Capítulo 3 — El olor
A la mañana siguiente fui después del desayuno al pasillo de mantenimiento. La puerta gris no volvió a darme aire. Esperé con los dedos junto a la junta inferior; desde la sala de filtros llegaba un zumbido más bajo que el de la tarde anterior.
Me incorporé y regresé hacia la zona habitada.
Al pasar junto a la lavandería sentí una gota en la muñeca.
Busqué una tubería en el techo, pero una segunda gota cayó en el dorso de la mano y entonces vi la rejilla estrecha de la pared, casi a la altura de mi hombro.
La había visto cientos de veces sin prestarle atención.
En la segunda lámina se había formado una línea de humedad.
Pasé un dedo por ella. Estaba tibia. La condensación de los pasillos solía estar fría o, como mucho, a la temperatura de la pared, así que acerqué la cara.
No hacía ruido, pero de allí salía una corriente débil.
Toqué otra vez la humedad y me llevé los dedos a la nariz.
El olor estaba ahí, más fácil de perder que de reconocer: algo húmedo y oscuro que no se parecía al moho, al metal, al detergente ni al cloro suave de las zonas de agua.
Había una parte que me recordaba a los libros de la sala de lectura cuando llevaban mucho tiempo cerrados, pero sin polvo, y otra a las ramas que Darío cortaba alguna vez para improvisar mangos de herramientas. No sabía cómo llamarlo.
La encontré en la cocina cortando patatas sobre una tabla amarilla. Le dije que necesitaba que oliera la rejilla del pasillo. Sabela dejó el cuchillo y se limpió las manos con un paño.
Me preguntó dónde estaba y, cuando dije que en el pasillo de mantenimiento antes de la lavandería, recordó que no podía andar por allí solo. Le señalé que hasta la lavandería sí estaba permitido y que la rejilla quedaba antes. No discutió más. Echó a andar y yo la seguí.
Cuando llegamos, la rejilla estaba seca. Sabela pasó un dedo por una de las láminas. Le expliqué que aquella vez estaba tibia y que había olido a algo mojado, quizá una planta.
Se acercó e inspiró dos veces. Dijo que olía a humedad y después a pared vieja. Negué ambas cosas. Me incliné a su lado; el olor había regresado, muy leve, suficiente para reconocer de nuevo aquella mezcla de madera mojada y algo más.
—Esto no sale del agua.
Le conté también la corriente que había sentido bajo la puerta gris. Sabela dijo que Darío habría dejado algo abierto al trabajar.
Antes de irnos le pregunté si había olido alguna vez algo así fuera. Sabela tardó un instante en contestar. Preguntó «fuera de dónde» y yo dije «de Nivalta». Limpió una gota del marco mientras enumeraba: fuera olían la tierra, los coches, las casas, la comida, los animales, lo que hubiera.
—¿Y esto?
—No sé.
—Pero tú has salido. Entonces deberías saberlo.
Su expresión cambió apenas lo suficiente para que lo notara. No estaba enfadada, o al menos no lo mostró; simplemente dejó de sonreír.
—Un olor no viene con una etiqueta, Ivo.
—Yo los distingo.
—Los que conoces.
Sabela examinó una última vez la rejilla y dijo que Darío la revisaría. Volvimos a la cocina.
Cuando retomó el cuchillo, me senté al otro lado de la mesa y abrí el cuaderno. Sabela propuso que escribiera que la cocinera se negaba a diagnosticar paredes. Le recordé que no era cocinera.
—Hoy sí.
—Eres hidroterapeuta.
El cuchillo se detuvo una fracción de segundo.
—Era.
Después siguió cortando. Anoté 08:41 — aparece / 08:43 aprox. — desaparece. Debajo dejé olor vegetal / húmedo / desconocido. Sabela me acercó otra patata para que la pelara. Guardé el cuaderno lejos del agua.