Capítulo 12 — La mentira pequeña
Sabela limpiaba setas cuando volvimos. Tenían manchas de tierra en el pie. Las frotaba con un paño húmedo porque decía que bajo el grifo cogían demasiada agua. Iria siguió hacia la terraza. Yo me quedé en la cocina con el cuaderno cerrado bajo el brazo.
Sabela levantó la vista y preguntó si habíamos vuelto para desayunar dos veces o para robarle algo.
Le dije que no. Respondió que entonces todavía podía confiar en la despensa.
Me acerqué a la mesa. Las setas estaban separadas por tamaños, algunas con el sombrero claro y otras más oscuro.
Pregunté de dónde eran. Sabela contestó «setas», como si no hubiera entendido.
Le aclaré que quería saber de dónde habían venido.
«De la entrega», dijo, y siguió con el paño.
La respuesta me hizo pensar en los arándanos, pero no seguí por ahí.
Cogí una seta, la acerqué a la nariz y pregunté si aquello olía a bosque.
El paño se detuvo apenas un segundo. Sabela quiso saber a qué venía la pregunta.
Le dije que a nada. Respondió que era una pregunta bastante rara para venir de nada.
La seta olía a tierra, pero no igual que la rejilla.
—No es lo mismo —dije.
—¿Lo mismo que qué?
Sabela volvió al paño sin mirarme.
—La rejilla.
No levantó la cabeza. Preguntó qué pasaba ahora con la rejilla. Le conté que había vuelto a oler y que Iria la había olido también. Esta vez sí me miró. Cuando dije «pino mojado», dejó la seta en la bandeja y cogió otra.
—También tierra —añadí.
—En las suelas entra tierra —dijo—. Y aquí hay madera, humedad...
—El otro día dijiste pared vieja.
Sabela dejó el paño.
—¿Qué quieres que te diga?
—La verdad.
La palabra salió antes de que pudiera decidir si quería usarla.
Sabela me sostuvo la mirada. Era quien me había enseñado a pelar patatas sin llevarme medio dedo y me cambiaba las sábanas cuando tenía fiebre. Estuve a punto de retirar la pregunta.
—No sé de dónde viene —dijo.
Miró hacia el pasillo de mantenimiento y cogió otra seta.
—Si quieres una respuesta exacta, pregúntale a Darío.
—¿Cómo entra la humedad en el conducto?
Sabela apoyó las manos sobre la mesa. Dijo que no conocía la conexión de todos los conductos. Nunca había fingido conocerla.
Le pregunté directamente si a ella le olía a pino. Tardó más de lo necesario en responder y, cuando lo hizo, dijo que a ella le olía a muchas cosas. Le señalé que no era una respuesta. Entonces respondió que no todo tenía que responderme.
La frase me dolió más de lo que esperaba, no por lo que decía, sino por quién la decía.
Sabela debió de notarlo porque se limpió las manos y se acercó.
Intenté marcharme diciendo que tenía historia; ella recordó que no me tocaba hasta después de comer.
Dije matemáticas. Tampoco. Cuando me aparté de la mesa, me tocó el brazo.
—No estoy intentando ocultarte nada peligroso.
La palabra peligroso no la había usado yo.
—¿Peligroso?
Sabela me sostuvo la mirada.
—Llevas días buscando qué va mal.
—Estoy apuntando lo que pasa.
—Ya te he oído.
Cogió otra seta y me pidió que dejara el asunto: Darío revisaría la rejilla.
Pregunté qué pasaría si no había nada que arreglar, si solo entraba aire. El paño se detuvo otra vez, esta vez mientras Sabela miraba sus propias manos. Dijo que entonces sería ventilación.
—¿De fuera?
Sabela levantó la cabeza y respondió que toda ventilación acababa comunicando con algún sitio. Le señalé que no era eso lo que había preguntado. Dijo que lo sabía. Y ahí terminó.
Le dije que de acuerdo y guardé el cuaderno bajo el brazo. Su sorpresa fue casi cómica; preguntó si no iba a seguir. Le dije que no. Respondió que aquello le preocupaba más.
Salí de la cocina. Iria estaba apoyada junto a la puerta de la sala de lectura. No preguntó qué había pasado; solo miró mi cara y se apartó para dejarme entrar. Me senté en una de las mesas y abrí el libro de matemáticas. Durante varios minutos no leí una sola línea.
La próxima vez, antes de preguntar, iba a mirar.