NIVALTA: Todo es por tu bien Capítulo 11 — La rejilla
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Capítulo 11 — La rejilla

A las ocho y veintisiete Iria ya estaba esperando en la terraza cubierta.

No llevaba el móvil en la mano ni parecía impaciente; estaba junto al banco, mirando cómo el agua de la noche había quedado atrapada en pequeños caminos sobre la parte alta del cristal.

Cuando llegué con el cuaderno bajo el brazo, volvió la cabeza y preguntó si pensaba hacerla firmar algo antes de empezar.

Le dije que no, aunque había pensado llevar una segunda hoja por si el olor aparecía más de una vez.

Iria sonrió como si aquello confirmara algo que ya sospechaba de mí.

Durante el trayecto aún se oían los platos del desayuno. Iria miró el fondo de la piscina vacía; yo seguí hasta la puerta cortafuegos.

Al cruzar la puerta cortafuegos, Iria preguntó hasta dónde podía ir solo. Le dije que hasta la lavandería. Más allá, la zona no estaba acondicionada.

—Eso suena a Leandro.

El pasillo estaba más frío que la terraza.

Las tuberías marcadas con cintas de colores recorrían la pared hasta perderse detrás de un falso techo.

Al fondo se veía la puerta gris, con las bisagras nuevas y las curvas del polvo delante.

No le hablé de la corriente que había sentido bajo ella. Habíamos ido por la rejilla.

Nos detuvimos antes de la lavandería. La pared parecía exactamente igual que el día anterior: azulejo crema, junta oscura, cinco láminas estrechas pintadas del mismo color.

Iria se acercó hasta quedar a pocos centímetros y me preguntó si era aquella.

Le expliqué que la corriente había aparecido a las ocho y cuarenta y uno la vez anterior y que, cuando conseguí medirla, duró menos de dos minutos.

Levantó una mano delante de la rejilla y esperó.

Eran las ocho y treinta y tres. Nos apoyamos contra la pared opuesta. Iria miraba la puerta gris; yo no apartaba los ojos del reloj.

A las ocho y treinta y ocho, Iria se separó de la pared.

Dijo que esperara. Yo no había notado nada.

Se acercó de nuevo a la rejilla y puso la mano delante.

Hice lo mismo. Al principio solo sentí el aire frío general del pasillo, pero después apareció otra cosa: una corriente muy fina, más templada que la pared, que rozó primero las puntas de los dedos y luego se volvió un poco más constante.

La línea de humedad tardó unos segundos en formarse sobre la segunda lámina.

Una gota creció despacio en el borde y descendió por el azulejo. Miré el reloj: ocho y treinta y nueve.

Abrí el cuaderno y anoté la hora. Cuando levanté la vista, Iria seguía inmóvil frente a la rejilla. Le pregunté si lo olía. Inspiró otra vez, más despacio, y entonces dijo una sola palabra:

—Pino.

Iria añadió que era pino mojado, con tierra. Yo conocía la palabra y el mango de una herramienta de Darío; nunca había reconocido aquel olor.

—¿Tierra de dónde?

—De debajo de las hojas. Después de llover.

—Darío trabaja con madera.

—No huele a su taller.

La corriente movió una mecha junto a su cara. Le pregunté si podía llegar de un patio.

—No sé por dónde viene —respondió—. Solo sé a qué huele.

Anoté pino húmedo / tierra. La letra me salió demasiado grande. Iria leyó por encima de mi hombro.

—Te vas a quedar sin margen.

Durante unos segundos ninguno habló. Entonces llegó un sonido muy débil desde el otro lado, tan bajo que al principio pensé que era una vibración del conducto.

No se parecía a las bombas ni al extractor: dos golpes rápidos y algo parecido a un roce.

Iria también lo oyó. Esperamos, pero no volvió.

Mi primera idea fue una tubería; después pensé que quizá algo había golpeado una rejilla exterior.

No sabía por qué apareció esa palabra antes que otra.

A las ocho y cuarenta y dos la corriente empezó a disminuir. Iria rozó la humedad con un dedo. Le conté que Sabela había hablado de pared vieja.

—Pues pregúntaselo otra vez —dijo.

Volvimos hacia la zona habitada. Al pasar junto a la puerta gris reduje el paso; Iria continuó y la seguí. En el cuaderno dejé sus dos palabras junto a las mías, sin sustituirlas.