NIVALTA: Todo es por tu bien Capítulo 15 — La fecha
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Capítulo 15 — La fecha

Antes de la cena seguí pendiente de la puerta. La pregunta estaba guardada dentro del libro de matemáticas; no necesitaba sacarla para leerla.

Sabela apareció con un paño sobre el hombro y nos pidió que despejáramos la mesa.

Iria recogió sus cosas antes de que yo reaccionara.

Me entretuve guardando el lápiz y cerrando el estuche, pendiente del pasillo por el que Darío acostumbraba regresar de mantenimiento.

No lo vimos entrar. Tampoco durante la cena.

Leandro habló con Mara de una válvula que debía revisarse antes del cambio de mes, y yo me descubrí escuchando la palabra «revisarse» como si hubiera empezado a significar otra cosa.

Sabela me sirvió más patatas. Cuando le dije que ya tenía suficientes, dejó la cuchara sobre la fuente y me miró con esa expresión suya que mezclaba una pregunta con una orden.

—Hoy has comido como si te cobraran cada bocado. ¿Te encuentras bien?

Asentí y cogí el tenedor. Mara levantó la vista, pero no intervino. Terminé las patatas sin preguntar por Darío.

En mi habitación extendí la hoja junto al calendario. Allí estaba la marca del veintiocho de octubre: «arándanos». Recordaba la fecha; ahora necesitaba encontrarla en un registro de Darío. Cuando me dejaba ayudarlo, apuntaba cada movimiento de material.

Copié la fecha de la fruta en el reverso de la hoja.

Después añadí «cajas de filtros» y «garrafas», sin fechas.

Era una lista poco útil, pero al menos me decía qué debía buscar.

Cerré el calendario al oír pasos. Mara llamó dos veces y entró con el pequeño aparato que utilizaba para mis controles nocturnos.

Me pidió que me sentara junto a la cama y colocó el sensor con cuidado.

Mientras esperaba la lectura, reparó en el calendario, con la cinta de octubre asomando entre las tapas.

—¿Tienes alguna prueba mañana?

—Matemáticas. Estoy repasando fechas.

No me gustó cómo había sonado, aunque era verdad que había estado mirando un calendario.

Mara comprobó la pantalla, anotó el resultado y me preguntó si había notado alguna molestia durante el día.

Le dije que no. Su mano permaneció un momento sobre mi hombro antes de recoger el aparato.

Era un gesto habitual, tan conocido que me costaba imaginarlo fuera de aquella habitación.

Cuando se marchó, esperé a que sus pasos desaparecieran y volví a desplegar la hoja.

Al día siguiente encontré a Darío cerca de la lavandería. Tenía una llave inglesa en una mano y un sobre de juntas de goma en la otra. Me vio mirar el sobre y lo levantó a la altura de mi cara.

—Antes de que preguntes: no, estas no sirven para la bomba grande. El proveedor se ha equivocado de medida.

Le pregunté si podía ayudarlo a ordenar el material.

Darío me estudió un segundo, quizá porque llevaba varios días sin ofrecerme, y terminó entregándome el sobre.

Había recibido otras veces tareas parecidas: separar piezas por diámetro, contar abrazaderas, colocar etiquetas.

Aceptó con la condición de que no tocara las válvulas del fondo.

No mencionó la puerta de servicio. Yo tampoco.

Trabajamos en el almacén que conocía, el de las cajas apiladas junto al pasillo de mantenimiento.

Darío trasladó un paquete de herramientas hasta las bombas secundarias y me dejó clasificando juntas en una mesa estrecha.

Sobre la pared había un calendario grande del año en curso, cubierto de anotaciones en lápiz.

Cada semana contenía números, iniciales y pequeñas flechas.

En la esquina inferior figuraba una lista de tareas que ya se habían tachado.

Me acerqué lo suficiente para leerla, pero casi todas las abreviaturas correspondían a piezas o circuitos.

Había aprendido algunas con Darío; otras no las había visto nunca.

El primero de noviembre tenía una esquina doblada: allí estábamos ya. Volví a octubre para buscar la fruta.

Encontré «carga» junto a una fecha de septiembre. Dos casillas más abajo, otra «carga» con una flecha hacia el almacén. Podían ser cajas, presión de un depósito o el estado de un acumulador. Busqué una referencia de transporte.

Darío regresó con una caja de tornillos y la dejó junto a mis montones.

Me preguntó si había terminado. Le enseñé las bolsas clasificadas, y me corrigió dos tamaños que había mezclado.

Mientras lo hacía, buscó algo entre los papeles de una carpeta azul colocada debajo del calendario.

Sacó una hoja, la consultó y volvió a guardarla.

Vi columnas impresas, casillas y una firma inclinada que reconocí de sus notas de mantenimiento.

—¿Llevas un registro de todo? —pregunté, procurando que mi voz sonara como cuando quería aprender una tarea.

—De lo que luego alguien va a preguntarme, sí. Y de lo que se rompe, para poder demostrar que ya estaba roto antes de tocarlo.

