Capítulo 14 — Lo que Darío no dice
La mancha se secó mientras intentaba terminar los ejercicios. Iria me vio mirarla.
Arranqué la hoja del cuaderno de matemáticas y la doblé una vez.
Iria, sentada al otro lado de la mesa, siguió el movimiento. Me preguntó si ahora sí pensaba guardar una prueba. Le dije que solo era un ejercicio, y su expresión dejó claro lo poco que me creía.
Metí la hoja entre las páginas del libro y miré el reloj. Habían pasado cuarenta y siete minutos desde que regresamos de mantenimiento. Desde allí podíamos esperar hasta la cena sin ver quién utilizaba la puerta.
Iria cerró su libro y afirmó que yo iba a volver. Le dije que quería averiguar quién utilizaba la puerta; ella apostó por Darío, que era quien trabajaba en mantenimiento. Le recordé que Leandro también se dejaba ver por allí de vez en cuando.
—¿Leandro trabaja? —preguntó, levantando las cejas.
Me reí antes de poder evitarlo. Ella también, pero enseguida miró hacia la puerta. En la cocina sonó una bandeja. Sabela seguía preparando la cena. Mara estaba en la enfermería y Leandro llevaba un rato sin cruzar la zona común. De Darío no habíamos oído nada desde antes de comer.
Esperamos otros nueve minutos. Había empezado a contarlos sin decidir cuánto tiempo sería suficiente, pero al llegar al noveno me levanté. Esta vez dejé el cuaderno sobre la mesa.
Cruzamos la piscina. El eco de las pisadas me hizo reducir el paso; antes de la bifurcación levanté una mano.
Se oían llaves, y no el tintineo breve de alguien que lleva una sola. Era el manojo de Darío. Lo reconocía porque chocaban contra una pieza metálica que él decía que algún día quitaría y nunca quitaba.
El sonido se acercaba por el pasillo. Iria me miró. Retroceder hasta la piscina significaba cruzarnos con él si tomaba el mismo pasillo. Delante teníamos la puerta de servicio y los dos almacenes. Probé el primero. Seguía cerrado. El segundo, el que Darío utilizaba para cajas, cedió.
Entramos y no cerré del todo. Dejé una abertura mínima porque el pestillo hacía ruido al encajar. El almacén olía a cartón, goma y detergente. Había estanterías a ambos lados y cajas apiladas casi hasta mi hombro. Iria se colocó detrás de una torre de garrafas vacías. Yo me quedé junto a la puerta.
Las llaves se acercaron acompañadas de unos pasos distintos. Reconocí la voz de Leandro antes de entender lo que decía.
—…no es el momento.
Darío respondió algo demasiado bajo. Después sonó el roce de una caja o de una rueda contra el suelo. Era parecido al ruido que habíamos escuchado al otro lado de la escalera.
Iria se inclinó hacia mí. Le hice una señal para que no se moviera.
—Te estoy diciendo que con otra entrega no basta —dijo Darío.
Leandro respondió sin alzar la voz:
—Y yo te estoy diciendo que no vamos a cambiar nada hoy.
Hubo un golpe metálico. Imaginé el manojo de llaves contra la puerta, aunque no podía verlo.
Darío dijo algo que las tuberías se tragaron. Solo distinguí el final.
—…la carretera.
Iria me tocó el codo, pero seguí atento a la abertura. Leandro habló más cerca.
—La carretera está como está.
—Está abierta.
Darío lo dijo sin levantar la voz. Leandro tardó en responder.
—No he dicho que no lo esté.
La carretera está abierta. Me acerqué a la rendija.
Darío continuó:
—Entonces no podemos seguir así cada vez que hace falta algo.
Leandro bajó la voz. Creí oír mi nombre, después «Mara». Quise acercarme más a la rendija.
Iria me sujetó de la manga antes de que acercara la cara a la rendija. Si abría un centímetro más podían ver el movimiento.
—No mezcles las cosas —dijo Leandro.
—Llevamos años mezclándolas.
Algo rodó por el pasillo. Esta vez sí identifiqué un carro. Las ruedas tenían una vibración desigual: una giraba peor que las otras y golpeaba cada vuelta.
Darío volvió a hablar.
—La próxima entrega la hago igual, si eso es lo que quieres. Pero no me digas que es porque no hay otra opción.
Leandro respondió tan bajo que no entendí nada.
Después las llaves sonaron otra vez y oí el tirador de la puerta que habíamos abierto esa tarde. Iria soltó mi manga. Permanecimos inmóviles mientras cedía el pestillo.
La puerta se abrió. Entró una corriente más fría por el pasillo y, durante unos segundos, el almacén pareció perder su olor a detergente. No llegó el pino de la rejilla. Llegó otra cosa: cemento húmedo, metal frío y un aire que no llevaba horas dando vueltas por las mismas habitaciones.
El carro empezó a bajar. Primero hubo dos golpes cortos al cruzar el umbral; después volvió la vibración desigual de una rueda sobre el cemento de la rampa, cada vez más lejos.
Darío había bajado las cajas por la rampa estrecha que corría junto a los peldaños.
Yo la había tomado por un desagüe al mirar desde arriba.
Leandro no bajó con Darío. Lo supe porque sus pasos permanecieron en el pasillo. Se detuvo tan cerca del almacén que pude ver la punta de uno de sus zapatos por la abertura.
Iria respiraba despacio detrás de mí. Intenté acompasar mi respiración a la suya mientras Leandro permanecía unos segundos frente al almacén. Cuando por fin se marchó hacia la zona habitada, esperamos hasta dejar de oír sus pasos.
Iria salió primero de detrás de las garrafas. No dijo nada. Yo abrí la puerta del almacén con cuidado y miré hacia la bifurcación.
La puerta de servicio estaba cerrada. Junto al umbral, dos marcas paralelas atravesaban el polvo y desaparecían bajo la madera, dibujadas por las ruedas del carro.
—¿Lo has oído? —susurró Iria—. Ha dicho que está abierta.
Asentí, sin dejar de observar las marcas.
Otra entrega. La próxima entrega. Me quedé ante las marcas del carro.
—Tenemos que bajar —dijo Iria—. Darío acaba de irse. Podemos ver adónde va.
Negué con la cabeza. Si Darío volvía nos encontraría en la escalera.
Iria cruzó los brazos y me preguntó qué pensaba hacer en lugar de seguirlo.
—Saber desde cuándo —respondí, mirando las marcas del carro.
—¿Y cómo piensas averiguarlo?
Pensé en Darío cerrando su cuaderno de mantenimiento. En las fechas. En columnas que yo no había entendido. En calendarios viejos que seguían guardados porque en Nivalta casi nunca se tiraba un papel si todavía tenía una cara en blanco.
—Sin preguntarle.
Iria sonrió apenas. Esta vez no volvimos por la piscina. Tomamos el recorrido corto hasta la lavandería y desde allí regresamos a la zona habitada. Cuando entramos en la sala de lectura, la luz de la tarde ya había bajado en la parte alta de los cristales. El cielo visible era de un gris uniforme.
Saqué la hoja doblada del libro de matemáticas.
La mancha de barro seguía en el margen.
Al lado escribí una sola palabra.
Carretera.
Después añadí debajo:
¿Desde cuándo?