NIVALTA: Todo es por tu bien Capítulo 7 — La llegada
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Capítulo 7 — La llegada

Sabela puso seis platos en la mesa y me di cuenta antes que nadie.

No porque contara siempre los platos, sino porque durante años habían sido cinco: cinco vasos, cinco sillas ocupadas, cinco servilletas cuando le daba por usar las de tela y cinco trozos de pan si repartía antes de sentarnos.

Aquella tarde había seis. Los del ala norte comían en sus habitaciones o en el comedor de recepción.

Eran cuatro adultos que necesitaban ayuda para moverse, con auxiliares que cambiaban de turno.

Yo los veía cuando pasaban hacia las revisiones.

Nuestra mesa, en cambio, era la que Sabela llamaba de casa.

Pregunté quién venía. Sabela contestó que alguien, como si la sexta silla pudiera haberse colocado sola.

Mara, que revisaba una bolsa de medicación junto a la encimera, explicó que Leandro había salido y volvería acompañado por una chica llamada Iria.

Tenía dieciséis años. Repetí la edad sin querer y Sabela dijo que no hacía falta, que no iba a convertirse en otra por repetirla.

Quise saber cuánto tiempo se quedaría y por qué venía.

Mara respondió con su tono más clínico: sensibilidad respiratoria.

No exactamente como yo; cada caso era distinto.

Añadió que su madre había hablado directamente con Leandro, que conocía a la familia de antes, y había autorizado una estancia corta.

Mara tenía sus informes de Ávila. No dijo que necesitara vivir encerrada; dijo que iban a observarla unos días.

Nunca había compartido Nivalta con alguien de mi edad. Sabela dijo que habían preparado la habitación tres, donde guardaban mantas y cajas.

—¿Cuándo habéis sacado todo?

—Mientras estabas con Darío.

Habían vaciado una habitación entera sin que yo oyera nada.

Fue al volver con la jarra de agua cuando escuché el motor.

Al principio pensé que era una bomba distinta, pero el sonido llegó de lejos, desapareció y regresó unos segundos después.

Mara dijo que era Leandro con el coche. La palabra no era nueva; la sensación sí.

Sabía cómo funcionaban los coches. No recordaba haber oído uno acercarse a Nivalta.

Pregunté si había venido en coche. Mara respondió «claro», como si no hubiera nada que explicar.

Empecé a decir que pensaba que las entregas…

, pero la frase se me quedó a medias. Mara tampoco pareció necesitarla.

Dijo que Leandro había tenido que recoger a Iria.

El motor volvió a oírse, esta vez más cerca, y poco después Sabela dejó el paño.

—Ya están.

No fui hacia la entrada. Me quedé donde estaba, sin saber muy bien qué postura debía tener cuando apareciera una chica de dieciséis años en una casa donde nunca aparecía nadie.

Mara me pidió que no la agobiara. Le aseguré que no pensaba hacerlo.

Sabela dijo que eso mismo decía yo antes de hacer veinte preguntas.

Escuchamos pasos. Los de Leandro primero, fáciles de reconocer por su ritmo; después otros, más ligeros e irregulares, como si quien caminaba todavía no conociera los cambios del suelo. Leandro apareció con una mochila negra al hombro. Detrás venía Iria.

Lo primero que pensé fue que parecía demasiado normal.

No llevaba bata ni bolsa médica ni nada que explicara por qué debía estar en Nivalta.

Solo vaqueros oscuros, una sudadera gris y unas zapatillas mojadas en la punta.

Tenía el pelo castaño pegado en algunos mechones a la frente por la humedad.

Miró el comedor, después a Sabela, a Mara y por último a mí.

No durante mucho tiempo, pero sí lo suficiente para que sintiera que también me estaba clasificando.

Leandro nos presentó. Cuando dijo «Ivo Luján», hubo una pausa mínima antes de que Iria repitiera mi nombre. No pensé nada raro; acababa de oírlo. Mara y Sabela se presentaron después. Con Sabela, Iria pareció relajarse un poco.

