Capítulo 10 — Demostrar
Empecé por las alarmas, no por Iria. La diferencia era importante porque, si abría los cuadernos pensando en ella, podía encontrar justo lo que quisiera encontrar.
Saqué del cajón los dos anteriores y los puse sobre la cama junto al actual.
El más viejo tenía la tapa verde y una esquina mordida por algo que Sabela juraba que no había sido un ratón; el segundo era azul y el actual, negro.
En una hoja nueva hice columnas para la fecha, el tipo de alarma, el filtro cambiado y los síntomas.
Tardé más de una hora. Tenía doce alarmas y nueve cambios de filtro.
Busqué sustituciones durante los tres días siguientes a cada alarma: encontré cuatro alarmas, pero solo tres cambios.
Dos avisos del norte habían precedido a una misma sustitución.
Las otras ocho alarmas no tenían un filtro nuevo después; tres coincidían con mantenimiento anterior y en cinco no encontraba nada que relacionar.
Podía haber razones que no conociera: un problema resuelto sin sustitución, un mantenimiento que no hubiera visto, un registro de Leandro al que yo no tenía acceso. Aun así, los datos no hacían la forma que esperaba.
Golpearon la puerta. Era Iria. Entró, vio los cuadernos sobre la cama y dijo que aquello era demasiado para una persona normal.
Le expliqué que estaba comparando alarmas para comprobar si la prueba del día anterior tenía sentido.
Pidió ver los cuadernos; le dije que eran míos. Para mi sorpresa, no insistió.
Le enseñé solo la hoja nueva y resumí lo que había encontrado. Iria preguntó cuántas coincidencias reales había. Tres de nueve. Dijo que era poco. Le recordé que no sabía cómo funcionaba el sistema. Ella respondió que yo tampoco del todo. La frase me molestó porque era verdad a medias.
Le hablé de Darío y de la bomba que seguía funcionando aunque ya no hiciera falta. Iria preguntó qué patrón esperaba encontrar. Miré las columnas. Podía haber mantenimiento que yo no hubiera visto o registros que Leandro no me enseñaba. Pero no había encontrado lo que buscaba.
Dije que Mara no inventaría una prueba. Iria respondió que nunca había dicho eso; había dicho que aquella no era para ella. Propuse que quizá querían compararnos. Aquello la preocupó más.
—No tenemos lo mismo.
Hasta entonces me había parecido una comparación natural: dos adolescentes, dos problemas respiratorios, el mismo lugar, pruebas parecidas.
Formulado de aquella manera, la lógica empezaba a tener huecos.
Intenté volver al entorno, a la explicación de Mara.
Iria me pidió que se la explicara con mis propias palabras y no pude.
Miré la hoja. Doce alarmas, nueve cambios, tres coincidencias.
Dije que preguntaría a Darío. Iria aseguró que respondería lo justo.
Quise defenderlo diciendo que siempre contestaba, pero pensé en la página del cuaderno que había cerrado y en las palabras crítico y operativo.
Iria no conocía a Darío, le recordé. Ella admitió que no, pero añadió que sí sabía reconocer cuándo alguien decidía cuánto quería contar.
Cogí el cuaderno negro y dije que iba a la terraza. Iria se levantó para acompañarme. Protesté que no la había invitado; me recordó que era una zona común.
La lluvia había parado y la franja de cielo sobre los paneles opacos estaba más clara.
Me senté con el cuaderno abierto. Iria quiso saber qué esperaba.
Miré la hora. No pensaba contárselo todavía, pero ya había aprendido que podía esperar más que yo cuando quería una respuesta.
Al final le hablé del olor de la rejilla: aparecía a veces, durante poco tiempo, y se parecía a algo húmedo, quizá vegetal.
Su postura cambió en cuanto lo oyó. Quiso saber dónde estaba y a qué hora sucedía.
—¿Me la enseñas?
Le pregunté para qué. Dijo que quizá ella sí sabría qué era. Cuando quise saber por qué, sonrió.
—Porque he estado fuera.
No lo dijo para hacerme daño. Esa vez lo entendí.
Cerré el cuaderno y le dije que entre las ocho y media y las nueve del día siguiente habría más posibilidades de que apareciera. Iria asintió.
Antes de guardarlo volví a la página donde el recuento no me daba la razón. Iria esperó a que terminara. No taché nada.