Capítulo 5 — El simulacro
La alarma empezó cuando estaba midiendo una mancha de humedad junto al zócalo de la sala de lectura.
No era una de las importantes. La había anotado dos días antes, nueve centímetros de ancho por cuatro de alto, y aquella tarde solo quería comprobar si había crecido.
Apoyé la regla contra la pared. Nueve con dos.
Entonces sonaron tres pitidos cortos, una pausa y otros tres.
La regla se me cayó de la mano. El simulacro figuraba en el calendario de Leandro.
Saberlo no evitó que buscara la puerta antes de recoger la regla.
Leandro anunció «zona roja» desde el pasillo antes de que terminara la segunda tanda.
No tuve que pensar en lo que venía después.
Guardé el cuaderno como pude y salí. Las luces blancas cambiaron a naranja, no lo bastante fuertes como para oscurecerlo todo, pero sí para que la zona habitada dejara de parecer la misma.
Mara apareció desde la enfermería con dos mascarillas en la mano y me puso una delante.
Yo ya estaba levantando las gomas cuando me pidió que fuera despacio.
El filtro olía a plástico nuevo y rozaba los labios al inspirar.
Mara me preguntó si respiraba bien; asentí, pero me obligó a decirlo en voz alta.
Leandro cruzó el pasillo con una carpeta roja, mandó a Sabela a cerrar la cocina y confirmó que Darío estaba en técnica.
Mara quiso saber si dentro o fuera. Leandro respondió que no lo sabía, y aquello bastó para que las manos de mi madre, que hasta entonces se movían deprisa, se detuvieran.
Otro pitido, más largo, atravesó el pasillo. Mara me llevó a la enfermería. Durante una zona roja no se discutía: primero se cerraba, después se comprobaba y solo entonces se preguntaba. Giró la rueda de la puerta hasta el tope y me sentó junto a la pared. El indicador pasó de verde a amarillo.
Sacó el pulsioxímetro y me pidió el dedo.
Marcaba noventa y ocho. Fuera se oyeron dos puertas metálicas y, por el intercomunicador, palabras sueltas de Leandro: compuerta, sector, confirma.
Pregunté qué había saltado. Mara dijo que todavía no lo sabía, que podía ser presión o aire, pero que lo único importante era que nosotros estábamos donde debíamos estar.
Intenté no fijarme en la mascarilla. Cada respiración hacía crujir ligeramente el filtro y convertía un acto que normalmente no pensaba en algo imposible de ignorar.
Levanté una mano hacia la cara y Mara me pidió que no la tocara.
Le dije que picaba. Ella ofreció cambiarla, pero eso significaba descubrirme la cara unos segundos y negué con la cabeza.
Se agachó frente a mí.
—Mírame. Aquí dentro no está pasando nada. Y si hubiera un problema, el cierre está hecho.
Intenté acompasar la respiración a la suya. El pulsioxímetro bajó a noventa y siete. Quise mirar, pero Mara me cogió la barbilla y me recordó que respirar demasiado rápido podía mover la cifra. Le pregunté qué pasaría si no fuera eso.
—Entonces yo te lo diría.
Eso funcionó mejor que cualquier explicación. Cerré los ojos hasta que los pitidos dejaron de parecer tan cerca. Pensé en la etiqueta de los arándanos guardada en el cuaderno dentro del cajón, quizá porque era algo pequeño, concreto, incapaz de hacer daño.
Cuando el indicador volvió al verde, Mara me obligó a esperar hasta recibir confirmación.
La voz de Leandro anunció que el sector habitado estaba estable.
Al abrir la puerta, el aire de fuera parecía exactamente igual.
Eso era lo extraño de las zonas rojas: nunca se veía nada.
No había humo ni color, ni una línea visible que separara el aire seguro del peligroso.
Solo puertas, luces y adultos moviéndose con más rapidez.
Leandro estaba junto al panel principal. Explicó que había una lectura fuera de rango en técnica y que estaban cerrando el sector. Mara preguntó por Darío. Dijo que estaba bien. Sabela apareció desde la cocina con la mascarilla puesta y preguntó si todo estaba cerrado.
Como si la hubiera llamado, Darío apareció al fondo del corredor técnico. Caminaba deprisa, con el mono cerrado hasta el cuello y una llave grande en la mano.
No llevaba mascarilla.
Lo vi antes de que nadie dijera nada. Su cara estaba descubierta y respiraba por la boca debido al esfuerzo.
Leandro gritó su nombre. Darío levantó una mano y siguió avanzando.
Tardó unos segundos en alcanzar la línea amarilla pintada en el suelo; allí se detuvo, sacó una mascarilla del bolsillo del pecho y se la puso antes de cruzar.
Mara fue hacia él y preguntó qué demonios estaba haciendo.
Darío explicó que la compuerta tres se había quedado a medias.
Ella señaló que estaba hablando de la mascarilla, no de la compuerta.
Leandro cortó la discusión para comprobar el cierre manual, el retorno y la ventilación secundaria.
Darío respondió a todo con normalidad. El panel confirmó que el sector estaba aislado.
El ejercicio había encontrado una avería de verdad.
Leandro suspendió el simulacro, pero dejó activo el cierre hasta que Darío comprobara el mecanismo.
Nadie corrió a llevárselo a la enfermería. Nadie pareció esperar que se desplomara allí mismo.
Yo sí, un poco.
Pregunté cuánto tiempo había estado sin mascarilla. Darío respondió que casi nada. Mara lo obligó a sentarse en la enfermería y le puso el pulsioxímetro. Noventa y nueve.
Miré la cifra y después su cara. Respiraba con normalidad. No tosía ni se tocaba el pecho. Mara le advirtió que aquello no significaba que pudiera repetirlo. Darío dejó de mirar el panel.
Leandro ordenó repetir el control del sector en diez minutos y obligó a Darío a quedarse cinco antes de volver. Yo seguía observándolo. Mara se dio cuenta y me dijo que podía irme. Pregunté si él estaba realmente bien. Darío asintió. No encontré una forma mejor de preguntarlo.
Salí. La luz del pasillo había vuelto a ser blanca.
En la sala de lectura, la regla seguía en el suelo donde la había dejado.
La recogí y volví a medir la mancha: nueve con dos.
Aquello no había cambiado. Anoté la cifra y la hora.
Pensé en anotar también la alarma. Pero ¿qué cifra podía ponerle a una zona roja?
Había durado unos minutos; Darío había cruzado sin mascarilla. Escribí ambas cosas.
A través de la puerta abierta vi a Darío salir de la enfermería.
Esta vez llevaba la mascarilla puesta. Mara le dijo algo; él respondió sin girarse y siguió hacia técnica.
Esperé a que desapareciera. Antes de cruzar la línea amarilla había sacado la mascarilla del bolsillo. No parecía haberla olvidado.