Capítulo 9 — La prueba respiratoria
Iria llegó tres minutos tarde a la enfermería.
Mara ya había mirado dos veces el reloj.
Apareció con el pelo recogido y una sudadera distinta a la del día anterior, pidió perdón y se sentó en la silla libre.
Yo tenía el pulsioxímetro en el dedo. Era la primera vez que alguien de mi edad se sentaba al otro lado para hacerse aquellas pruebas.
Mara empezó por lo básico —pulso, saturación, tensión— y Iria dejó que trabajara sin preguntar hasta que apareció la boquilla transparente de la espirometría.
Entonces dijo que sabía lo que era, que se la habían hecho en Ávila dos meses antes y que había salido normal.
Mara respondió que precisamente por eso quería comprobar cómo estaba allí.
Iria aceptó la explicación sin discutir y sopló a la primera mejor de lo que yo esperaba.
Casi todo el mundo que veía aquella prueba por primera vez vaciaba el aire demasiado pronto, pero ella mantuvo el soplido hasta que Mara levantó la mano.
Lo repitió dos veces más y, cuando preguntó por el resultado, Mara se limitó a decir que estaba bien.
Iria señaló que «bien» no era un número.
Me hizo sonreír porque habría dicho exactamente lo mismo.
El problema empezó cuando Mara abrió otro cajón y sacó una pequeña sonda con un medidor que yo conocía.
La llamó «control de respuesta ambiental», una expresión que me llamó la atención porque conmigo solía decir respuesta al entorno.
Mara acercó el medidor y señaló el otro aparato, junto a la pared.
—Este anota la respiración y la temperatura de la piel. Aquel, la humedad y las partículas. No vamos a cambiar el aire.
Iria frunció el ceño y dijo que su problema no era alérgico. Mara contestó que no había dicho lo contrario y que las partículas podían afectar a otros cuadros. Cuando Iria preguntó a cuáles, hubo una pausa pequeña, apenas un segundo, pero yo conocía demasiado bien a mi madre como para no verla.
—Depende del cuadro.
Iria se apoyó en el respaldo y le preguntó entonces cuál era exactamente el suyo.
La pregunta no sonó agresiva. Precisamente por eso, la enfermería pareció más pequeña.
Mara dijo que en la ficha de estancia figuraba sensibilidad respiratoria.
Iria negó que eso fuera un diagnóstico de sus informes.
Mi madre abrió la carpeta y volvió a cerrarla: la expresión estaba en la solicitud que Leandro le había pasado, no en las pruebas de Ávila.
Propuso revisar la documentación después.
Iria le preguntó qué había revisado antes de empezar.
Iria quiso saber para qué servía aquella prueba si sus resultados anteriores habían sido normales. Mara explicó que necesitaba valores de referencia en un entorno controlado.
—En Ávila no me dijeron que tuviera eso —dijo Iria—. ¿Qué estás buscando aquí?
—Quiero comprobar tu respuesta en este entorno. Las partículas también pueden influir.
—Entonces explícame esta prueba. No la de Ivo.
Pensé en Darío y en aquella frase sobre cosas que funcionaban aunque ya no hicieran falta. No sabía por qué me vino entonces, pero no pude evitarlo.
Intervine para decir que la prueba no hacía daño y que a mí me la hacían siempre.
Iria me miró y respondió que ese era precisamente el problema: que a mí me sirviera no demostraba que tuviera sentido para ella.
Mara aprovechó el silencio para insistir en que solo quería una referencia y, después de unos segundos, Iria terminó aceptando.
La prueba duró menos de cinco minutos: temperatura de la piel, frecuencia respiratoria, humedad.
Nada que yo considerara extraño. Al terminar, Mara escribió tres valores, dijo que todo estaba normal y entregó a Iria una hoja para que anotara si durante el día aparecían opresión, tos, mareo o dolor de cabeza.
Iria preguntó qué estaba siguiendo exactamente.
Mara respondió que todavía no sabía cómo reaccionaba a aquel entorno.
—Pero el entorno se supone que es seguro.
Aquella frase sí cambió algo. Mara tardó un segundo en contestar.
—Es controlado.
Mara dijo que el control permitía detectar cambios. Iria miró la hoja de valores y después el aparato de la pared.
—Vale. Pero si algo cambia, me lo dices antes de hacerme otra prueba.
Mi madre asintió. Iria soltó por fin el respaldo de la silla.
Cuando terminó, Mara la dejó salir y me retuvo para auscultarme.
El metal del fonendo estaba frío y la revisión tardó menos de un minuto.
Dijo que yo estaba bien. Antes de marcharme pregunté si Iria estaba enferma.
Mara contestó que había referido molestias, pero que sus pruebas no mostraban lo mismo que las mías.
Le recordé que no tomaba medicación, que sus pruebas eran normales y que ni siquiera parecía que Mara conociera toda su historia.
Mi madre empezó a ordenar la mesa mientras respondía que ya la iría conociendo.
—Entonces ¿por qué está aquí?
Mara dijo que se había decidido que pasara unos días con nosotros.
—Eso no es una explicación médica.
Me miró.
—No todo tiene que serlo.
—Has dicho que tenía sensibilidad respiratoria.
—También.
—¿Estás segura?
Pronunció mi nombre. Dejé de preguntar.
Iria esperaba en el pasillo, apoyada contra la pared.
Le pregunté si estaba enfadada. Dijo que no conmigo, y me tranquilizó más de lo que esperaba.
Defendí a Mara; dije que sabía lo que hacía.
Iria no la acusó de no saber medicina. Solo quiso saber si aquella prueba ambiental me la hacían siempre y para qué servía.
Le expliqué que medía cómo respondía al entorno.
Ella me pidió que le dijera qué significaban exactamente esas mediciones en relación con una sensibilidad respiratoria.
Podía explicar las cifras, la humedad, la temperatura y la frecuencia, pero no por qué todas juntas demostraban algo concreto.
Iria lo vio en mi cara.
—Eso no era una prueba para mí.
Le pedí que me explicara cómo podía estar tan segura. Respondió que conocía las pruebas que le habían hecho antes y que aquella no encajaba. Intenté defender la posibilidad de que Mara utilizara protocolos distintos. Iria negó con la cabeza.
—Ahora no me vas a escuchar. Vas a defenderla antes.
Le contesté que quizá la defendía porque tenía razón. Iria me sostuvo la mirada un instante y respondió que eso era exactamente lo que quería decir. Después se fue hacia la terraza.
Me quedé en el pasillo con una idea mucho más sencilla que todo lo demás: quería demostrar que se equivocaba.