Capítulo 8 — Cosas normales
—¿Cuánto tiempo llevas sin salir? —repetí.
—Sin ir fuera.
—Desde que llegué. No puedo salir.
Iria se quedó quieta.
—Vale.
—¿Vale qué?
—Nada.
Aquella palabra empezaba a aparecer mucho desde que ella había llegado.
Debió de notar que me molestaba porque dejó de sonreír y pidió perdón.
Dijo que no sabía que fuera así. Le pregunté «así cómo» y no encontró una respuesta clara.
Nos quedamos en silencio mientras las gotas de lluvia avanzaban por la cara exterior del cristal, unas despacio y otras uniéndose hasta formar líneas más gruesas.
Iria cambió de tema y me preguntó si me gustaba la lluvia.
Le dije que sí, que la oía. Respondió que no era lo mismo.
Cuando le pedí que explicara la diferencia, habló de mojarse sin querer, de salir y que empezara a llover, de llegar a un portal empapada porque el paraguas se había dado la vuelta con el viento.
Yo le dije que entonces tendría que comprar uno mejor.
Me miró con esa expresión suya que parecía mezclar paciencia y sorpresa.
Le pedí que no hablara como si supiera algo que yo no. Ella respondió que yo hacía exactamente lo mismo cuando hablaba de filtros. Eso me dejó sin respuesta. Tal vez para Iria mis explicaciones sobre Nivalta sonaban igual de extrañas que para mí sus historias sobre el exterior.
Nos sentamos en el banco. Empezó a contarme cosas de Ávila sin darse cuenta de que cada detalle abría una pregunta nueva: vivía en un cuarto piso, el ascensor se averiaba demasiado, utilizaba autobús sola, cruzaba calles, se bajaba si se pasaba de parada y, si no conocía una zona, miraba el móvil.
Sacó el teléfono para enseñarme el mapa.
Era negro y tenía una esquina de la pantalla rota.
Tocó dos veces y apareció una cuadrícula con nombres de calles.
Entendía el GPS; lo que me costaba imaginar era llevar una cosa así en el bolsillo todos los días y utilizarla para casi todo.
Iria quiso saber si nunca usaba un móvil propio.
Le expliqué que no tenía, igual que tampoco tenía tableta ni ordenador mío.
Había una tableta vieja en la sala de lectura y el ordenador de Leandro.
Estaba matriculado en un instituto de Galicia.
Las tareas y correcciones llegaban de allí; ahora parte de las clases eran por pantalla.
Mara preparaba la conexión desde enfermería y se quedaba cerca por si me fatigaba.
—¿Tus profesores saben que no sales? —preguntó Iria.
—Saben que tengo atención domiciliaria.
Nunca había pensado en explicarles las puertas. Al empezar cada curso Mara me hacía firmar la portada de una carpeta con la solicitud y un informe médico. Yo buscaba el horario, no lo que decían que me impedía ir.
Entonces preguntó cómo hablaba con mis amigos.
La pregunta me molestó antes de saber por qué.
Le dije que allí estaban todos. Iria aclaró que hablaba de gente de fuera.
Contesté que no tenía amigos fuera. Ella bajó la vista a la pantalla y, después de un silencio, explicó que ella tenía tres o cuatro amigos «de verdad» y después mucha gente: compañeros, conocidos, personas que tenía en Instagram pero con las que quizá no hablaría si se las encontraba un domingo.
Sabía qué eran Instagram, TikTok y WhatsApp. Lo que no había hecho era usarlos.
Iria acabó poniéndome el teléfono en la mano.
—Toma. Para que dejes de hablar de esto como si fuera un animal venenoso.
Pesaba menos de lo que esperaba. Al rozar la pantalla apareció una fotografía de ella con otra chica delante de un escaparate. Pregunté quién era. Iria dijo que una amiga. Le recordé que había hablado de tres o cuatro. Me contestó que no pensaba darme un censo.
Siguió preguntándome por cosas que yo conocía de nombre, pero no de experiencia.
Nunca había estado en un centro comercial.
Había visto vídeos. Ella dijo que eran bastante horribles y, al mismo tiempo, que en ese momento le apetecería estar en uno.
Le señalé la contradicción. Iria respondió que precisamente por eso tenía sentido.
La lluvia aumentó y llenó de ruido la terraza. Iria levantó la cabeza y dijo que fuera sonaba distinto. Esa vez no le pedí que explicara la diferencia.
Le pregunté qué medicación tomaba. Iria frunció el ceño y dijo que ahora ninguna.
Eso no encajaba con la sensibilidad respiratoria de la que había hablado Mara.
Pregunté por inhaladores. Había usado alguno, pero ni siquiera recordaba cuál.
A mí me costaba imaginar olvidar un nombre así: podía recordar colores, dosis y horarios de casi todo lo que había tomado desde los ocho años.
Quise saber entonces por qué estaba en Nivalta. Dijo que se lo habían recomendado. Pregunté quién. Primero nombró a Leandro, luego aclaró que él solo la había recogido y que su madre había hablado con gente. Cuanto más concreta era la pregunta, menos concreta se volvía la respuesta.
—Iria, siempre sabes menos cuando pregunto cosas concretas.
—Y tú preguntas demasiado.
Sonó cansada, no enfadada. Pedí perdón. Ella dijo que no pasaba nada y sacó otra vez el móvil.
Abrió un vídeo guardado. Se veía una calle de noche, luces, coches y una chica corriendo bajo la lluvia mientras alguien se reía detrás de la cámara.
Era Ávila. La que corría se llamaba Nora.
Pregunté por qué lo hacía. Iria respondió que porque llovía y yo le dije que aquello no era una razón. «Para ella sí.»
Vi el vídeo otra vez. Nadie llevaba mascarilla. Sabía que eso era normal en una ciudad, pero aun así me fijé. Iria lo notó. Le dije que no era nada. Se rio y señaló que yo también había aprendido a utilizar la palabra.
Después quiso pasarme el vídeo. Mi pregunta, «¿a dónde?», la hizo quedarse quieta. Habíamos hablado ya de que no tenía móvil, pero por un momento lo había olvidado.
—Es la primera vez que conozco a alguien de nuestra edad que nunca ha tenido uno.
Le dije que no lo necesitaba. Iria bajó los ojos al teléfono y me enseñó otra vez el vídeo, esta vez sin intentar enviármelo. Acerqué mi silla a la suya.