Leandro abrió el armario de la entrada y sacó una mascarilla.

Le explicó que debía usarla para moverse por la zona técnica.

Iria la miró antes de cogerla y preguntó si tenía que ponérsela en ese momento.

Leandro aclaró que el comedor era zona segura.

Ella dijo «ah» y buscó con los ojos a Mara y después a mí.

Por costumbre saqué la mía del bolsillo y empecé a enseñarle cómo se colocaba. Iria me cortó con una media sonrisa.

—Sé ponerme una mascarilla.

La guardé.

Leandro añadió que le explicarían las zonas, los horarios y el protocolo de cierre.

Iria escuchó sin protestar, aunque la palabra protocolo pareció interesarle más que las demás.

Preguntó cuántos había. Sabela respondió que los suficientes para que pareciera que todos tenían trabajo. Iria sonrió. Leandro no.

Durante la comida hizo preguntas que a mí nunca se me habrían ocurrido primero: dónde estaba el baño, si había wifi, si podía cargar el móvil, si había cobertura.

No preguntaba por presión, filtros ni temperatura.

Aquello, más que cualquier otra cosa, la hacía parecer de otro sitio.

Cuando quiso saber si podía avisar a alguien, Mara le preguntó si lo necesitaba.

Iria dijo que no. Leandro intervino para aclarar que había avisado a su madre desde recepción.

Allí podían usar el teléfono; el móvil apenas encontraba cobertura entre los muros.

Iria dijo que llamaría por la noche. Después bajó la vista al plato.

Después de comer discutieron, sin llegar a discutir de verdad, qué debía hacer primero: Mara quería llevarla a la enfermería, Leandro a la habitación y Sabela dejarla respirar un poco. Iria se rio y dijo que estaba respirando. Mara explicó que era una forma de hablar.

—Aquí todo parece ser una forma de hablar —respondió Iria.

La habitación tres estaba dos puertas más allá de la mía.

Habían sacado las cajas de mantas y dejado una cama con sábanas limpias, una mesa pequeña, una lámpara y un armario vacío.

Iria entró, miró la pared y preguntó por la ventana.

Mara respondió demasiado deprisa que había ventilación y que la terraza tenía luz natural.

Cuando añadió que podía usarla dentro del horario, Iria miró a Leandro.

—¿Dentro del horario?

—Por seguridad.

A mí aquello me pareció normal. A ella no tanto.

Mara anunció que en una hora haría una revisión básica.

Iria protestó que acababa de llegar; yo intervine diciendo que era rápida.

Todos me miraron. Aclaré que hablaba de la revisión.

Iria quiso saber si yo me hacía pruebas todos los días y desde cuándo.

Mara cortó la conversación antes de que pudiera responder demasiado.

Nos dejó salir. Yo fui el último. Antes de cerrar, Iria señaló mi puerta y preguntó si dormía allí. Le dije que sí. No explicó por qué lo quería saber.

A media tarde la encontré en la terraza cubierta.

La luz gris se filtraba por la franja alta de cristal y ella miraba hacia arriba.

Comentó que no se veía mucho. Le dije que al menos se veía el cielo.

«Un trozo», respondió. Después preguntó si los cristales se abrían alguna vez. Me reí y dije que no. Ella no se rio.

Le pregunté si en su casa sí se abrían. Dijo que claro. Empezamos a hablar de lluvia, ventanas y de cuánto tiempo llevaba yo allí. Cuando le expliqué que había llegado con cuatro años y que ahora tenía catorce, la cuenta quedó entre nosotros sin necesidad de decirla.

Diez años.

Iria volvió a mirar el cristal.

—¿Y cuánto tiempo llevas sin salir de aquí?

La pregunta me sonó mal. No por las palabras, sino por el verbo.

Salir.

Como si Nivalta fuera un sitio del que uno salía. No supe qué contestar.