Sonrió mientras cerraba la carpeta. Me encargó llevar las bolsas sobrantes a la estantería de arriba y salió a buscar una llave de tubo. Terminé de ordenar las piezas y regresé a la zona habitada con las manos oliendo a goma.

Iria me esperaba junto a la ventana de la sala de lectura.

No preguntó nada hasta que estuvimos solos.

Le conté lo del calendario y la carpeta azul, y quiso ir inmediatamente.

Le expliqué que Darío estaba entrando y saliendo del almacén y que no tenía sentido repetir el escondite del día anterior.

Ella apoyó los codos sobre la mesa y miró mi hoja de matemáticas, donde había dibujado la posición aproximada de la carpeta bajo el calendario.

—Tú conoces sus horarios —dijo—. Yo puedo vigilar el pasillo mientras miras.

—No sabemos si esa carpeta tiene lo que buscamos.

—Por eso hay que abrirla.

—Si pone «carga», no nos sirve. Puede ser una bomba.

Iria señaló mi dibujo.

—¿Y dónde apunta de dónde vienen las cajas?

Miré la carpeta azul que había dibujado bajo el calendario.

Esperamos hasta después de comer. Darío dedicaría la tarde a una bomba del ala antigua. Cruzamos la lavandería y llegamos al almacén sin detenernos frente a la puerta de servicio. Iria llevaba un libro: si nos encontrábamos con alguien, diríamos que buscábamos a Darío para devolverle unas notas.

La carpeta azul seguía bajo el calendario. Comprobé la posición de las bolsas de tornillos antes de abrirla. Iria se quedó en la entrada, vigilando el pasillo.

La carpeta contenía partes de mantenimiento, albaranes doblados y varias hojas impresas con casillas para fecha, destino, material y responsable.

Las primeras correspondían a reparaciones interiores.

En una aparecía «bombas secundarias»; en otra, «lavandería».

Pasé las páginas despacio. Hacia el final encontré un encabezado distinto: «Movimiento por acceso de servicio».

La hoja tenía una columna de salida y otra de regreso.

Debajo figuraban matrículas abreviadas, referencias de carga y una firma repetida.

Reconocí el trazo de Darío antes de leer su nombre.

Había salidas y regresos el mismo día, de septiembre hacia junio. Los intervalos variaban. «Recogida», «suministros», una referencia de proveedor repetida. La fecha de octubre coincidía con las cajas que había visto junto a la cocina; la hoja no decía si llevaban fruta.

—¿Qué pone? —susurró Iria desde la puerta.

Le mostré la hoja sin arrancarla. Iria dejó de vigilar durante un momento para leer la columna de salidas. Apoyó un dedo junto a la firma de Darío y siguió la línea hasta la hora de regreso.

—Entonces vuelve el mismo día.

—En estas, sí.

Las firmas de Darío se repetían a lo largo del año, entre meses incompletos y días con varios movimientos. En esos partes no figuraba ninguna emergencia.

Copié tres fechas y sus referencias: junio, agosto y octubre. No arranqué la hoja. Iria volvió la vista hacia las cajas mientras yo comprobaba la última cifra.

—Ya está —le dije.

No se movió. Dejé la carpeta con el lomo torcido hacia la izquierda, como la había encontrado.

—Hay más cajas detrás —dijo Iria.

Señalaba la parte inferior de la estantería, donde habían quedado varias cajas antiguas cubiertas con una lona de plástico.

Le recordé que ya habíamos encontrado lo que buscábamos.

Ella se agachó de todos modos, no para abrirlas, sino para leer las etiquetas que sobresalían.

Eran pegatinas amarillentas con códigos de piezas, fechas antiguas y nombres escritos a mano.

Algunas correspondían a válvulas que ya no se utilizaban. Otras llevaban números que no reconocí.

Oí un golpe lejano de metal y levanté la cabeza. Iria también lo escuchó. Podía ser Darío trabajando en las bombas, pero decidí que era momento de marcharnos. Guardé la hoja doblada dentro del libro que ella había traído y fui hacia la puerta. Iria no me siguió enseguida.

—Espera.

Había apartado un extremo de la lona y miraba una caja estrecha, de cartón gris, colocada detrás de las garrafas vacías. No la había abierto. En un lateral conservaba una etiqueta de inventario con el año 2016 y, debajo de una referencia técnica, un apellido escrito con rotulador negro.

SORIA.

Iria se quedó mirando la palabra sin tocarla. La conocía lo suficiente para esperar una broma o una pregunta, pero no hizo ninguna de las dos cosas. Se incorporó despacio y volvió a colocar la lona sobre la caja. Cuando me miró, tenía los labios apretados y el libro todavía abierto entre las manos.

—¿La conoces? —pregunté.

—Es un apellido —respondió.

Lo dijo mientras miraba hacia la salida, como si acabara de recordar que no debíamos estar allí. No insistí. Cogí el libro que me tendía y salimos al pasillo. Durante el camino de regreso, Iria no volvió a preguntarme por las fechas.