Capítulo 4 — La fruta
A las ocho y cuarenta la rejilla seguía seca. A las ocho y cuarenta y cinco también. Esperé hasta las nueve. En el registro dejé una casilla sin nombre junto a la del olor; todavía no sabía si estaba esperando otra corriente o aquel mismo olor.
Mara apareció en la sala de lectura con una carpeta bajo el brazo. Repasó historia y me recordó que aún quedaban las matemáticas. Antes de empezarlas, me mandó a buscar algo de comer.
La cocina era una de las habitaciones que menos cambiaban de Nivalta.
Sabela movía las bayetas de sitio, aparecía alguna sartén nueva que Darío juraba no haber comprado y, de vez en cuando, una caja distinta ocupaba un rincón del almacén; pero el resto se mantenía igual durante años.
La caja del pan, el aceite junto a la pared, las baldas de conservas, el frutero de cerámica con una grieta en el borde.
Aquella mañana había algo que no pertenecía a ese dibujo: una bandeja azul de plástico transparente en el centro de la mesa, llena de frutos oscuros, casi negros, cubiertos por una película blanquecina.
Sabela me dijo que eran arándanos. Conocía la palabra y los había visto en fotografías de un libro de ciencias, junto a moras y frambuesas, pero nunca uno de verdad.
Cogí el primero y me sorprendió que pesara tan poco.
Sabela me obligó a lavarlo antes de probarlo.
La piel cedió con un pequeño chasquido y apareció un sabor dulce y ácido que no se parecía a ninguna mermelada que hubiera probado.
—¿Y? —preguntó.
Cogí otro.
—Está bien.
Mientras comía el tercero, miré el envase y después la puerta que comunicaba la cocina con el almacén. A un lado había dos paquetes de pasta y una caja de leche, pero podían llevar allí varios días. Pregunté cuándo habían llegado los arándanos. Sabela dijo que con la entrega.
Las entregas tenían un sonido propio. Primero el golpe de la puerta del almacén; después las ruedas del carro pequeño que Darío utilizaba para mover peso, y casi siempre Sabela protestando porque él dejaba algo donde no debía.
A veces Leandro aparecía con una lista. Otras, Mara revisaba fechas de medicamentos.
Era una de esas rutinas que no necesitaba apuntar porque sucedía siempre de la misma manera.
Mara entró y dijo que había puesto la bandeja allí. Había llegado con la entrega mensual, entre ayer y hoy. Le dije que no había oído el carro ni las cajas.
—A veces duermes, Ivo.
Mara cogió un arándano sin lavarlo. La miré.
—No hagas eso —dije.
—Solo iba a probar uno —respondió.
—Uno también se lava.
Sabela señaló a Mara con el abrelatas.
—Esa frase es mía.
Mientras ellas seguían hablando, giré el envase entre las manos.
En un lateral tenía una etiqueta blanca con el nombre del producto, el peso, un código cuadrado y una línea más pequeña: L-281026-B.
La esquina estaba ligeramente levantada.
Pregunté qué significaba la L. Mara dijo que probablemente «lote».
Cuando señalé los números y pregunté si podían ser una fecha, respondió que algunos códigos incluían fechas, aunque no estaban pensados para que yo los interpretara.
Era miércoles, veintiocho de octubre.
—Entonces los han envasado hoy.
Sabela dejó de mover el abrelatas. Mara volvió a mirar la etiqueta.
—El código puede significar otra cosa.
No insistí. La etiqueta podía significar muchas cosas y, aun así, la bandeja seguía allí cuando la noche anterior yo había pasado por la cocina y solo había dos manzanas amarillas en el frutero.
Mara revisó una lista pegada con un imán en la nevera: leche, harina, arroz, huevos, productos de limpieza, dos cajas de filtros pequeños, un paquete de vendas. La fecha correspondía a aquel mes. La entrega mensual existía; allí no constaba la hora.
Mara arrancó la hoja y la dobló. Dije que iba a estudiar matemáticas y salí.
En el pasillo miré el reloj: las once y diecisiete.
Abrí el cuaderno por la página del olor.
El día anterior había anotado 08:41 — aparece / 08:43 aprox.
— desaparece; aquella mañana, sin olor hasta 09:00.
Pensé en escribir entrega, pero no sabía la hora, y eso me molestó más que la propia bandeja.
La caja de arándanos estaba allí y la noche anterior no; ese era el único dato seguro.
Volví a la cocina. Mara ya no estaba y Sabela seguía en el fregadero.
Me acerqué al envase, pasé la uña por la esquina levantada de la etiqueta y tiré con cuidado.
La pegatina salió casi entera. Sabela preguntó qué hacía.
Le dije que se estaba despegando. Doblé la etiqueta con la parte adhesiva hacia dentro y me la guardé en el bolsillo.
En mi dormitorio abrí el cajón de la mesilla.
Guardaba allí dos pilas, una cinta métrica pequeña, una pieza de plástico que Darío decía que pertenecía a una válvula vieja, tres tornillos distintos, un lápiz casi gastado y una goma partida.
Metí la etiqueta entre las últimas páginas del cuaderno, lejos de la anotación del olor, y me senté con el libro de matemáticas sobre las rodillas.
Tardé diez minutos en resolver el primer ejercicio.
En el segundo escribí mal dos veces el mismo número, arranqué la hoja y empecé de nuevo.
Cerré el cuaderno y lo dejé dentro del cajón.
A las doce y seis regresé al pasillo. La rejilla estaba seca.
No volví a esperar frente a ella; tenía la etiqueta guardada y una entrega que no encajaba en mis horarios.
Por la noche puse una raya en el calendario: «28, arándanos».
No era la fecha de fabricación ni la de un viaje. Era el día en que yo los había visto.