Capítulo 16 — Soria
Durante el regreso del almacén, Iria caminó un poco por delante de mí.
En la lavandería se detuvo para dejar pasar a Sabela, que arrastraba una cesta de sábanas limpias y protestaba porque una de las ruedas se empeñaba en desviarse hacia la pared.
Iria le sostuvo la puerta y hasta consiguió hacerla reír con una observación sobre la necesidad de reparar primero los carros y después las máquinas.
Yo llevaba el libro contra el pecho, con las tres fechas copiadas en una hoja doblada entre las páginas.
Si Sabela nos hubiera preguntado de dónde veníamos, habría podido responderle sin mentir demasiado. No nos preguntó nada.
La normalidad con que Iria había hablado con ella me desconcertó más que su silencio en el pasillo.
Unos minutos antes, delante de una caja de cartón, se había quedado sin palabras.
Ahora discutía con Sabela sobre si la ropa podía secarse mejor en un sitio donde las ventanas no se abrían.
Cuando llegamos a la sala de lectura, dejó el libro en su estante y me preguntó qué pensaba hacer con las fechas.
Contesté que quería compararlas con los días en que habíamos recibido suministros.
Ella se sentó frente a mí y esperó mientras sacaba el calendario.
Antes de llevarlo allí había sacado la etiqueta del cuaderno y la había guardado entre dos papeles en la caja bajo mi cama.
La vi al cerrar la tapa. El calendario podía enseñarlo; el adhesivo todavía no.
Había aprendido a reconocer cuándo alguien se cansaba de mis comprobaciones.
Darío solía empezar a silbar; Sabela recogía los objetos que yo había extendido sobre la mesa y los colocaba en un montón.
Iria, en cambio, podía permanecer inmóvil mientras yo ordenaba una columna de números, pero su atención se desplazaba de un detalle a otro.
Aquella tarde no miraba las fechas. Tenía la vista fija en el lomo del libro que habíamos llevado al almacén.
—Lo de la caja —dije cuando terminé de copiar el primer registro—. ¿Conoces a alguien que se apellide Soria?
Iria deslizó una uña por el borde de la mesa. No pareció sorprendida por la pregunta, como si hubiera tenido tiempo de prepararse para ella.
—Es un apellido bastante común. ¿Por qué?
—Porque te has quedado mirándolo.
—Había una caja con mi apellido escrito. Tú también te habrías parado si encontraras una con el tuyo.
Miré sus manos. Había vuelto a cubrir la caja antes de pedirme que saliéramos.
—Pensé que habías reconocido el material —dije.
—Ni siquiera pude leer el código entero.
Me pidió que le enseñara otra vez las fechas y me hizo repetir la de agosto. Al principio me irritó que cambiara de asunto tan deprisa. Después comprendí que yo mismo había querido hacerlo muchas veces cuando Mara me preguntaba por algo que no deseaba contarle.
Comprobamos la salida de octubre con mi calendario. Recordaba las cajas; la de agosto había sido dos días antes de una reparación. No teníamos nada parecido para junio. Dejé esas tres líneas y cerré los demás cuadernos. Iria miró hacia la puerta.
—Si vas a preguntarlo, no cuentes lo de la escalera —dijo—. Fuimos los dos.
Le dije que no necesitaba hablar de la escalera para preguntar por la carretera.
—Podemos hablar con la gente sin convertirlo todo en un interrogatorio —replicó.
—Tú puedes.
—Tú también, Ivo. Lo haces conmigo.
Quise decirle que con ella era distinto.
No encontré una forma de expresarlo que no sonara más importante de lo que pretendía, así que continué pasando las hojas del calendario.
Iria se levantó para buscar agua. Cuando regresó, me ofreció un vaso y se quedó mirando los círculos que yo había dibujado alrededor de las fechas.
Se inclinó para señalar un intervalo y su manga rozó la hoja manchada de barro.
—Puede que las entregas no sean mensuales —observó—. A lo mejor salen cuando necesitan algo y tú solo has encontrado tres ejemplos.
Le dije que tenía razón. Tres salidas no eran un horario mensual. Aun así, Darío podía utilizar la carretera, regresar y sentarse a cenar. Las reglas de Mara seguían siendo las mismas para mí.
A última hora fui a devolver a Darío un destornillador que me había prestado.
Lo encontré junto a una bomba abierta, con una linterna apoyada en el suelo.
Tenía las manos manchadas de grasa y discutía consigo mismo sobre la mala costumbre de fabricar tornillos que solo podían alcanzarse con herramientas demasiado grandes.
Le ofrecí el destornillador y me preguntó si había terminado de clasificar las juntas.
Asentí. Antes de irme, le dije que había visto en el calendario varias tareas marcadas como «carga» y que no sabía si correspondían a las bombas.
—Depende de dónde esté escrito —respondió sin apartar la vista del mecanismo—. En un depósito es presión. En una hoja de transporte son cajas. En un acumulador, electricidad. La misma palabra sirve para demasiadas cosas.
Era exactamente el tipo de respuesta que esperaba de él. Le pregunté si podía enseñarme alguna vez cómo se diferenciaban los partes. Darío terminó de ajustar la pieza, dejó la herramienta sobre el suelo y me miró con una atención que no había mostrado al principio.
