Capítulo 6 — El cuaderno de Darío
A la mañana siguiente, Darío llevaba una mascarilla doblada en el bolsillo del pecho. Las gomas sobresalían por un lado y se movían cada vez que se agachaba. La vi en cuanto entré en el cuarto de bombas. Él dejó de rebuscar en un armario y me dio los buenos días.
Sacó un destornillador largo. Sobre la mesa había dos filtros pequeños, una caja de juntas, bridas negras y su cuaderno de mantenimiento abierto.
Intenté no fijarme en él. Darío me puso una linterna en la mano y me pidió que iluminara donde mirara.
Quitó cuatro tornillos de una tapa baja y sacó un filtro rectangular cubierto de polvo gris.
Pregunté cuánto tiempo llevaba el filtro. Era un retorno auxiliar, explicó, y no tenía prioridad. El filtro retenía partículas. No arreglaba una fuga ni hacía inocuo el vapor; para eso había que detener lo que lo producía y sacarlo por otro camino.
Sacó un filtro nuevo del envoltorio y comentó que era de los que habían llegado. Pregunté si había venido con los arándanos.
—Los filtros ya estaban en el almacén —dijo.
No me dio una fecha.
Se inclinó hacia el armario y yo moví la linterna siguiendo sus manos.
Desde allí podía ver la página abierta del cuaderno.
Había filas, fechas, códigos y una columna con palabras.
2019. 2020. 2021. En varias líneas se repetía CRÍTICO.
Más abajo, los mismos códigos aparecían como OPERATIVO. La fecha del cambio era antigua.
Darío me pidió que corrigiera la luz porque le estaba iluminando el codo.
Mientras ajustaba una pieza, le pregunté qué significaba «crítico» en sus hojas.
Respondió que dependía de la hoja. Concreté que hablaba de filtros.
Entonces explicó que podía significar que un elemento tenía prioridad, bien porque estaba mal, bien porque hacía falta.
«Operativo», en cambio, significaba que funcionaba.
Le pregunté si algo podía dejar de ser crítico y seguir funcionando.
Dijo que sí, porque las necesidades cambiaban.
Cogió el filtro usado y lo metió en una bolsa. Yo volví a mirar el cuaderno. Darío siguió mi mirada y pasó dos páginas sin hacer un gesto brusco, como si simplemente hubiera terminado con aquella.
Mientras cerraba la tapa, señalé la fecha de 2019. Yo ya estaba en Nivalta.
—Los filtros también eran por mí.
Darío admitió que sí, entre otras cosas. Algunos habían dejado de ser críticos al reorganizar el sistema. Mara y Leandro lo sabían, dijo.
—¿Y yo?
Darío levantó la vista.
—Tú acabas de leerlo.
Terminó de cerrar la tapa y guardó el cuaderno.
Salimos hacia la piscina vacía. La mascarilla seguía asomando del bolsillo.
Aproveché el trayecto para volver a preguntarle por el simulacro.
Quería saber si el día anterior sabía que podía permanecer unos segundos sin protección.
Darío respondió que sabía cuánto tiempo llevaba abierto el sector y qué tenía que cerrar.
Mara se había enfadado, le recordé. Él dijo que Mara se enfadaba cuando hacía cosas que consideraba innecesarias.
Le pregunté si lo había sido. Darío admitió que podría haberse puesto la mascarilla antes y que, en ese sentido, había sido un idiota durante cinco segundos. Yo le dije que no parecía preocupado. Contestó que estaba trabajando. Le expliqué que yo sí lo había estado.
Aquello consiguió que se detuviera. La piscina vacía amplificaba nuestras voces.
Darío dijo que lo sabía porque había visto mi cara.
Pregunté por qué no había dicho nada en ese momento.
Respondió que no era el momento. Después se pasó una mano por la nuca y añadió que llevaba demasiados años trabajando con esos sistemas y que, a veces, confiaba demasiado en lo que creía saber.
La frase parecía sincera. Por eso no me ayudó.
Al llegar a la sala de filtros, Darío señaló una bomba vieja al fondo.
—Hay cosas que funcionan aunque ya no hagan falta. Como esa.
Le dije que, si estaba encendida, entonces hacía falta. Él respondió que no necesariamente: cambiar un sistema a veces costaba más que mantenerlo. Me pareció absurdo. Darío lo llamó mantenimiento.
Le pregunté si los filtros todavía hacían falta. Darío recogió la caja de herramientas sin contestar.
Lo seguí hacia el pasillo. Darío apoyó la caja en una rodilla para abrir la puerta. Estuve a punto de repetir la pregunta sobre los filtros, pero me pidió que sujetara la hoja y lo ayudara a pasar. Lo hice. En el taller siempre había una tarea para mí, incluso cuando no había una respuesta.
Después de dejarlo todo en su sitio me quedé un rato con él.