Capítulo 13 — La ruta
Después de comer esperé casi una hora antes de decirle nada a Iria. Estudié matemáticas durante veinte minutos, cambié de libro y acabé mirando una página sin leerla. Desde la cocina llegaban golpes de armario. Yo escuchaba el pasillo.
Iria estaba junto a la ventana cuando levanté la cabeza.
Le hice una señal para que se acercara y le enseñé el cuaderno.
No necesitaba explicarle el motivo; las dos palabras de la última página seguían allí, escritas con mi letra más grande de lo normal.
Le dije que quería volver a mantenimiento.
Ella preguntó si había pedido permiso. Negué con la cabeza.
Sonrió, pero no como si aquello fuera divertido, sino como si acabara de comprobar que yo también podía hacer algo sin consultarlo.
—¿Y qué vamos a buscar? —preguntó Iria, inclinándose sobre el cuaderno.
Le reconocí que aún no lo sabía. Ella torció la boca: empezar una búsqueda sin saber qué se buscaba no le parecía un gran plan.
Le dije que precisamente por eso no quería preguntarle a nadie.
Si preguntaba, podían darme una explicación antes de que yo hubiera visto nada.
Iria aceptó después de unos segundos y guardó el pelo detrás de la oreja.
Salimos de la sala de lectura cuando Sabela estaba ocupada en la cocina y tomamos el pasillo que llevaba a la puerta cortafuegos.
Yo conocía aquel recorrido lo suficiente como para saber qué puertas no debíamos tocar.
La lavandería quedaba a la izquierda; después venían el cuarto de filtros y una zona estrecha donde Darío almacenaba cajas, juntas, trapos y herramientas que ya no utilizaba.
Más adelante, el pasillo se dividía. El tramo de la derecha llevaba hacia las bombas secundarias y el de la izquierda terminaba en dos almacenes técnicos.
Nunca había tenido motivo para ir más allá del segundo porque Darío siempre encontraba lo que necesitaba antes de llegar allí.
Al pasar la rejilla, Iria redujo el paso.
—Hoy no esperamos aquí —le dije.
Continuamos hasta la bifurcación.
El almacén de la izquierda tenía una puerta metálica con una placa sin letras. Recordaba haberla visto abierta alguna vez cuando Darío llevaba cajas, aunque nunca había entrado. La puerta estaba cerrada ahora. Probé el tirador sin hacer fuerza. No se movió.
Iria señaló la puerta metálica, pero negué con la cabeza y le indiqué la otra.
Era una puerta más estrecha, de madera reforzada con una chapa gris.
En el borde había una tira de goma nueva que no recordaba haber visto.
Me agaché para mirarla. La goma todavía conservaba una superficie mate, sin el polvo gris que cubría casi todo lo demás en aquella zona. Iria se arrodilló a mi lado.
—Esa goma parece nueva —dijo Iria, tocando el borde sin arrancarlo—. ¿Estás seguro?
Le dije que sí, aunque no pudiera demostrarlo.
Iria señaló el suelo.
Había una mancha junto al umbral.
Al principio pensé que era óxido. Me acerqué hasta casi tocarla con la nariz, pero no olía a metal. Era una costra marrón muy fina, seca en los bordes y más oscura en el centro. Pasé el dedo por encima. Se deshizo enseguida y dejó una marca sobre la yema.
—Tierra —dijo Iria.
El resto del pasillo estaba limpio. Las manchas empezaban junto al umbral y desaparecían bajo la puerta.
—Podría ser barro de las botas de Darío —dije.
Iria se inclinó para observarlo.
—¿Sabes si Darío ha pasado por aquí? —preguntó Iria.
Negué con la cabeza.
Abrí el cuaderno. Antes de escribir, oí en mi cabeza la voz de Sabela y volví a cerrarlo.
Iria me miró.
—¿No lo vas a apuntar? —preguntó Iria, sorprendida al verme cerrar el cuaderno.
—Todavía no.
—Pues eso sí que es nuevo.
No respondí. Me acerqué a la puerta y apoyé los dedos sobre el tirador. No estaba cerrado con llave. Solo había que bajarlo.
—Si aparece alguien, volvemos —le advertí.
—¿Y si no aparece nadie?
Bajé el tirador.
La puerta cedió unos centímetros y una corriente fría entró por la abertura.
No tenía el olor de la rejilla. Era aire más seco, con un rastro débil de humedad y algo mineral que me recordó a las piedras del camino que había visto en fotografías.
El espacio al otro lado era muy estrecho.
Había una escalera de cemento que descendía dos tramos antes de girar.
Una bombilla protegida por una rejilla metálica iluminaba apenas los primeros peldaños.
Iria asomó la cabeza.
—¿Has estado aquí?
—No.
Eso era importante. Había zonas que conocía solo por las explicaciones de Darío, pero aquella escalera no estaba en ninguna de las rutas que me había enseñado.
Bajamos tres peldaños y noté cómo cambiaba el aire. No había olor a pino, pero sí una humedad diferente, menos pesada que la de los conductos interiores. En la pared aparecieron unas marcas de pintura blanca que señalaban una flecha y, debajo, una palabra casi borrada. Me acerqué.
SERVICIO.
Iria levantó la vista hacia mí y comentó que aquello no parecía un almacén. La escalera, las flechas y la iluminación le daban la razón.
Seguimos un poco más, solo hasta el giro. Desde allí se veía un tramo de pasillo bajo, con tuberías pegadas al techo y una puerta al fondo. Sobre esa puerta había una pequeña rejilla de ventilación. Por debajo entraba una franja de luz.
La franja era demasiado blanca para parecerme luz de una de las habitaciones que conocía y cambiaba ligeramente, como si algo pasara delante de ella. Iria susurró que podía haber alguien al otro lado. Quise negarlo, pero no tenía ninguna razón para estar seguro. Entonces escuchamos un sonido.
No fue una voz ni una máquina. Algo metálico golpeó una superficie al otro lado de la puerta y después se oyó un roce breve, como el de una rueda pequeña sobre cemento.
Iria me agarró del brazo.
Retrocedimos sin hablar y volvimos a la puerta superior. Esta vez cerré despacio para que el pestillo no hiciera ruido. Nos quedamos los dos en el pasillo de mantenimiento, mirando la madera como si pudiera decirnos qué había detrás.
—¿La tierra estaba aquí antes? —preguntó Iria cuando volvimos al pasillo.
La pequeña línea de barro seguía junto al umbral.
Me agaché y recogí una partícula protegida bajo la goma. Aún conservaba humedad; al apretarla se volvió una pasta fina.
Aquello no llevaba allí años.
Guardé la yema manchada en el bolsillo en lugar de limpiarla con el pañuelo.
Iria me preguntó si iba a apuntarlo. Miré el dedo manchado.
—Primero tengo que guardar esto.
Regresamos a la zona habitada sin detenernos en la rejilla.
Cuando regresamos a la sala de lectura, limpié el dedo en el borde de una hoja que ya no necesitaba y abrí el libro de matemáticas por la misma página que había dejado antes.
No leí una palabra. Me quedé mirando la mancha marrón en el margen hasta que se secó.