—¿Te ha entrado ahora interés por la contabilidad?
—Quiero aprender a leerlos bien.
—Pues empieza por los de las bombas. Los otros te aburrirían.
No insistí. Darío apagó la linterna para comprobar una pequeña luz de control y me pidió que cerrara la puerta al salir. Su manera de hablar no había cambiado, pero me fui con la sensación desagradable de haber acercado demasiado mis preguntas al lugar del que procedían.
En la cena, Iria se burló de las rebanadas idénticas de Leandro. Sabela eligió la más torcida y se la puso en el plato. Me reí con ellas, pero seguía viendo las dos columnas del registro: salida y regreso. Saqué la hoja y la dejé junto al vaso.
—Quiero ir con Darío la próxima vez.
Darío dejó el pan sobre la mesa.
—Voy a recoger material. No a hacer una prueba contigo.
—Sales y vuelves el mismo día. No es una emergencia.
Mara me preguntó de qué fechas hablaba. Se las señalé.
—Eso no dice cómo estarías tú durante un viaje —respondió—. Podemos hablarlo después.
—Después siempre estoy en mi habitación.
Iria me tocó el codo. Aparté el brazo para acercar la hoja a Leandro. Él quiso saber de dónde la había sacado. Le dije que estaba en el almacén, junto al calendario. No intentó negar los viajes.
—El acceso de servicio es para trabajar —dijo.
—Lo hemos visto. Tiene una escalera y una puerta al fondo. Iria y yo bajamos.
Ella retiró la mano de la mesa.
Mara miró a Darío. Él me preguntó hasta dónde habíamos llegado. Contesté: tres peldaños, luego el giro y el pasillo. Al repetirlo me pareció menos de lo que había querido demostrar.
—No conocéis lo que hay al otro lado —dijo Darío—. Hay tramos donde estamos trabajando. No quiero volver a encontrarte allí sin mí.
—Entonces llévame. Conduces fuera y sigues viniendo a cenar.
—Yo no soy tú, Ivo —dijo Mara.
—Pero sabes que se puede salir. Me miras los números y nunca cambia nada.
Mi madre juntó los cubiertos. Quise que me respondiera delante de todos. Cuando se levantó para hablar conmigo fuera, no la seguí.
Leandro dijo que los accesos técnicos se utilizarían acompañados hasta revisar el recorrido. Darío añadió que, mientras tanto, no me encargaría tareas en mantenimiento. Las bolsas de juntas que yo había ordenado esa mañana seguían allí. Le pregunté qué tenía que ver una cosa con la otra.
—Te he dejado trabajar conmigo sin estar mirándote a cada momento. Si desde mi mesa te vas a una escalera, eso cambia —respondió—. Revisaremos la ruta. Si quieres ver algo, me lo pides.
Sabela acercó la fuente. Nadie cogió más. Iria se levantó con su plato y lo llevó a la cocina. Esperé a que volviera, pero solo la oí dar las gracias a Sabela.
Encontré a Iria en la sala de lectura. Le pregunté si quería revisar el calendario y negó con la cabeza.
—Te pedí que no lo contaras.
—No he dicho nada que no fuera verdad.
—No te he preguntado eso.
Cogió el libro y se fue a la terraza. Dejé las fechas sobre la mesa. Darío no las había negado. No entendía por qué tener razón me había dejado allí solo.
Aquella noche abrí el libro por donde lo había dejado. Desde el corredor escuché a Darío empujar el carro hacia mantenimiento. Al día siguiente no tendría que esperarme.
A la mañana siguiente nos encontramos en la terraza cubierta.
Iria había conseguido que Sabela le prestara unas tijeras para recortar las hojas secas de una planta.
Se quejaba de que el tallo tenía mejor aspecto por un lado que por el otro y me pidió que sostuviera la maceta.
Mientras trabajaba, sacó del bolsillo una pieza pequeña de metal, del tamaño de una ficha de armario, y la colocó sobre el banco para que no le estorbara.
Tenía un agujero en una esquina y restos de adhesivo amarillento.
Antes de que pudiera examinarla, la cubrió con la palma y volvió a guardarla.
—¿Qué es? —pregunté.
—Una chapita que estaba suelta. No vale para nada.
La había visto demasiado poco tiempo para distinguir una inscripción, pero reconocí el color del adhesivo.
Era parecido al de las etiquetas antiguas del almacén.
Iria continuó cortando hojas, concentrada de repente en una rama que no necesitaba arreglo.
Pensé en preguntarle dónde la había encontrado.
Recordé que yo había dicho su nombre en la mesa sin esperar a que ella quisiera hablar. Dejé la chapita en su bolsillo.
Sabela apareció con una regadera y nos mandó dejar la planta en paz antes de que termináramos por matarla. Iria le devolvió las tijeras. No me guiñó un ojo. Bajé la maceta del banco y la coloqué donde Sabela me indicó.
Más tarde Iria me preguntó si aún podía enseñarle el plano viejo que recordaba junto a los filtros. Le dije que tendría que pedírselo a Darío.
—Esta vez pregúntale lo que quieres hacer —respondió.
Abrí el cuaderno por una página limpia y dibujé el tramo que conocía.
No le dije que había notado cómo escondía la pieza. Ella tampoco volvió a mencionarla.