratorios.
Me sorprendió encontrarlos en una sala de agua, aunque podían pertenecer a un sistema de ventilación.
Me incliné para leerlos y descubrí que el panel estaba desconectado: los cables terminaban en una caja vacía, cubierta por una tapa transparente.
Detrás de la camilla encontramos un armario sin puertas.
Conservaba varias bandejas de plástico, un rollo de papel amarillento y un soporte donde alguien había colocado una regla larga de madera.
Iria la sacó para comprobar las marcas y vio que no era una regla corriente.
Tenía centímetros dibujados a mano y pequeñas rayas horizontales, cada una acompañada de una fecha.
En la pared lateral había otras marcas semejantes, trazadas directamente sobre la pintura azul.
Al principio pensé que se trataba de medidas de instalación.
Algunas rayas estaban junto a números y otras a iniciales que apenas se distinguían.
Pero las alturas no seguían una progresión regular.
Las más bajas empezaban cerca de la cintura y las superiores quedaban a la altura de mis hombros.
Iria colocó la regla contra la pared, alineó la base con el suelo y me hizo ver que las marcas correspondían a estaturas.
—Aquí medían a niños —dijo.
Me acerqué. Había grupos de rayas separados por espacios amplios, como si hubieran utilizado aquella pared durante varios años.
Algunas fechas eran ilegibles; otras conservaban el mes y las dos últimas cifras del año.
Una línea azul atravesaba una inicial y llegaba hasta una altura ligeramente superior a la siguiente.
Recordé que Mara medía mi crecimiento en una tabla clínica y que Sabela solía bromear con que había tenido que cambiarme de talla demasiado deprisa.
Nunca había visto a nadie utilizar una pared para eso.
—A lo mejor era parte de los tratamientos —dije.
Iria pasó el dedo cerca de una marca sin tocarla y preguntó si había habido otros niños.
Yo sabía que el balneario había tenido más pacientes, pero no cuántos eran menores ni cuándo habían estado allí.
En los relatos de Sabela, los huéspedes llenaban comedores y dejaban toallas por todas partes.
Nunca había imaginado a uno de mi edad esperando ante aquella pared.
Encontramos una marca más baja que las demás, casi oculta por el borde de una estantería.
La pintura estaba raspada alrededor y solo quedaban dos trazos y una fecha incompleta.
Me agaché para verla mejor. No reconocí las iniciales.
Iria permaneció a mi lado un momento y después se apartó hacia el panel de mandos.
Cuando levanté la cabeza, estaba observando la placa situada encima de la puerta interior.
—Aquí pone algo más —dijo.
La placa había quedado parcialmente cubierta por una capa de pintura blanca.
Debajo se distinguía un código compuesto por letras y números, seguido de una palabra casi borrada.
Iria lo leyó en voz baja. No alcancé a oírla entera porque una de las bombas del pasillo arrancó con un golpe que hizo vibrar el cristal.
Me acerqué y copié en el cuaderno lo que pude distinguir: «HT-04/C».
La última letra estaba deformada por una mancha de óxido y quizá pertenecía a otra abreviatura.
—¿Para qué lo quieres? —pregunté.
—Si encontramos más papeles, puede servir para saber de qué habitación hablan.
Tenía sentido. Iria no comprobó mi copia. Siguió mirando la placa hasta que Darío anunció que volvería al trabajo. Guardó primero su lápiz; yo terminé la última cifra deprisa.
Antes de salir examiné una última vez la bañera.
En el fondo se acumulaba una película de polvo fino, interrumpida únicamente por el dibujo circular del desagüe.
La barandilla tenía manchas oscuras bajo el polvo.
Imaginé a alguien llenando el depósito, comprobando la temperatura y ayudando a subir a un paciente que no podía hacerlo solo.
La escena no me resultaba amenazante. Se parecía a muchas de las rutinas de cuidado que había conocido, con la diferencia de que aquella sala estaba abandonada y las marcas de la pared permanecían allí sin que nadie las hubiera borrado.
Darío cerró la puerta. Regresamos con él, sin acercarnos a la escalera de servicio. En la zona habitada, Iria me pidió una copia del plano. Dibujé de memoria la bañera, el armario y la pared de las marcas. Me faltaban fechas, pero no le pedí a Darío que volviera a llevarnos.
Iria observó el dibujo y señaló la esquina donde había anotado el código.
Quiso saber si estaba seguro de la última letra.
Admití que no. Ella tomó el lápiz, escribió una variante debajo y rodeó ambas con un círculo.
No explicó de dónde había sacado la segunda posibilidad.
Le pregunté si la había visto mejor que yo y respondió que creía recordar otra línea bajo la pintura.
La dejé terminar. Aquella tarde, sin embargo, tuve la impresión de que había entrado en la sala buscando algo que yo todavía no sabía nombrar.
Cuando cerré el cuaderno, Iria siguió un rato mirando el código.
Luego apartó la hoja y me preguntó si en Nivalta se guardaban los registros de las habitaciones que habían dejado de utilizarse.
Le hablé del archivo secundario, al que Darío acudía algunas veces para buscar manuales y partes antiguos.
No sabía si conservaba historiales ni si alguien nos permitiría consultarlos.
Iria asintió, como si aquella respuesta le bastara.
Por la noche abrí el cuaderno para dibujar de memoria las marcas de estatura. Me molestaba no haber copiado todas las fechas. Junto al plano seguía la variante de Iria, trazada con una letra mucho más pequeña que la habitual.
Guardé el cuaderno sin tachar ninguna de las dos versiones. Iria había memorizado una antes de que yo terminara de mirar la pared.